Saturday, February 1, 2020

Orgías y matancinas del poder.




¿Sería posible hablar francamente con quien mata incondicionalmente a la gente o habría que arrebatarle primero la dañina arma, las riquezas y el cargo?- Andrei Platónov.

  Rigoberto, uno de aquellos jóvenes sobrevivientes de las matancinas de la insurrección final contra la dictadura somocista en la Nicaragua de 1979, y tambièn uno de los sobrevivientes de los batallones que participaron en la carnicería de la guerra civil desatada despuès, en los años 80’s, asitía esa noche de Jazz al Ateneo en Managua, el antro de estilo Kitsh de la primera dama Sandinista punk, la Rosario o la Chayo para muchos; dicho local quedaba en los alrededores de la casa presidencial. El Ateneo quedaba en los locales de la llamada Asociación Sandinista de trabajadores de la cultura, en lo que era el parque El Carmen, donde habían instalaciones para clases de ballet folklórico, sala de exposiciones de arte, y el local donde se elaboraba el suplemento cultural Ventana donde trabajaban apreciados poetas, tales como Alvaro Urtecho
.
  El amigo de Rigoberto, Boanerges Cerrato, había regresado recientemente de sus estudios de pintura en Cuba, y comenzaba con buenos pasos su carrera de artista. Esa noche para celebrar una de sus primeras ventas, Boanerges había invitado a Rigoberto a la noche de Jazz del Ateneo. Al calor de los tragos, Cerrato sujetaba celoso la maleta de billetes producto de la venta y, la tertulia prometía una noche placentera de dos amigos que se habían visitado en Cuba en aquellos primeros años de euforia revolucionaria sandinista, euforia la cual era estimulada por una perfecta propaganda cronometrada al estilo estalinista-castrista-sandinista. En ese entonces en Nicaragua, la devaluación de la moneda hacía “millonario” de la noche a la mañana a cualquier sacrificado campesino u obrero que a duras penas, (a diferencia de la elite Sandinista y sus allegados), con esos “millones” llevaba el pan de cada día a su prole numerosa. Boanarges era uno de esos nuevos allegados “millonarios de la noche a la mañana” que había decidido beberse “sus millones” producto de la venta de una de sus pinturas, esa noche con Rigoberto en el Ateneo. Boanerges no era un obrero, ni un campesino, los cuales tambièn además de matarse trabajando tambièn morían con un fusil defendiendo las coperativas sandinistas, creyendo que así morían defendiendo la revolución Sandinista. Boanerges era un egresado de una de las mejores academias de arte de Cuba, y la asociación sandinisita le daba ese título “privilegio” de ser un “Trababajador sandinista de la cultura”; èl era un joven pintor, alguien nuevo en las arenas movedizas de aquella “asociación sandinista de trabajadores de la cultura”. Rigoberto quería esa noche explicarle a Cerrato todo aquello, explicarle que ya la revolución no existía… que todo era puro cuento, que lo que èl creía en teorٌía aprendida en la Habana, había sido sólo cuento socialista fabricado desde tiempos de Stalin… pero cómo explicarle eso a alguien nuevo en la efervescencia de su regreso a la Nicaragua de 1985?. Era justo ser un aguafiesta con èl?. Quizás Boanaerges Cerrato lo sabía todo?, sabía todo pero temía decírlo?, o sea los dos desconfiaban el uno del otro?... que le le dijo Rigoberto a Boanerges esa noche?, quizás… quizás èl, Boanerges, sabía tambièn la cruel historia de lo sucedido en Cuba. Es muy probable que ellos hablaron quizás de la carnicería que al final sólo había redundado en beneficio de la nueva elite Sandinista y la elite capitalista de siempre, esos ricos que probablemente serían los próximos compradores de su obra.

  Los dos amigos se remontaron a sus años de estudios: Boanarges recordaba nostálgico la Habana, mientras Rigoberto le hablaba de Moscú, sin mencionarle la razón de su abrupta interrupción de estudios y su expulsión de la extinta Unión soviètica, un escabroso secreto que lo marcaba como a un perdedor, marcado como persona non grata , lo cual lo convirtió a la vez en un escèptico de las revoluciones. Mientras conversaban animados, las miradas furtivas de Rigoberto se dirijían al sudado rostro del saxofonista Gerzon, donde las notas del saxofón suscitaban distintas expresiones, lo cual hizo recordar a Rigoberto la foto que de Gerzon, publicara el suplemeto La semana cómica, mostrándolo desnudo, con el cual muchos suscriptores de tal suplemento se habían masturbado.


  Quizás las notas estridentes del saxofón de Gerzon, llegaban estentóreas, crueles, hirientes, hasta los oídos de la hija de la primera dama punk; cuando iniciaron los abusos era sólo una niña, la cual aterrorizada cada noche y con los ojos bien abiertos de espanto, atisbaba en su habitación la aparicíon súbita del poder libidinoso, lujurioso. El poder que la violaba, y susurraba palabrotas obscenas a sus oídos por las noches, ya había echado raíces en el pueblo; ese poder era la revolución encarnada en su padrastro, el comandante, el mismo que arengaba mesiánicamente en las plazas atestadas de pueblo, el mismo que era aplaudido y vitoreado, el mismo que exigía más sacrificios por la Patria, a ese pueblo, a los jóvenes que desde esas plazas partían sonámbulos en camiones sovièticos a la inmolación en las montañas, donde la guerra civil campeaba.

