Thursday, August 4, 2016

La bienaventurada.







  "... porque ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava,
y por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí... ."
Oración La Magnífica.
 
   La cópula orgiástica entre política y religión ha parido por los siglos de los siglos, Amèn,  magníficos milagros!. Esa orgía del poder tambièn ha procreado la prole numerosa, maldición del  tercer mundo; prole de fanáticos que cambian el santo a como cambian de calzón, en busca del milagro tantas veces rogado. Y he allí que ha ocurrido un grandioso milagro para todos los nicaraguenses, el cual fue concedido por santo Domingo despuès de su romería.
   
  Despuès de la resaca y del pandemónium de Santo Domingo de Guzmán, santo patrono de los managuas, despuès de ser bailado por pintarrajeadas y fervorosas prostitutas, por desarrapados borrachos como zombis de The walking dead, por promesantes diablitos pintados de ardiente aceite, por “locas” travestidos y por los indios, todos juntos bailando como posesionados del “espiritu santo” burlón y jodedor, en son de marimba al santo inquisidor, el milagro se realizó!.  Dos días despuès de la bailada y la guareada al santo, el presidente de Nicaragua anunciaba el milagro que era ya vox pópuli:  Nicaragua tenía ahora una vicepresidenta!.  
   
  El día de la toma presidencial, en la plaza de la Fe a orillas del lago de Managua, el pueblo  escuchaba a travès de estridentes parlantes, entre música revolucionaria del siglo pasado, la misma voz femenina que todos los días escuchaba por la radio al medio día, con las letanías acostumbradas a todos los santos habidos y por haber, a los cuales conbocaba a esa hora infernal cuando el diablo merodeaba. Era la misma voz de la nueva y vieja vicepresidenta,  esposa del presidente, la cual elevando sus esquelèticos brazos cargados con  múltiples brazaletes y amuletos de piedras protectoras contra toda envidia e iniquidad del pueblo, dando alabanzas al comandante su esposo, y a la santísima virgen y a su santísimo hijo, rezaba:

“…porque ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava,
y por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es Santo… ”

Otto Aguilar.
(Foto: Romería de Santo Domingo en Managua - Agosto 2006)

Tuesday, March 1, 2016

Claros de luna.

   


"Obscurece rápidamente en el bosque y más aún
cuando la muerte aletea en las pestañas."  
           Música en la soledad - Manolo Cuadra

  Disolvièndose en la tinta negra de la noche, las siluetas de los soldados aparecían y desaparecían bajo los esporádicos claros de luna.  El frío se filtraba en sus erizadas epidermis verde olivo, al filo de la noche. Avanzaron en sigilo, a tientas, tocando la espalda del soldado que iba adelante para no extraviarse en aquella oscurana. Hacía unas horas en la Upe La Unión (1), de la ciudad de Jalapa, los soldados del batallón de voluntarios de Managua, en formación escucharon tensos y sin reclamar a pesar del cansancio y desvelo, la orden de partir hacia el sector indicado, para montar la emboscada a los contras (2)  que ingresarían desde Honduras, el día viernes.

  Tras un par de horas de recorrido y avanzando algunos trechos como niños vendados que juegan a la gallina ciega, entraron en el umbral de una oscura pesadilla. Para algunos de ellos, esa noche sería su bautizo de fuego, lo cual los incitaba a ir con el credo en la boca, rezando al mismo Dios que no había escuchado similares peticiones de otros soldados caídos en combate.  De pronto, de la parte de atrás de la tropa, se escuchan ruidos como de algún animal que avanza a travès del matorral y, alguien advierte -apártense viene un animal!.  Precedido de un breve silencio, una lluvia de balas sobre la tropa de los reservistas cayó.  Los disparos ensordecedores impactaban haciendo blanco, desde arriba a ambos lados del camino donde la tropa había sido cercada. En un instante, el pánico se adueñó de algunos de ellos, provocándolos a disparar sin control, incluso impactando a los mismos soldados de su tropa.  El golpe de la contrarrevolución fue certero y veloz. Se supo despuès, que un trabajador de la Upe, colaborador de los contras, había informado a estos de los planes de la emboscada preparada para ellos. Un oficial del ejèrcito, enviado a reforzar a las tropas de reservistas, desde Managua en los inicios de las llamadas "Fuerzas de tareas" de la contrarrevolución, había ordenado tal operación fallida.

  En la confusión del sorpresivo ataque, las siluetas de los reservistas eran garabatos de tiza blanca esbozándose y borrándose veloz sobre el pizarrón negro de la noche.  Gritos, quejidos y detonaciones de fusilería, eran un pandemónium aterrador a los oídos de los soldados con ojos desorbitados y ciegos. El frío mordía los huesos y las carnes maceradas; crueles heridas destilaban  borbotones de sangre coagulándose en el instante.  Cuando la emboscada de los contras terminó, los reservistass empezaron a rescatar a sus muertos y heridos. Junto con otro soldado, Ricardo cargó a Nolasco, cuando lo cargaban sintieron el tufo a excrementos del herido, el cual había sido impactado en el abdomen.  Otro de los heridos se quejaba perdido en los matorrales, sólo hasta que aclaró el día lo encontraron cuando ya era cadáver; èl era un soldado de las unidades que habían llegado a reforzar a los reservistas; manejaba un RPG-7 el cual estaba entre sus brazos, quizás despuès de haberlo accionado.  Mientras amarraban el cadáver un poco ya inflamado y de color morado en las heridas, vieron que la  prótesis de su pierna derecha estaba destrozada.  En la tropa le decían pata biónica; èl había perdido la pierna combatiendo en la insurreción final contra la dictadura de los Somozas.   Atado su cadáver a una mula, le llevaron hasta una colina en espera del papalote (3) que llegaría a recoger heridos y muertos.

 Otra de las víctimas de la emboscada era Joaquín, alias El Chè; la parte posterior de su cráneo había sido destrozada. Mientras en Managua,la novia de Joaquín, de la cual èl cargaba una foto, gemía de placer en una de las camas en un motel de la carretera norte.  Desde el motel se escuchaba la roconola estridente de un bar cercano, donde sonaba la canción de Perales, popular en aquellos días entre la tropa: "Y cómo es èl?... es un ládron... que me ha robado todo..."  La noche trastabillaba èbria de licor y sexo en Managua, mientras en el suelo de la morgue de un hospital de Ocotal, varios cadáveres, ente ellos el de Joaquún y el del combatiente con prótesis, desnudos y tendidos en el suelo, eran limpiados con el agua que vertía una manguera.

  Cuando los cadáveres eran trasladados a Managua en la parte posterior del camion soviètico IFA, Ricardo, que iba de custodio junto con otros soldados más y asignado a entregar la dolorosa carga a sus familiares, recordaba la noche anterior de la emboscada, a Joaquín riendo y bromendo sobre los condones que guardaba para cuando estuviese con su novia en Managua. En la carretera, entre los claros de luna de ese penoso trayecto hacia la capital, Ricardo contemplaba el rostro desfigurado de Joaquín,  pensando en lo difícil que sería entregar el cadáver a su madre, la cual era su vecina.

  La noche elástica se alargaba al igual que la carretera donde iba el camión Ifa, transportando los cadáveres que había dejado la emboscada del viernes.  Sumido en sus cavilaciones, Ricardo no quería que el IFA llegara a su destino; en algunos trechos, a la luz de la luna, èl creía verse a si mismo como uno más entre los cadáveres de Joaquín El Chè y el del soldado de la prótesis Pata biónica.

  Arriba, la bóveda oscura del cielo mostraba indolente a la misma luna que esbozó y borró como garabatos de tiza blanca en un pizarrón negro, a los reservistas de la emboscada del día viernes.

1- Upe: unidad de producción estatal en los años 80's.
2- Contras:  la contrarrevolución nicaraguense
3- Papalote: Helicóptero

Sunday, February 7, 2016

No subirse ni acostarse en las tumbas.




 "Todos nosotros estamos condenados, de cualquier manera,
esperando en el corredor de la muerte, como testigos de la ejecución
de nuestros seres queridos" - Victor Brombet

  "No subirse ni acostarse en tumbas y bancas", advierte un rótulo cerca de la lápida donde una mujer de mármol, hincada todavía llora a su muerto, en el viejo cementerio de San Pedro en Managua.  El muro que  bordea al cementerio, encapsula restos de una època ya disecada de la vieja ciudad destruida por el terremoto.  En la paz de los sepulcros de este cementerio, cèlebres personajes como un ex presidente y gente rica del siglo color sepia-acartonado, son testiguos mudos de las traiciones del ayer y de hoy.  Más allá de estas lápidas de cristos cotos, de ángeles descabezados o sin alas, Managua a travès de los años se ha muerto, resucitado, y multiplicado una y otra vez.

  Un anónimo visitante que deambulaba entre las tumbas de ese viejo cementerio, se detiene frente a una que lo atrae por su suntuosidad; el epitafio de esa tumba es dedicado al expresidente Jose Santos Zelaya a quien los Estados Unidos derrocó con aquella nota Knox, con amenazas de invasión y ejecución; debido a eso Zelaya renuncia y abandona el país en 1909, quedando los marines en Nicaragua hasta 1933.  Un año despuès de que los gringos se retiran, no muy lejos de este cementerio, es ejecutado a traición junto con tres de sus generales, el general Sandino, el cual se había enfrentado con "su pequeño ejèrcito loco" a esa invasión norteamericana. El sitio exacto del asesinato por órdenes de Somoza, quien sería compensado con la presidencia, es desconocido. Incontables las veces en que el transeúnte ha transitado por ese exacto y desconocido lugar de la ejecución.  Lejanos ya los años de esa cruel traición, como un maldito palimsesto de traiciones repetitivas en la historia nicaraguense, el visitante anónimo en su recorrido se detiene en el lugar donde según el libro "El hombre del caribe", de Abelardo Cuadra, sucedió el hecho, el cual narra así:
"Los generales muertos estaban en el campo de aterrizaje, Sandino, Umanzor y Estrada yacían a unos tres metros en la parte oriental del hospital Zacarías Guerra, que está desabilitado. Sócrates yacía boca arriba. Sólo Sandino tenía el rostro todo lleno de sangre. A pesar de que eran las 2:15 de la mañana del día 22 de Febrero, había ya algunas moscas sobre los cadáveres. . Yo contemplè a los generales abatidos y pensè: los van a enterrar en una fosa cualquiera sin ataúd, ni siqueira una cruz con un nombre mal escrito y la fecha de su muerte les pondrán sobre sus tumbas."