  Despuès de aquella noche de Jazz, Boanerges Cerrato moriría de un infarto cardíaco,... despuès de aquella noche de Jazz con Rigoberto en la Asociación Sandinista de trabajadores de la cultura. (Primeros párrafos)

Otto Aguilar
Berkeley - 10/2/2019

Foto: Pintura de Julio Larraz

Abortos de ángeles.



"Somos el sueño abortado de un demiurgo menor”
Severo Sarduy


  Mientras caminaba cuesta abajo por la calle Post, aturdido pensaba que el destino era cruel y caprichoso, del cual sólo somos marionetas parapléjicas; en  esa cavilaciones iba cuando escuché la voz de una mujer que caminaba delante de mí hablando con su fantasma acompañante, al cual le decía -adonde quiere mi señor que le lleve?, le puedo mostrar la ciudad?… le llevaré por la avenida Market, a la estación de la Powel, o mejor a la estación de la calle 16, allí podemos encontrar de todo… qué quiere?, éxtasis ? o polvo de ángel ?... para sentirnos como los mismos ángeles?… como aquel ángel Luzbel que le tentara, se acuerda?… porque usted muy bien sabe que los ángeles tienen un rico y celestial sexo! y que de tanta cogedera celestial, han tenido que someterse a múltiples abortos, con tan buena suerte para nosotros aquí abajo, que los fetos celestiales no morimos sino que venimos a caer hasta aquí mismísimo donde me ve usted; por eso dicen por allí, que fuimos hechos a imagen y semejanza de ellos!. - Entonces quiere que le lleve?… sólo que hace frío, pero si mi señor quiere, yo lo llevo a mi apartamento en la calle Post y allí quitaré el frío de su alma y de su cuerpo, como la Magdalena se lo quitó una vez, se acuerda?.

  Espantado de aquella mujer y sus abortos de ángeles, salí casi corriendo en dirección a la calle Castro. La calle Castro es una pasarela donde la fauna “gay-goyesca”, de la “loca desenfadada” de la ciudad de San Francisco alterna el desfile con viriles y bellos efebos cual maniquíes provocadoramente ataviados, que exhiben a través del pantalón bien ceñido, abultadas vergas, incitando a la lujuria sexual. El mirarse de soslayo con cierta elegante displicencia el uno al otro, para no mostrar demasiado interés, o por el contrario mostrar sus atributos, con guiños de ojos para cazar a la posible presa, es parte del glamour que van desplegando estos maniquíes esculpidos en gimnasios e inflados con esteroides. Como otra cara de la moneda de estos sensuales maniquíes, también la pasarela de la calle Castro exhibe a espectros vivientes que la peste del siglo había multiplicado por doquier, y unos más evidentes que otros, muestran el despojo cruel de un pasado de placer.

  El deterioro y lo efímero de las ideologías políticas, también tiene a sus modelos en la calle Castro, donde unos de esos días, me topé con uno de esos oportunistas que sacaron ventajas de la mal lograda revolución nicaragüense, vistiendo ajustadísimos pantalones de cuero color negro que dejaban pronunciar su falso abultado sexo, un abierto chaquetín también de cuero negro mostrando sus caídos pezones de los que colgaban sendos aretes, las altas botas de cuero negro cuidadosamente bruñido, listas para el lenguetazo del lame bota que le acompañaba. Su abotagado rostro sin pizca de arrepentimiento, delataba al perfecto megalómano, que acostumbrado a la veneración del fanatismo popular, acaban siendo perversos esperpentos, víctimas de su propia vanidad, pareciera que la psicosis, producto de su pasada actividad militar, le había convertido en un perfecto sadomasoquista, practicante del sexo rudo. Este esperpento,  otrora símbolo del machismo pseudo revolucionario, se hacía acompañar de un travesti al cual probablemente había sacado del armario de su abuela con todo y peluca, corsé y crinolina. A pesar de la libra de maquillaje que enmascaraba el rostro de aquella loca, pude reconocer en él también, a uno de los lame botas con los que solía rodearse este personaje. Quien lo iba a pensar!, que estos vividores de la revolución, eran los mismos que horrorizados de ser descubiertos y por ello desplazados de los privilegios que la èlite a la cual pertenecían les otorgaba, eran los mismos que despotricaban recalcitrantemente y purgaban de sus filas partidarias, a aquellos que bajo sus mandos ponían en evidencia sus mismas prohibidas y solapadas inclinaciones; estos eran igual a otros vividores, que desde sus púlpitos sagrados de iglesia, condenan el pecado nefando, depuès de que en la sacristía manosean al candoroso púber monaguillo, que les ayudaba a poner sus sagradas vestiduras.

  Así, el encanto de vanidosos efebos en su fresca y saludable “juventud divino tesoro,” coqueteaba en un vil contraste con los espectros de aquellos, donde la pandemia había arrebatado sin compasión alguna, todo vitalidad; èsta era la calle Castro con su decadente pasarela de inicios del siglo veintiuno. En el bar Badland, tomé mi última cerveza y me largué en búsqueda de mi refugio de donde ahora pensaba, no debía haber salido.