  Despuès de muchos años de haber abandonado el país, nuestro visitante, del cual no sabemos nada, levitando iba entre efluvios de un pasado siempre presente sobre la vieja ciudad insepulta, a la cual había regresado en búsqueda de las piezas perdidas de su rompecabezas familiar. La vejez le otorgaba la calma requerida para el frío análisis, de lo sucedido hace varias dècadas. Su complicado pasado estaba enterrado y confuso en su mala memoria, contra la cual siempre luchó tratando de llevar un diario donde intermitente disecaba lo vivido, visto y escuchado; años despuès volvía a leer con asombro e incredulidad de haber vivido y haber escrito aquello. Su memoria había reducido ese pasado a un esquema simple de: Antes y despuès del terremoto y Antes y despuès de la guerra; eran dos esquemas como dos azarosos capítulos escritos entre galope y trote, por un destino demiurgo, caprichoso y burlón, del cual èl concluía, haber sido simplemente una más de las marionetas paraplèjicas de la historia.

  Luego siguió su caminata aventurándose por  el viejo barrio donde había nacido y donde casi muere enterrado, como había sucedido con su abuela paterna, en el terremoto de 1972.  El cementerio de San Pedro, donde había inicado su recorrido, quedaba cerca donde había sido su casa en el viejo barrio Boer. Desde ese cementerio caminó sobre la calle 11 de Julio, calle que conservaba el viejo asfalto y, por donde desfilara en cada aniversario de la muerte del dictador, la academia militar con el caballo negro de Somoza. Mientras caminaba por dicha calle recordaba que cuando era chavalo, corría desde su casa junto a sus hermanos, al escuchar las notas de la banda de guerra, hacia la esquina de la interseción de dicha calle con la que llevaba a su casa y, alli contemplaba aquel desfile admirando con ojos de chavalo baboso, el brioso e imponente caballo negro que trotaba como orgulloso todavía de llevar a horcajadas a su jinete, del cual sólo llevaba las botas altas y bien bruñidas del dictador, que era lo que había quedado de èl despues de que el poeta Rigoberto López en 1956, le dejara ir todas las balas de su revolver Smith and Wesson, en una acción suicida.  Recordaba tambièn, que èl había actuado de Rigoberto en un sociodrama de la universidad y por ello le llamaban Rigoberto.  Años despuès èl sabría el secreto que Rigoberto se llevaría a su tumba, un secreto que los igualaría como en una suerte de demiurga acción del destino.

  Como punto de referencia para ubicar la calle donde quedaba su casa, identificó una caja de cables elèctricos, que aún quedaba justo en la esquina de la cera donde estaba la Machinery company,  compañía que ocupaba casi una cuadra frente a su vivienda.  Refugiado con su familia, al día siguiente del terremoto en los predios de esa compañía, recuerda compungido, haber contemplado aterrorizado lo que quedaba de la casa, recuerda los escombros del resto de casas y los cadáveres  rescatados que iban colocándose por los familiares, en la calle. Aquello parecía una escena de alguna película de la segunda guerra mundial. Avanzando en medio de la calle, se detuvó frente al predio donde quedaba la casa, un anuncio "Se vende este terreno", identifica el lugar, donde ahora se encontraba una pequeña fábrica de ladrillos.  Alli estaba la vieja acera, que probabalemente guarda las pisadas en su ir y venir de muchacho tímido, allí reconoció el viejo árbol de mamón desde el cual encaramado en sus altas y fornidas ramas, contemplaba la ciudad como un ave, deseoso de volar y huir a otro mundo menos ruín en el que habitaba. De las ramas de ese mismo árbol de mamón, recordó, se había colgado la única piñata que se le celebró, quizás cuando cumplía cinco años y, aún recuerda haber llorado cuando una de las vecinitas invitadas había quebrado su piñata del pato Donald. Escudriñando y simulando como alguien interesado en la venta del lugar, vio algunas de las personas que habitaban ahora el predio donde habían transcurrido sus primeos 14 años de vida y, le pareció una profanación aquella gente usurpando su pasado. Los nuevos habitantes, ajenos al drama sucedido en los terrenos usurpados, quizás tengan sueños o pesadillas en las que pululan impávidos en medio del drama allí vivido por sus anteriores habitantes, sin sospechar lo sucedido allí en la fatídica noche de 1972.  Sacudido por el recuerdo de esos días, èl recordaba lo escrito en su diario:  "De pronto en un abrir y cerrar de ojos, la tierra se sacudió tan violentamente, que en segundos todo era escombros y lamentos,. El polvo asfixiante y la oscuridad no dejaban ver la magnitud del desastre.  Caminè sonámbulo entre los escombros sin sentir siquiera los clavos que pisaba.  En la oscuridad apareció mi hermano mayor Guayo, el cual,  entre gritos desesperados llamaba y buscaba a la abuela Margarita. Mientras tanto la tierra seguía estremecièndose, rematando así las ruinas que todavía seguían en pie.  Junto al pavoroso estruendo de las paredes y techos cediendo al mortal cataclismo, se escuchaban voces lejanas, gritos de los vecinos que llamaban desde la calle en busca de algún sobreviviente. Todo eso transcuría en segundos largos como una eternidad!. Despuès de angustiosa búsqueda de la abuela, al fin mi hermano ubicó donde quedaba su aposento y al oir gritos ahogados que provenían debajo de los escombros, se puso a escarbar desesperado, logrando desenterrar el cadáver de la abuela, la cual aún abrazaba a su nieta, la de los gritos ahogados a quien protegió con su cuerpo de una muerte segura. A diferencia de muchos cadáveres sepultados en fosa común, la abuela sería enterrada en el cementerio general, comprándose el ataúd, pístola en mano por unos de sus hijos, ante unos usureros que trataban de aprovecharse de la tragedia. Desde diferentes puntos de la capital, familiares llegaban y se aferraban entre gritos y llantos al cadáver de la abuela, en cuyo rostro, indiferente ante tanto dolor suyo y al de los demás, empezaba a dibujarse una leve sonrisa, debido al rictus de la muerte, tal parecierse que estuviera sonriendo al contemplar la tragicomedia de la vida."

  Habrá que meternos en el alambique turtuoso de la desmemoria del misterioso visitante y, seguir sus pasos de cerca, quizás encontremos muchas coincidencias y lugares comunes de nuestro propio pasado insepulto. - Ah! parece ser que la muerte, sus muertos, le hablaban ahora más que los vivos. Ese su pasado ya lejano, acumulaba tantas muertes!. Mientras caminaba por las calle de su viejo barrio, las cuales le cuesta reconocer, èl presiente nuestra curiosidad y, como sintiendo nuestras miradas en su nuca, gira su rostro hacia atrás en búsqueda de alguien o de algo que estaba allí hace muchos años, y responde para si mismo: - que sí!, que los muertos, le han enseñado más!-  que los seres queridos y los amigos muertos, le han enseñado más que los vivos y, que al haber escapado èl mismo varias veces de la muerte, èsta le había dejado ese regusto por ella... quizás la anhelaba?.  El cementerio, como punto de partida de su recorrido por el cadáver de la ciudad, delataba su necrofilia, una atracción enfermiza por el pasado, en el cual hoy se aventuraba a penetrar con agujas de taxidermista en sus manos.

  De regreso en su recorrido, a un lado del cementerio vio el nuevo edificio del resucitado Seguro social, como metáfora cruel e  ironíca de la seguridad social de los managuas. Y un poco más allá subiendo la loma de Tiscapa, vió la pirámide del hotel Intercontinental, la cual le pareció siempre altanera, como si ante tal edificio, nada había pasado, como si terremotos y guerras, sólo fuesen parte de su altanero destino. Recordó que cuando chavalo, solía ir a jugar con sus hermanos y primos al predio vacío que quedaba frente a ese hotel.  Recordó tambièn, que por el Intercontinental habían pasado todo tipo de huèspedes; allí se había albergado el millonario y neurótico Howard Huges, quien pretendía hacer negocios con Somoza. El millonario salió huyendo, aterrorizado en aquella noche del cataclismo que destruyó Managua. Alojado en ese hotel, tambièn el dictador Somoza, hijo del dictador ejecutado por el poeta, se aferraba al poder con discursos ante la prensa extranjera, antes de huir en aquel sangriento año de 1979.  Al recordar esto, el anónino visitante, pensaba que la historia se repite una y otra vez, y se preguntaba si ese hotel volvería a ser como en el pasado lo fue, escenario de nuevos dictadores resistiendo a huir del poder. - Quizás!.

   Meditabundo y levitando en su pasado, el visitante avanzó hacia el lago de Managua por la avenida Bolivar, bajo un infernal calor; en el trayecto ve plantados grandes árboles de lata de varios colores y, cree que está delirando por el sofocante calor y las cervezas que ha tomado en la pequeña cantina cerca de la casa donde el nació. Hoy ese terreno de la vieja casa de sus abuelos, es ocupado por nuevos habitantes, aprovechando que no hay ley alguna que valga a sus originales dueños. Somoza, despuès del terremoto, había declarado el centro de la vieja Managua, zona de áreas verdes, para luego hacer negocio de tal desastre.

  Atiborrado de recuerdos, èl se detuvo frente al parque central, se sentó en una de las bancas contemplando hacia el costado izquierdo, donde recuerda estaba ubicado el viejo edificio de la escuela de Bellas artes. En dicha escuela, èl había estudiado siendo niño, los sábados por la mañana, desde que la abuela lo había ido a matricular una mañana de lejano invierno.  Desde la banca donde estaba sentado, creía verse a si mismo en ese distante pasado, asomándose a aquel balcón del piso de madera, cuando èl era ese niño soñador tímido. Quizás tambièn desde ese balcón cuando niño, el creyó ver a un hombre ya viejo que a la vez le quedaba viendo desde esa misma banca?, es probable, Esa escuela había sido su refugio de niño aspirante a pintor, cuando todavía la muerte, no había comenzado a impartirle lecciones de la vida misma, en aquella provinciana Managua. Su mundo entonces le parecía seguro y estático y, con ese deseo de no querer crecer, de querer pasar desapercibido, de ser invisible ante los demás, a regañadientes creció.