  Tumbado en la cama, enajenado ante el televisor, rondaba en mi mente la imposibilidad de aquel fortuito y desafortunado encuentro con Antonio, en aquel sórdido escenario de la gélida y gris calle Post de San Francisco y luego con aquella "ángel aborto del cielo", tentándome con tal desfachatez, al confundirme con su señor!...pensaba en aquellas “esperpènticas locas” desfilando en la pasarela de la calle Castro, a la par de bellos efebos, junto a sobrevivientes de la cruel enfermedad del siglo. En medio de esas divagaciones estaba, cuando de pronto, veo en la pantalla del televisor a dos bellas periodistas anunciando en el tele noticiero hispano, que llovían sobre Bagdad 1,500 bombas inteligentes que la coalición liderada por Estados Unidos habían lanzado y que estarían trasmitiendo minuto a minuto en vivo y a todo color, hasta la comodidad de nuestros hogares : “Freedom for Irak”.

  Despuès de varios años de esa guerra, miles de esos jóvenes que ví por la televisión, hoy son parte del subsuelo junto con otros miles de iraquíes; trillonada de dólares han pasado ha engrosar el negocio armamentista de la nación, mientras una galopante y desoladora crsis económica, anuncia el declive del poder y prepotencia del país más rico del orbe.

  Al ver a estos jóvenes del ejercito gringo, lanzados a matar o morir en nombre de la patria, recordé una vez más, a los jóvenes soldados de ensortijadas cabelleras y tupidas barbas, de fornidos bíceps y sólidos muslos, con los cuales yo había recorrido caminos empapados de dolor y olvido en lo más recóndito de las montañas del norte de mi país, Nicaragua, donde fueron matando o muriendo en nombre de la “patria“; ahora de esos jóvenes  convertidos en héroes, sólo sus restos quedan bajo desteñidas lápidas de cristos cotos en olvidados cementerios, mientras el botín de guerra enriqueció y abultó de grasa y prepotencia a caudillos y sus cómplices oportunistas, colocándolos en el mismo nivel de riqueza de aquellos a los cuales ellos mismos combatían y criticaban.

  Asqueado de ese eterno retorno, repetièndose aquí o allá, ayer u hoy, apago el televisor y quedo en total oscuridad para refugiarme impotente en un profundo sueño… y despertè en mi sueño, vièndome en posición fetal, la misma posición en la cual me había quedado dormido... luego, me ví arrastrado bruscamente, en un èxodo carnavalesco de ángeles y diablos, que iban copulando y la vez abortando...  los abortos de ángeles, eran a “imagen y semejanza” de los ángeles y diablos del èxodo orgiástico que me arrastaba.

Otto Aguilar
Foto: Abortos - collage digital



Saturday, January 4, 2020

Sefies en los espejos de Catalina la grande.


   La neblina, exhalaciones de insomnes fantasmas pululantes en la avenida Nevsky, me envuelve en esa dimensión donde el tiempo es sólo vapor espectral que desdibuja épocas añejas en una suerte de palimpsesto holográfico, un collage ecléctico que mezcla personajes víctimas de fatal destino con contemporáneos seres peripatéticos dirijidos y conectados a telèfonos inteligentes. En esa neblina las épocas se traslapan en un collage postcontemporáneo, dejando entrever varias capas de un pasado tumultuoso repitièndose una y otra vez con diferentes actores en diferentes escenarios. En esa avenida Nevsky vamos siguiendo los pasos trastabillantes del alma en pena del escritor Gogol. Me pregunto si alguna vez el escritor habría estado en el palacio de invierno de los zares, hoy museo Hermitage, hacia donde nos dirigimos Ivan y yo. Junto con el resto de transeuntes en la Nevsky prospect, Ivan y yo somos Almas muertas, coleccionadas y mercadeadas por un Chichikov del s. XXI, el cual nos ha colectado y vendido al mejor postor, un traficante de almas rusas, cubanas, nicaragüenses, polacas, checoslovacas, vietnamitas, etc, etc. Almas que han corrido el mismo destino utópico: la nadahistoria de Virgilio Piñera en la Cuba socialista, la estalinsita de Victor Serge, y de "1984 de Orwell", que es igual a la Nicaragua actual repitiendo su cruel tragicomedia de dictaduras hasta el cansancio.

  Las exhalaciones de esos insomnes espectros finiseculares, dibujan y desdibujan intermitente las fachadas de viejos edificios del S. XIX de la avenida Nevsky, alineados en bloques hasta llegar a la amplia plaza que está frente al El Hermitage, el museo antiguo palacio de invierno delos zares, allí donde la zarina Catalina la grande, coleccionó al claroscular Rembrandt del cual quizás no supo el triste final en la pobreza del maestro holandès.  La zarina trajo a su palacio obras del intempestivo Caravaggio, del cual quizás no tuvo conocimiento de su muerte en una costa lejana de su lugar de origen, mientras huía del papado, la inquisición y las autoridades. En la alcoba de ese Palacio de Invierno hoy museo de arte, Catalina deliraba, jadeaba, suspiraba entre los brazos y piernas de su varios amantes; pasión sexual intensificada hasta el paroxismo por los largos períodos de represión sexual desde que fuera comprometida muy joven, con el nieto del zar Pedro I, zar que creó San Petersburgo, la bella ciudad afrancesada en las costas del río Neva. Algunos afirman que la zarina tomó el poder de Rusia tras el complot de ella y sus seguidores, asesinando al tonto y desgraciado zar con el cual había sido desposada muy joven.