  Que lejos y a la vez que cerca le parecía, todo aquello!.  Un presente coqueteando con el pasado, con  pausas intermitentes de muertes, de ausencias, de silencios, de despojos insepultos que sugieren, que murmuran, que dejan preguntas sin respuestas.  Siguió caminando mientras el calor le abrasaba igual que los recuerdos de aquella vieja ciudad insepulta. Ahora Managua era otra, èl tambièn.

(Primera parte.)
 Sunday, February 7, 2016



Thursday, December 24, 2015

Mancha de rojo oscuro sobre la nieve


  Un caserío lejano, línea que separa el cielo gris arrecostado sobre el desolado paisaje, es sólo una linea desdibujándose en la pupila del soldado agonizante. La bruma devora todo a su alrededor, mientras èl escucha graznidos de cuervos que saltan picoteando sobre los cadáveres entre los que yace.  En lontananza, pequeñas manchas ocres de pespunteada costura de cicatriz, suturan el gris cielo con la desolada franja de tierra; ese caserío suscita recuerdos de su infancia, cuando  escondido entre árboles, contemplaba de lejos ese hoy desfalleciente horizonte.

  Los recuerdos se le agolpan rápidamente, cual droga anestesiando las punzadas de la muerte.  Recordaba la noche anterior cuando refugiado del frío que mordía sus huesos en una casa abandonada del caserío, èl había entrelazado desesperadamente su cuerpo con el de Mario. Esa noche la guerra cesó por un momento para los dos,  quedando sólo sus cuerpos trenzados por la pasión que erizaba sus epidermis y tornaba sus ojos en blanco.  En días anteriores, sus soslayadas miradas lamían sus labios, sus velludos pectorales y piernas, sus falos erectos y ocultos bajo el raido uniforme militar.  La rudeza de la vida militar y certidumbre de la muerte en cualquier momento, imponía doble y fèrreo autocontrol, reprimiendo esa atracción recíproca y peligrosa que desde el inicio de la guerra los dos experimentaban.

 El eco de un balazo como tiro de gracia, en el laberinto oscuro de su desvaneciente  memoria, deja la interrogante: - aquel balazo era el de  Mario suicidándose en la alborada, despuès que los dos habían detenido la guerra con sus cuerpos entrelazados?.

 A travès del alambique de su memoria, todo su pasado se destiló igual que su vida, dejando una mancha de rojo oscuro sobre la nieve.

  En la cámara oscura de sus ojos, invertida se congeló la última visión del lejano caserío de su niñez. Ahora, èl era uno más entre los cadáveres, que el cruento combate dejó esparcidos en el campo abierto, aquella mañana.  Un cuervo salta sobre su rostro de mirada vacía y, de un picotazo hace saltar el ojo izquierdo, el cual queda colgando fuera de la cuenca. El cuervo, mancha negra sobre el rostro exangue del soldado, gira su cabeza a un lado y a otro. Emitiendo diferentes tipos de graznidos,  extiende sus alas, coge impulso para revolotear sobre otros cadáveres y, se pierde a lo lejos en el lejano caserío.

(Otto Aguilar - 24 de diciembre -2015)



Saturday, September 5, 2015

María la piadosísima. (Galería pontificia).


  En su mofletudo rostro, cursi máscara maquillada de vieja meretriz, sus ojos se tornaban en blanco como un poseido. Lascivos gemidos escapaban de su lujuriosa boca desdentada. Las platinadas y sedosas almohadas de su sacro lecho estaban revueltas, babeadas y hechas una cochinada. Sus púrpuras y amplias vestiduras de recamado en hilo de oro con íconos del crucificado, yacian tiradas sobre la alfombra. Copas de oro donde libaron el nèctar etílico, acelerador de hormonas a una velocidad no apta para su decrèpita edad, permanecian vacías en la mesa. Trufas, bocatos di cardenali, faisanes y otras exquisiteces, delataban el bacanal orgiástico de la noche anterior.

  Esa noche, afuera de la recámara del pontícipe, los pasillos del vaticano se llevaron ecos de sus jadeos, de sus suspiros, de las palabrotas preñadas de nefanda lujuria. El impío eco recorrió salas y corredores, impregnando de efluvio orgiástico las galerías y capillas, donde silenciosos los predecesores papas: su abuelo y su padre, encaramados en sus santos nichos escultóricos, escucharon en sus oídos de mármol, el escándalo orgiástico sin inmutarse.
  El efebo que le cabalgaba como lo hacía con rameras en establos, escuchó de pronto un quejumbroso y ahogado grito afeminado, al penetrarle violentamente con el falo inflamado de ardiente torrente sanguíneo. El gigolo que sodomizaba esa noche a Pietro Barbo, alias Maria la piadosísima, nunca imaginó que tendría tan venerable honor, al otorgar los últimos minutos de placer terrenal al santo vicario de cristo, el papa Pablo II, en el sacro palacio.

Casi un siglo despuès, por esos mismos corredores y galerías del palacio Vaticano, impregnados con ecos de fastuosos bacanales y orgías, iba y venía Miguel Angel sin siquiera tener tiempo para asearse y comer, cuando  realizaba el fresco del juicio final en la capilla Sixtina; otro papa, ocupaba la sila de Pedro. Asqueado de la corrupción papal, la cual era un secreto a voces, Miguel Angel formaba parte del grupo de reformistas erasmistas, que aspiraban junto con la poeta Vittoria Colonna, un cardenal y otros cèlebres personajes, reformar la corrupta iglesia. Miguel Angel, habría de huir de Roma ya viejo y cansado del abuso que de èl hacían sus mecenas cardenales y papas, los cuales siempre demoraban el pago por sus obras; pero desde su auto exilio, los tentáculos del vaticano, le harían regresar para continuar su monumental obra en nichos y frescos del fastuoso palacio de Pedro, el pescador.  Al final de su vida, se le escaparia ya muerto al mismo poder de los jerarcas, al cumplirse su último deseo: el que sus restos fuesen llevados clandestinamente de noche, para ser enterrado en Florencia.  

 Los siglos siguen pululando en los pasillos del Vaticano, arrastrando ecos de cantos gregorianos y voces en latín que cuentan secretos a voces, escuchándose tambiên: jadeos, suspiros, y gemidos con letanías de "Señor ten piedad". Los cantos gregorianos relatan en estilo de música rap muy s. XXI, historias de escándalos sexuales de los vicarios de Cristo, historias guardadas celosamente en los pergaminos del archivos secretos del Vaticano. 

En esas galerías pontificias, las paredes van acumulando y contando a travès de los siglos la historia impía, fastuosa y lujuriosa de los Papas. El fresco del Jucio final en la capilla Sixtina, de Miguel Angel, precede ahora tanto a misas solemnes como a eventos privados, tales como el de la compañía de autos Porsche. Un nuevo papa latinoamericano ocupa la silla de Pedro y,aunque èl fustiga el poder, la riqueza y el derroche, de los 100 millones de euros recaudados para obras de beneficiencia en el Obolo de San Pedro, sólo 17,000 euros fueron destinados a obras de caridad;  mientras el bacanal, lujo y orgías discretamente siguen la tradición en las mansiones de jerarcas que elaboran complots contra èl.

Desde sus nichos en el Vaticanoo, los desnudos de mármol de  Miguel Angel, como el sensual Cristo sosteniendo la cruz, al cual le encajaron un tapa rabos de bronze, siguen sin inmutarse al paso inclemente de los siglos en el palacio suntuoso del Vaticano.

(Otto Aguilar - 3 de Enero de 2016 - Los Angeles, CA.)






Wednesday, July 22, 2015

"Milagro de dios"


- Rejodidos de mierda! si se van a matar, pues mátense ya para que nos dejen en paz de una vez!,  y que tire la primera piedra el que se cree limpio, el que no la cagó pues! - les gritó furibundo don Casimiro, aquel viejo endiablado del barrio "Milagro de dios", a los dos amigos convertidos ahora en enemigos, que constantemente se enfrentaban a golpes en la calle, (don Casimiro sabía más por viejo que por diablo). Los dos ex amigos se quedaron viendo con ganas de matarse a pedradas, pero desistieron y se largaron a sus casas, recriminándose y maldicièndose el uno al otro. Esa misma noche llovieron piedras en las casas de ambos ex amigos que vivian en el mismo barrio, separados sólo por un cauce, el cual ambos mantenían lleno de todo tipo de basura, desechos, desde muchos años atrás.

(Imagen y texto :Otto Aguilar)

Sunday, June 7, 2015

Crónicas desde un pozo de tirador.

    

"Esto que escribo son mis memorias.
Porque un hombre debe escribir la historia de su vida
al llegar a los cuarenta años, sobre todo si le sucedieron 
cosas interesantes..." - "El pozo" - Juan carlos Onetti



  Con trazos de tiza blanca, la luna bosqueja inquieta sobre tinta nocturnal, cuerpos semidesnudos, que trenzados unos con otros en el camión IFA van. Insomne, la luna siguiendo el recorrido de aquel camión militar, esboza ojos abiertos a unos, mientras a otros se los cierra; fugaz semblanza de fiero dolor apaciguado, disfumina en algunos de aquellos pálidos rostros. De donde venían y para donde iban, lo sabían sólo los escoltas de aquel camión nocturno que veloz iba en la carretera entre montañas, a esas horas de peligrosas emboscadas. De trecho en trecho, en aquel raudo recorrrido, la luna borraba aquel esbozo abstracto de tiza blanca en la carga del IFA; lo deshacía y rehacía como insegura de haber logrado el estílo expresionista acertado, para aquella su obra maestra al filo de la media noche. Al amanecer, antes de ocultarse la luna acaba su obra, la cual el sol varnizó con dorada laca. Eran 18 cadáveres de soldados, todos jóvenes, algunos con rostros desfigurados y exangues, unos con ojos abiertos de miradas vacías, otros con ojos cerrados. Uno de ellos todavía llevaba sujetando sus mechones negros alrededor de su frente, con un pañuelo rojo y negro; en su pecho se veía una cruel herida que probablemente acabó con su su agonía. Venían de Quilalí e iban para Managua, dijeron los escoltas de aquel camión IFA, con acre olor a muerte, que iba perdièndose cual garabato desdibujado por la luna en una carretera somnolienta.