  Mientras Iván me regañaba como a un niño por no haberle seguido su recomendación de traer suéter y abrigarme bien por el frio de San Petersburgo, yo simulando no escucharle, boquiabierto contemplaba las fachadas de viejas residencias y, perdí de vista al fantasma de Gogol. Pero de pronto le veo salir de una tienda de libros de viejo, al mítico Gogol, su aspecto es extraño, esquivo, sus escrutinadores ojos asoman como ojos de cangrejo tras la solapa de su abrigo o su capote, quizá el mismo de su cuento El capote, del cual Dostoyevsky afirmó que todos los escritores habían surgido de El Capote de Gogol.

  Iván y yo habíamos llegado esa mañana fría y gris de San Petersburgo después de haber viajado por tren toda la noche, desde Moscú; acostado en mi litera y contemplando las intermitentes lucecitas de lejanos caseríos que aparecían y desparecian a través de las ventanillas, yo divagaba recordando un viaje similar que había hecho 26 años atrás cuando fui en búsqueda de èl, desde Moscú hasta Tula, el pueblo del conde escritor Tolstoi, donde Iván alquilaba un pequeño cuarto mientras actuaba en una compañia de teatro. En ese entonces yo viajè sin pasaporte, el cual me habían quitado migración en espera de una posible deportación, En esos angustiosos días me consideraba un purgado más como los millones de rusos que hacia más de medio siglo habían sido purgados, deportados a campamentos de reconcentración estalinista; me fui en el tren retando la prohibición impuesta por la policía, de no reencontrarme más con Ivan, después de nuestra detención en mi residencia universitaria.

  Más de tres décadas después de ese suceso, allí íbamos Iván y yo, en un tren de media noche rumbo a la ciudad construida por el zar Pedro el grande a orillas del rio Neva. Llegamos en una mañana gris y fría de San Petersburgo , nos encaminamos sobre la avenida Nevsky en rumbo al Hermitage, ivamos pisando los pasos del escritor Gogol junto con sus Almas muertas, tres décadas después de nuestra abrupta separación; tres dècadas en las cuales nuestros destinos siguieron su curso como siguiendo el guión de un director de caprichoso teatro de lo absurdo, tiempo en el cual perdimos contacto despuès de tres años de mi regreso a Nicaragua, tiempo en que la revolución nicaragüense siguió el camino de todas revoluciones: devorar a sus hijos igual que habia hecho la revolución rusa de la cual Iván y yo podrimaos considerarnos sobrevivientes; y como sobrevivientes de esas revoluciones a pesar de leyes que nos separaron, tres décadas después allí íbamos en rumbo al palacio de invierno donde “Catalina la grande” gozó a lo grande con sus libidinosos mozos rusos, sin que nadie le dijera esto si, esto no. En esos pomposos salones iluminados con luminosos chandeliers, decorados con oro y malaquita, hoy convertidos en exquisitas salas del arte más selecto de todas las épocas, Catalina retozó saciada con sus amantes de turno; una silla de madera fina importada de Nicaragua era su pedestal donde gimió y suspiró, donde puso los ojos en blanco éxtasis y, donde ensayó poses de kamasutra ruso a más no poder, mientras era penetrada inclementemente por su amante de turno, y afuera de la sala de sus juegos eróticos en las galerías y corredores atestadas de obras de arte, deambulaba el insomne fantasma de su esposo, el idiota zar destronado por ella en complot junto con sus seguidores.

Otto - Berkeley 2017
Foto: En el Hermitage 2011

Tuesday, November 12, 2019

Haraquiri a lo Misshima.




  En el libro titulado “Confesiones de una máscara”, el escritor japonès Yukio Misshima,  entre varias de sus confesiones, relata su excitación ante la imagen de un San Sebastián, del artista Guido Reni:
   
  “En el cuerpo del joven – que recordaba el de Antinoo, el amado de Adriano, cuya belleza tantas veces ha inmortalizado la escultura: no se veían rastros del duro vivir o de la decrepitud que en tantas representaciones de santos se veía. Contrariamente, en aquel cuerpo sólo había  juventud primaveral, luz, belleza y placer…
  Aquel día, en el instante en que mi vista se posó en el cuadro, todo mi ser se estremeció de pagano goce. Se me levantó la sangre, y se me hincharon las ingles, como al impulso de la ira… Mis manos, de forma totalmente inconsciente, iniciaron unos movimientos que nadie les había enseñado. Sentí que algo secreto y radiante se elevaba, rápido el paso, para atacarme desde dentro de mí. De repente estalló, y trajo consigo una cegadora embriaguez…
Esta fue mi primera eyaculación. Y tambièn fue el principio, torpe y totalmente imprevisto, de mi “vicio”.  (Interesante coincidencia es es que Hirschfeld coloque los “cuadros de San Sebastián en primera fila entre las obras de arte que producen especial placer al invertido”.  Esta observación de Hirschfeld nos conduce fácilmente a aventurar que en la inmensa mayoría de los casos de inversión, en especial la inversión congènita, los impulsos invertidos y los sádicos se encuentran inextricablemente mezclados.)"
   