  Este era uno de tantos sueños que al amanecer se esfumaban, dejando trazos abstractos de tiza blanca en el pizarrón negro de las noches imsomnes de Ricardo. Aquella mañana, èl se despertó muy temprano como de costumbre, tratando de escribir en su diario el sueño de esa madrugada. Como un cirujano con su escalpelo, penetró en muchas capas de dolorosos recuerdos y, se vió como en un holograma en aquel pozo de tirador en la insurreción final de la guerra contra Somoza en Masaya. Al recordar esto, se preguntó si habría sido a esa misma hora, 3 am, la misma hora en que había sucedido aquello que ahora fluía tan claro como si fuese ayer, en su memoria.  Eso que ahora Ricardo  recordaba sucedió en una madrugada lluviosa del mes de Julio de 1979, cuando su jefe Moisès lo encontró dormido en su pozo de  tirador, siendo èl parte de los postas que resguardaban Masaya de las posibles incursiones de los guardias somocistas, que todavía quedaban resistiendo alojados en el fortín del Coyotepe; allí, rendido de cansancio como en espera del tiro de gracia del enemigo, lo encontró su responsabble, aletargado sobre el fusil. El aletargado posta, cargaba un viejo fusil garand que probablemente en otro tiempo había usado algún guardia somocista, que quizás ya había muerto en aquella larga cadena de muertes entre esos guardias defendiendo al dicatador Somoza y entre los combatientes como èl, luchando para derrotar a la dictadura. ¿Pero quièn desearía dormirse en aquel pozo de tirador, a esas peligrosas horas de la noche, como el se había dormido?, con la guardia acechando como lobos,  que bajando del fortín del Coyotepe, buscaban ingresar por aquel sector ubicado cerca de los rieles del trèn, donde èl cumplía vigilancia nocturna. Allí lo encontró su responsable Moisès, en su pozo tirador como en una lodosa y helada tumba, que la lluvia toda la noche había preparado como su previsible última morada. Su jefe lo despertó sacudièndolo y, reprendièndolo duramente le gritó - jueputa!, podrías estar muerto ya!, como jodido te has dormido!. Despuès de breve silencio, recobrándose de su aletargada agonía, Ricardo dijo al iracundo jefe - ideay! si no he dormido varias noches seguidas...   luchè para no dormirme. Pero, para un jefe militar en aquellos días de guerra, no había explicación alguna para aquella debilidad de sucumbir al sueño. Su jefe sacó una botella de whisky Old parr, le dió a beber un trago, el trago absorbido como una esponja calentó al instante el frío cuerpo de Ricardo; luego le ayudó a ponerse en cuclillas, pero sus piernas no respondían, las veía pero no las sentía, su jefe  le ayudó a flexioanarlas hasta que logró ponerse en pie. Ricardo se sentía humillado, avergonzado en su estima de combatiente. Lo que su jefe nunca sabría, es de aquel magnetismo malèfico que èl ejercía en Ricardo; su jefe ni siquiera podría imaginar que su viril rostro y su cuerpo enfundado en el uniforme verde olivo poseían una tentadora y prohibida atracción, que en aquellos dificiles momentos de la guerra sólo servían para atormentar más, para torturar más a Ricardo, recordándole que en lo más íntimo de su ser habitaba ese otro yo incomprensible para èl mismo, ese su otro yo que èl escondía de las posibles burlas y acoso del resto de soldados; su otro yo que no quería la guerra, ese su yo que temblaba de miedo, de  horror, de angustia y dolor al recordar a los compañeros de combate que en todo el incio de aquella cruel guerra del junio lluvioso, habían muerto combatiendo. Moises, su jefe, nunca sabría que con su fiero rostro de intransigible jefe miltar, seducía virilmente y a la vez torturaba al muchacho timido y aterrorizado que aquel soldado llevaba escondido muy dentro de sí.

  Todos estos recuerdos de la guerra, al filo de la madrugada, se agolpaban en su memoria, unos tras otros cual antiguo palimsesto, como un caprichoso juego de su desmemoria; aquello era un collage de retazos de su vida ya lejana en el tiempo, que reviviendo cada noche se dibujaban y desdibujaban una y otra vez, como garabatos de crónicas y ficcciones desconectadas unas de otras. Algunas veces estos sueños desaparecían inmediatamente al despertar, dejándole sólo vagas sensaciones, rostros y rastros de desasosiego, de melancolía. Eran espectros del recuerdo, que desaparecían durante el día para volver a emboscarle de nuevo por la noche, sorprendièndole inesperadamente igual tambièn que los recuerdos de aquellas emboscadas de la contrarrevolución de los años 1980's; emboscadas de las que milagrosamente había sobrevivido. Haber sobrevivido a esos combates, a diferencia de los otros soldados menos afortunados, a los cuales muchas veces le tocó recoger sus cadáveres, le dejaba en esos días de guerra, con sentimientos de culpabilidad y a la vez de sosobra, de incertidumbre de no saber cuando, donde y cómo la bala enemiga lo alcanzaría tambièn a èl.

  Aquel día, Ricardo quiso saber que había pasado con su jefe Moisès; ¿en realidad había sucedido todo aquello? o ¿era solamente su memoria fallando una y otra vez, mezclando todo como un rompecabezas con muchas piezas perdidas o inventadas? o ¿eran sólo sueños con trozos de dolorosas vivencias que deseaba olvidar?. ¿Que habrá pasado con Moisès, despuès de todos estos años?, se preguntaba. Despuès de la derrota de la dictadura, nunca le volvió a ver, en cambio, tenía más claro el recuerdo de aquel su otro jefe de escuadra de combate en la insurreción en Managua, Camilo, al cual había cargado junto con otro combatiente en una camilla improvisada durante el inicio del repliegue táctico de Managua a Masaya.  Camilo había  sido herido en un combate en el sector del Dorado en Managua, siendo parte de la unidad especial "Caza perros". Despuès del triunfo sandinista, una noche estando en la cobacha del centro militar en que se preparaba como oficial del nuevo ejèrcito, Camilo le había puesto bromeando su revolver calibre 38 en la frente; Ricardo sintío el beso frío de la muerte en su cabeza. A la mañana siguiente, mientras la tropa hacía los ejercicios matutinos, escuchó aquel tiro con el cual Camilo se había quitado la vida. Antes del repliegue a Masaya, Camilo le había contado como su mujer había muerto alcanzada por un rocket lanzado por las avionetas push and pull del ejèrcito de Somoza y, a partir de eso se refugió en un mutismo, que luego se fuè convirtiendo en una risa nerviosa. Una noche en esos días de la insurreción, estando en el sector de Bello Horizonte en Managua, Camilo ingirió ron mientras estaba en el puesto de mando, lo cual le ocasionaría problemas con su responsable. Pero aquel intrèpido Camilo era un soldado con trayectoria de combate, muy necesario en aquellos álgidos momentos de la guerra. Al recuperarse de aquel amargo momento, Camilo regresó a combatir en la escuadra Caza perros. En unos de los operativos de esa unidad especial de combate, fuè herido. Luego en el repliegue a Masaya, mientras era llevado en camilla, fuè alcanzado por los charneles de los rokets, con los que la aviación bombardeó a la columna de soldados.
   Leyendo unos viejos artículos de prensa en la internet, sobre Moisès, Ricardo se dió cuenta que aquel apuesto y duro jefe, el cual le había reprendido fuertemente y a la vez le había revivido con un trago de Oldpar en su pozo de tirador en Masaya, había dado un giro de 360 grados en su vida. Despuès de la pèrdida del gobierno sandinista en las elecciones de 1990, Moisès se había retirado como muchos viejos militantes funcionarios del gobierno, a trabajar en su finca y se había hecho cristiano; su marxismo y su pasada vida militar contra la dictadura, no fuè suficiente para salvarlo de su nuevo fanatismo religioso; o ¿quizás era el mismo fanatismo que subyacía en el anterior?.  Ricardo pensaba que entre Moisès y Camilo, prefería a èste último, al cual recordaba siempre jóven y aguerrido, quien a pesar de sus heridas físicas y sicólogicas, continuó combatiendo hasta que no pudo contra el mismo. Al menos Camilo, pensaba Ricardo, como un noble samurai, prefirió la muerte por su propia mano, acosado y perseguido por los espectros de la guerra, habiendo optado por refugiarse en el mutismo de la muerte. En cambio Moisès se había refugiado en la fè de un cristianismo anacrónico, que según èl,  le había salvado milagrosamente de no morir en la guerra y, a la vez le había recompensado con una vida más cómoda propia de las elites, a la cual posiblemente èl ya pertenecía, antes de meterse a la guerra contra la dictadura.  
  Para Ricardo, aquellos retazos de recuerdos, que le emboscaban en sus insomnes noches, traían esa punzante e incómoda conclusión sobre el azaroso destino que cada combatiente siguió despuès del triunfo de la guerra de 1979 contra la dictadura de Somoza: en el caso de Moisès, las favorables circusntancias, la  cercanía a la elite del poder y la cercanía a la vejez misma, traicionaron los principios que le motivaron en su juventud, a luchar por un mundo más justo; esa lucha por el mundo justo que a Camilo, al cual Ricardo cargó herido en camilla durante aquel repliegue de Managua a Masaya, le había costado tanto la vida de su mujer igual que la suya, en aquel lejano pasado, pasado que todavía monta emboscadas en los sueños de Ricardo, como si aún estuviese dormido en su pozo de tirador.

OttoAguilar. (Berkeley. 6 de marzo de 2016)
Foto de William Gentile.