  En 1995 realicè un dibujo a tiza pastel inspirado en Misshima. Algunos meses despuès de exhibirlo en una galería de San Francisco, inconforme con el dibujo, lo cortè en dos y destruí la parte superior. De este inmolado dibujo, sobrevivió  sólo la parte de abajo y un print digital, el cual por un tiempo colgaba de las paredes de una casa en Granada, Nicaragua; tal copia, según su coleccionista, le fue robada. Cualquiera diría que este gesto de destruir mi dibujo “Homenaje a Misshima”, fuera un premeditado “performance de Haraquiri sadomasoquista”, similar al trágico final del mismo escritor, el cual se suicida en la cumbre de su fama literaria a sus 45 años de edad, bajo el ritual del Haraquiri, rito de honorable tradición Samurai.  Tal ritual consiste en clavarse una daga en el abdomen y cruzarla de un lado a otro abrièndose las entrañas, luego el padrino de la ceremonia, debe proceder a decapitar cuando el torso se ha doblegado. En el caso de Misshima, su amigo  Morita, tuvo que asestar dos o tres golpes para lograr decapitarlo.
   
  Confesisones de una máscara, es una novela autobiográfica; en ella el autor va escudriñándose y desenmascarándose, en esas etapas de formación de la personalidad: niñez,  adolescencia y juventud.  Inicia relatando su relación con su  posesiva abuela, de la cual dice: a mis primeros años tenía una novia posesiva de más de 70 años de edad. 

  Misshima tuvo esposa, así como amantes. Visitó Nueva York; en una entrevista realizada en esa comsmopólita ciudad aparece con la típica chaqueta de cuero que usan los sadomasoquistas, practicantes del sexo rudo. Allí asistó a los clubs y a los saunas de homosexuales, quizás los mismos saunas que visitara el afamado bailarín escapado de la Unión Soviètica, Nureyev. 
   
  Su suicidio no es debido a frustración por una vida en el closet, (vida homosexual la cual escudriñó, gozó y dejó plasmada en su obra), sino que parece ser debido a sus ideas tradicionales, enmarcadas alrededor del culto al viejo Japón y a su emperador; la pèrdida de los valores tradicionales del Japón le causaban hondo malestar.  Cualquiera que haya sido la razón del suicidio, dejó una obra con un profundo e inteligente análisis sicológico, (escrito con el filoso escalpelo del cirujano), de lo que subyace bajo la máscara que muchos se resignan a llevar inescrutable hasta el final de sus días.
 

Otto Aguilar – Berkeley 11 de Nov. de 2019

Dibujo “Homenaje a Misshima” – Tiza pastel/papel - 1995

Friday, November 1, 2019

Laberintos del Hermitage.


  En el año 2011 regresè a Rusia, despuès de 26 años de haber estado allí cuando aún se llamaba Unión Soviètica. Rusia es ahora otro país, que mantiene sus tradiciones y su religión ortodoxa, y cierta nostalgia (en viejos rusos) por ese pasado soviètico; una Rusia con lujosos edificios modernos a la par de viejas catedrales medievales, con nuevos millonarios, magnates cuyas fortunas provienen de su corrupto pasado con la elite soviètica, asociados ahora con el nuevo zar, Putín; oligarcas que se aprovecharon de la privatización, al caer el comunismo, comprando o quedándose con propiedades o compañias del estado, similar a lo sucedido en Nicaragua cuando cae el Sandinismo en 1990. Igual que en Nicaragua, por un lado ves la opulencia de residencias de los viejos y los nuevos ricos ex funcionarios corruptos, y por otro lado ves la pobreza, los mendigos, los viejos ex hèroes de guerra, o trabajadores , languideciendo con miserables pensiones. o sueldos de hambre.

  Allí estaba la Plaza roja, que recorrí tantas veces!, plaza donde la momia de Lenin permanece aún como símbolo de una "momificada y cruel historia", el recuerdo de quien iniciara aquella revolución que terminó en los campos de concentración, en el Gulag, en las ejecuciones, en las deportaciones, en el exilio, en las hambrunas fabricadas. Aquella revolución bolchevique devoró a sus hijos, igual que había sucedido antes con la revolución Francesa, sucedió igual con todas las revoluciones que le siguieron a la de los bolcheviques, incluyendo la revolución nicaragüense.

  Al respecto, conversaba con un amigo:

  - Ahora que mencionas a Voltaire, recuerdo que èl igual que Diderot, mantuvo fluida correspondencia con la zarina Catalina la grande, y se me hace extraño que este gran humanista, este filósofo haya mantenido una amistad con la zarina, una dèspota según sus críticos, o una mujer inteligente, astuta, compulsiva coleccionista de arte y, de muchos amantes rusos. Voltaire, en su cuento Zadig, en el cual se retrata, nos pinta el mundo tal como lo concibe el filósofo ya maduro, desengañado de cualquier idílio sobre la humanidad, una humanidad cruel, víctima y victimaria a la vez.

  - A propósito de la zarina, contame de tu último viaje a Rusia. Contame sobre el Hermitage, el palacio de invierno de los zares y la historia esa de la silla de caoba nicaragüense donde la zarina tenía su orgasmo con su amante de turno, entiendo que hay un salón donde sus lances sexuales se llevaban a cabo, donde hay murales , decoraciones eróticas, que viste allí?

  - No ví esa silla, pero leí que en efecto existió. El museo Hermitage, que fue el palacio de los zares, está atestado de obras de arte, es tarea de varios días verlo todo. Catalina adquirió colecciones completas del mejor arte europeo de todos los siglos, así como bibliotecas de eminentes filósofos tales como la de su amigo Voltaire y la de Dideror.

  - Que pensaría Catalina la grande, amante de las artes y de los hombres guapos, sobre los homosexuales?

  - Habría que indagar en su abundante correspondencia entre sus amigos como Voltaire, un filósofo muy liberal, es probable que ella conociera algo de la bisexulidad del príncipe padre del primer zar de Rusia Iván el terrible, el cual igual que su padre, fue bisexual, sin embargo esto no le impedía ordenar la ejecución de un cortesano acusado de haber participado en orgías homosexuales. De igual manera la zarina Catalina, quizá sabía de la bisexualidad ocasional del zar Peter I, el artífice de la bella ciudad de San Petersburgo. En la cultura rusa hay vidas dramáticas de artistas que despuès de autocensurar su sexualidad, terminaron suicidándose, como el escritor de Las almas muertas, Gogol, el cual sometièndose al fanatismo de un padre quemó la segunda parte de su obra maestra Las almas muertas, el ayuno y penitencias lo condujeron a la muerte; otro caso es del compositor Tchaikovsky. Hubo un período donde la tolerancia sexual era un poco más abierta, más aceptable, fue el llamado Período Plata, donde artistas y escritores como Zinaida Grippious, escribieron obras de explícito tema homosexual, sobre el fotógrafo Wilhelm Von Gloeden y sus sensuales fotos de efebos al estilo del amor griego. Despuès la revolución bolchevique de 1917, se revertió esta apertura sexual y se tildó de desviación tanto sexual como ideológica a la homosexualidad. Máximo Gorky, el escritor que a pesar de sus criticas a las arbitrariedades, a la represión del recièn iniciado proceso revolucionario, despuès regresa asimilado al bolchevismo y se convierte en el escritor de la propaganda de la literatura del realismo socialista en la Rusia comunista, es un caso complejo, muy paradójico. Gorky en un discurso homofóbico, afirmaba que acabando a la homosexualidad se combatía al capitalismo. Establecido en Rusia despuès de su autoexilio, Gorky escribiría el articulo Solovki, donde hacía apología y pintaba un cuadro idílico de los primeros campamentos de trabajos forzados. De igual manera hará lo mismo despuès de su visita a la construcción del canal en el mar Báltico, bajo las órdenes de Stalin. Gorky, ya viejo y enfermo, caería víctima tambièn bajo la paranoia de Stalin quien ordena a los doctores administrar medicamento que aceleraría el final del escritor.

   - Hay en la historia de las revoluciones latinoamericanas que sucedieron despuès de la de Rusia, casos similares al del escritor Gorky?

  - En la revolución sandinista de los años 80's, hay casos parecidos al de Gorky, porque coquetear con el poder es muy productivo. Tanto en Cuba como en Nicaragua, han habido escritores (igual que pintores, etc) que se pavonearon con la elite, mientras que otros optaron por apartarse aunque esto significara enclaustramiento, la no publicación de sus obras, la muerte civil. En el caso de la revolución cubana, encontrás a escritores de la elite que gozaron de los privilegios que deja el coqueteo con el poder. Del escritor nobel de literatura, Gabriel García Márquez,   íntimo amigo de Fidel Castro, se dice que abogó ante èste por algunos escritores caídos en desgracia, igual se dice que hizo Gorky por escritores disidentes ante Stalin. Por otro lado encontrás a muchos de los escritores cubanos tildados de disidentes, los cuales pasaron desapercibidos, enclaustrados, marginados de las editoriales oficialistas, apartados como parias como el caso de Lezama Lima, Virgilio Piñera, Reinaldo Arenas, tanto por diferencias políticas con el règimen castrista así como por sus preferencias sexuales.

(Párrafos de : Laberintos del Hermitage)

Otto Aguilar
Berkeley  11/1/2019

(Foto; Hermitage, San Petersburgo - 2011)

Thursday, October 17, 2019

El barrio Boer, la abuela y el sapo.


  Entre los vecinos del viejo barrio Boer de Managua, había uno al cual llamaban sapo, por su voluminosa forma de batracio sin cuello. El sapo era como todos los sapos escandalosos en sus croars nocturnos; sus vociferaciones se escuchaban por las noches, al calor del whisky que ingería en cantidades suficientes como para dar paliza a su esposa, quien llorando y gritando al final huía en medio de la noche, llevando a sus hijas gemelas por las vía de escape, la calle 7ma Avenida, la cual le llevaba a casa  de doña Margarita, abuela de Alberto. En una de esas ocasiones, cuando doña Margarita abrió la puerta, para dar auxilio a la pobre mujer, èl vió horrorizado los hematomas en el rostro compungido de la esposa del sapo. Ese rostro que le recordaba el de la virgen La Dolorosa de la iglesia de San Josè, casi desaparecía entre el cabello desgreñado de la adolorida mujer. La dolorosa del Boer, levitando, cargaba a una de sus hijas desmayada. El sapo, un doctor en aquellos años del somocismo era el director del Snem. Un doctor más que "respetable", temido ante los empleados del Snem, un doctor que por las noches se convertía en un sapo violento, desvelando al vecindario con su croar y sus palizas a su desdichada mujer. Probablemente èl era uno de los tumores más malignos que aquellas casas vecinas del barrio Boer, albergaban.

   Por esa vía de escape de los calabozos-casas que albergaban tumores malignos como el del sapo, en la calle 7ma avenida pululaban seres libres escapados hacía tiempo de los calabozos de sus vidas. La Nachita y la Sebastiana, eran dos de esos seres del mundo raro, cuyas alas les llevaban levitando emperifollados por esas calles del Dios dizque más que misericordioso, juguetón, bromista y cruel, al cual la Nachita y la Sebastiana,a pesar de eso, le bailaban al ritmo de marimba en las fiestas patronales de Santo Domingo o del Toro venado. La Nachita, delgado y moreno, vendía carne asada en el mercado Boer . La Sebastiana que vendía refrescos, poseía unos bellos ojos color aquamarina como dos gemas cristalinas los cuales enmarcaba con marbellín negro que de vez en cuando le regalaban lágrimas negras provocadas por un mundo que le rechazaba; èl hubiera querido haber nacido mujer y haber parido hijos de ojos aquamarina como los suyos. Ambos, La Nachita y la Sebastiana, quizás hubieran hecho lo mismo que hizo la abuela de Alberto, auxiliar a la esposa del sapo; le hubieran curado sus hematomas y, tratando de convencerla de escapar de su martirio la hubieran maquillado y le hubieran prestado sus vestidos para huir con ellas.

   Alberto vio pasar por la calle a la Sebastiana, una mañana cuando se dirigía al colegio San Antonio, ella le pestañeó con aquellas sus dos gemas enmarcadas de negro marbellín. Probablemente èl quiso saber quièn era aquella avis rara, aquel pavo real, pero su timidez le ataron y cada quien siguió su camino. Las coordenadas de destinos que se bifurcan sin dejar más que efluvios de incertidumbre, son como señales no captadas en esos años de inexperiencia como los que atravesaba Alberto, un collegial y lazarillo de domingos de Iglesias con la abuela Margarita y la amiga de èsta, doña Rosa Erlinda, la cual era ciega. Por esa misma calle donde vió pasar a la Sebastiana, èl iba por las mañanas al colegio San Antonio y por las noches, los jueves del santísimo y los domingos a la iglesia San Josè. Aquellos eran tiempos cuando la vida le parecía segura, detenida en aquella rutina que languidecía y se alargaba en las calles de escapes, por donde esa misma vida libre como la de la Sebastiana y la de la Nachita se contoneaba de arriba abajo..

   Pero la vida no era estática como Alberto creía, y el Dios juguetón en quien no creía ya, le dió prueba de su existencia sacudiendo una noche de navidad aquel barrio Boer y a todos los demás barrios de Managua. Las casas de paredes altas y de adobe encopetadas con tejas de barro, no soportaron aquella temblorosa jugada y se desplomaron como fichas de dominó, exhibiendo desvergonzadamente sus tumores al amanecer. El tumor maligo del barrio Boer, el sapo Robleto, había sobrevivido. Algunos cadáveres rescatados, yacían cubiertos con sábanas, en aquella calle donde Alberto había jugado desde niño, esa calle que había recorrido con la abuela al regresar de misa de la iglesa de San Josè o de la basílica de San Antonio, saludando por las noches a su “respetables” vecinos, que veían sentados en sus sillas mecedoras en la acera de sus casas; la misma calle, donde quiso el destino se encontrara una vez rumbo al colegio, con la Sebastiana y sus ojos aquamarinas; esos ojos azules-verdes de una belleza nostálgica como los ojos de su misma abuela que esa fatídica noche del cataclismo se habían apagado para siempre. El sapo chequeó a doña Margarita, su vecina, la cual había alojado algunas noches a la esposa de èste, cuando huía de sus abusos. Ella había sido rescatada de los escombros y, daba la impresión de que dormía, pero las pupilas de doña Margarita le habían confirmado al sapo doctor, que nada se podía ya hacer. La abuela de Alberto había muerto, igual que había muerto su barrio Boer, igual que habían muerto más de diez mil personas aquella madrugada del terremoto en vísperas de navidad en la Managua de 1972.

  Otto Aguilar - 

  Berkeley 23/12/2016

 Foto tomada en la calle 11 de Julio - Barrio Boer en la vieja Managua.




Sunday, July 14, 2019

Desencanto en Monimbó


  El beso de Tita cortó de un tajo la noche de Rigoberto, el cual al abrir los ojos atónito vio muy de cerca flotando en la oscuridad del cuarto el delineado rostro de la osada muchacha, cuya sofocada respiración le indicaba la intensidad del deseo que èl le provocaba. Unas horas antes èl había regresado al puesto de mando despuès de realizar vigilancia nocturna. Varios combatientes dormían uno al lado del otro en el piso de una vieja casa en Monimbó. Tita igual que èl, era parte de los insurgentes que habían llegado de Managua a Masaya con el Repliegue. Para cualquier joven de su edad tal invitación en aquellos intensos y peligrosos días de la guerra, significaría un premio, pero para Rigoberto aquello lo dejaba en una incómoda situación al no saber como responder ante algo no deseado. Refugiado en su somnolencia disimuló volver a quedar dormido ante los asustados ojos de la frustrada muchacha. Al día siguiente la rutina de la guerra borró tal incidente, como si nada había sucedido entre los dos; de hecho no sucedió nada más que una fallida emboscada nocturna de seducción a un tímido Rigoberto en cuyo ser, refugiado en su aparente yo, se debatía la perenne angustia de ser o no ser.
  
  Despuès de lo sucedido con Tita èl recordaba otra situación similar , cuando un par de años antes de la insurreción final contra la dictadura somocista, había cedido ante el insistente coqueteo de la Soledad, una compañera de clases provista de hermosas y seductoras piernas que no escatimaba en mostrar a travès de su minifalda. Esas piernas a èl se le asemejaban fuertes tenazas capaces de triturar su esquelètico cuerpo. Para el resto de compañeros de clase era obvio que la Soledad había decidido llevarse a Rigoberto a la cama, algo que a èl le angustiaba y lo ponía en aprietos cuando maliciosamente ellos le preguntaban ¿Rigoberto, que le harías a la Soledad si se te desnudara?, èl sintièndose atrapado constestaba – Pues… la dibujaría!. Camuflajeado entre los arbustos de un cauce en Managua, Rigoberto se dio cita con la Soledad. Finjiendo estar encandilado de deseo como ella misma, Rigoberto sentía que se había embarcado en una penosa situación de la cual no saldría ileso, víctima tanto de las hermosas tenazas-piernas de la Soledad que ya empezaban a triturar las suyas, así como tambièn de su vulva húmeda y ardiente. La Soledad suspiraba, jadeaba, en cambio el pobre Rigoberto temblaba sin saber que hacer, donde poner las manos, donde besar, donde acariciar.
Nunca había estado con una muchacha, sólo con una prostituta vieja llamada La Masayita, cuando despuès del terremoto viviendo en el pueblito de San Ramón en Matagalpa, su hermano mayor le había llevado donde ella despuès de beber sus primeras cervezas, èl tenía entonces 15 años. Sentado en la cama de la Masayita y compadecido de aquella mujer que bien podría ser su madre ejerciendo antiquísima profesión, le preguntó que por què hacía aquello, ante lo cual ella sin aspavientos le dijo que se desnudara y que se dejara de entrevistas, que ella era una vieja en el oficio, una vieja por la cual habían pasado muchos y que èl no sería el último, tampoco el primer chavalo baboso que llegaba a preguntarle pendejadas a la hora del trabajo. Esa vez èl se quedó dormido sobre la Masayita, lo salvó su primera borracehera.
  
  Pero ahora se preguntaba, mientras se debatía en una lucha infructuosa con la Soledad, como saldría librado de ella sin dejarle dudas de su hombría?. Mientras buscaba algún pretexto, he allí que apareció en medio de su angustia un becat de la Guardia somocista. Mientras sufría entre aquellas tenazas-piernas de la Soledad, el vehículo de la guardia que realizaba recorrido por el sector, enfocó sus luces sobre el oscuro cauce. Entre asustado y maravillado Rigoberto rápidamente dijo a la Soledad - vestite y vámonos de aquí, si nos ven y nos agarran nos matan estos hijueputas!. Y cobijados por los arbustos, bañados en sudor los dos, medio vestidos, ella con larga cabellera alborotada como palmera azotada por viento, èl disumulando su nerviosa sonrisa de satisfacción como un ateo que quisiera creer en milagros, salieron con pasos de ganso en medio del cauce oscuro.
Pero esos días habían quedado ya lejanos en el tiempo, tambièn los frustrados intentos del beso de Tita que partió en dos su noche en Monimbó. Ahora era la muerte en cada combate la que le coqueteaba y las fauces de la Patria, las cuales se abrían constantemente para tragarse a los combatientes que caían día a día en aquella sangrienta guerra contra Somoza en el lluvioso Julio de 1979. Aunque Masaya había sido liberada por los sandinistas, todavía había un reducto de la guardia en el fortín del Coyotepe resistiendo.
  
  Desde lo alto del cerro del Coyotepe los guardias resistían incrédulos de que el final de la dictadura era inminente. El dictador y su elite empezaban a huír del país, mientras algunos guardias como los que permanecían en el Coyotepe seguían combatiendo; la opción de rendirse para esos guardias, quizás significaba para ellos su posible ejecución a manos de los insurrectos. La idílica vista de la ciudad de Masaya, desde esa privilegiada posición en el cerro, seguramente les había dado alguna vaga esperanza de que aquella fuera una escaramuza más de los revoltosos o piricuacos como ellos llamaban a los sandinistas y no el golpe final, el jaque mate a la dictadura. 

Otto Aguilar
Berkeley, 19 de Julio de 2017
Imagen: Deseancanto - lápiz carbón, tiza pastel/papel - 19 x 22" - 2009