Saturday, November 24, 2018

Crónicas de utopías recicladas.


Nosotros, dos muchachos estrechamente unièndonos,
Uno al otro jamás abandonando,...
Armados e intrépidos, comiendo, bebiendo, durmiendo, amando,
Ninguna otra ley que la nuestra obedeciendo,..

Walt Whitman

  Despuès de los primeros cuatro años de derrocada la dictadura Somocista en Nicaragua, Ricardo se había apartado del proceso revolucionario. Tras sus estudios inconclusos en la Unión Soviètica, y despuès de su regreso a Nicaragua, llegó a la conclusión que tales revoluciones se mantenían sólo a base de la represión y de propaganda. La efectiva propaganda vendió la idea de una sociedad más justa a un costo elevado en vidas, resultando al final algo peor que el règimen que habían derrocado.  
  Al desaparecer oficialmente el comunismo en Rusia en 1990, (en el mismo año en que el Frente sandinista en Nicaragua perdía el gobierno en elecciones), el acceso parcial a los archivos de la cruel y verdadera memoria de la revolución rusa, mostraba un rècord de más 20 millones de víctimas del estalinismo. Esos disidentes, viejos militantes bolcheviques, poetas, artistas, científicos, campesinos, militares, partisanos, etc, acusados como enemigos del pueblo, fueron hechos prisioneros y ejecutados aún despuès de forzarlos a declararse culpable de falsos delitos de complot o terrorismo contra el gobierno revolucionario y además de ser obligados a disculparse por ello. Los que no fueron fusilados en la temible prisión llamada Lubyanka en Moscú, o en cualquier lugar remoto, de un balazo en la cabeza, fueron deportados a trabajos forzados en inhóspitas y lejanas regiones, donde murieron minados por el cansancio, el hambre y las enfermedades, mientras a sus familiares se les mantenía engañados y esperanzados que al terminar los largos años de condena los verían de nuevo. Enterradas en la fosa común de la historia cruel del comunismo ruso, las víctimas se pudrieron en fosas comunes igual que las miles de víctimas del fascismo, en campamentos de reconcentración como el de Auswichz el cual ostentaba en el portón de entrada el lema “El trabajo os hará libre”.

  Ignorando la cruel historia de la revolución rusa, de la cual el resto de revoluciones seguirían sus pasos, Ricardo, igual que muchos jóvenes se había involucrado en las tareas que el recien proceso revolucionario nicaragüense demandaba. Después del final de la dictadura somocista, el grupo de insurrectos al cual pertenecía, sobrevivientes de esos álgidos días de guerra compartidos en Managua y Masaya, fue ubicado en un edificio de La Loma, viejo edificio de la dictadura de Somoza. La primera noche, Ricardo fue asignado como posta con otro miembro de su unidad, vigilando la entrada de una bodega de vinos y licores en el sótano. Esos vinos y licores fue agua bendita para la elite de oficiales somocistas que permanecían con el dictador en sus últimos días de gobierno, con el cual brindaban después de que èste daba declaraciones ante la Prensa internacional de que no se iría del país, a la vez que llamaba terroristas a las fuerzas insurrectas contra su gobierno. Aislado internacionalmente, con el país paralizado tras la huelga nacional, y derrotado militarmente por la insurrección armada en Julio de 1979, el dictador huyó y el gobierno fue ocupado por una junta de reconstrucción nacional formada de líderes civiles y por comandantes sandinistas.

   En la primera noche de Ricardo en La Loma se celebraba una tertulia de jefes, donde ese mismo licor dejado por los guardias somocistas ahora exaltaba la euforia por la victoria sobre la dictadura, a esos nuevos jefes militares sandinistas, cuyos discursos en las plazas prometían ríos de miel y leche para el pueblo de Nicaragua, como decía la letra de uno de los himnos de ese entonces. Desde abajo en la bodega de licores donde custodiaban los postas, se escuchaban las risas, los brindis, y de vez en cuando las pausas cuando alguien mencionaba el nombre de algún guerrillero caído en esa terrible guerra, cuyo saldo en miles de muertos aún no se calculaba. Entre anárquico y eufórico Ricardo le dijo a Mario, el posta con el cual cuidaba la bodega, de que tanto ellos como los jefes, tenían igual derecho a celebrar. Al instante, vertiendo licor en las cantimploras, allí estaban trago a trago los de abajo, contándose también las peripecias, las zancadas que habían logrado hacerle a la muerte en los combates, con la cual habían coqueteado hacía solamente unos días en Masaya, en las faldas del cerro El Coyotepe, en una misión de atacar una patrulla de guardias que por allí rondaba. Tal misión terminó con seis de los combatientes de los barrios de Managua perdidos, a los cuales se les había asignado la retaguardia. Perdidos y desorientados avanzaron sin saber por dónde se toparían con la guardia. Y en efecto, el encontronazo con los guardias se dió en un campo de beisbol, cerca de la fábrica La Inca; demás esta decir que quedaron vivos una vez más para contar el cuento. Desde ese cerro El Coyotepe, el reducto de guardias somocistas que aún permaneció allí, a pesar de que el dictador Somoza había huido, se despidió la noche anterior de que huyeran ellos también, lanzando al pueblo de Masaya una lluvia de morteros. Fue una larga noche, como todas las noches de la guerra insurreccional donde aquel infierno parecía no tener fin. Cuando el final llegó, al amanecer sonaron las campanas de las iglesias de Masaya anunciando el fin de la guerra, y por el terraplén del Coyotepe bajaron los prisioneros que habían permanecido en el fortín y habían logrado sobrevivir a sus torturadores. Mientras Ricardo contaba esto a Mario con el cual cuidaba la bodega, el viril rostro de sensuales labios, pronunciados pómulos y penetrante mirada de Mario, se metamorfoseó ante Ricardo por efectos del licor, en el rostro de Camilo, su responsable herido en los combates en Managua, el cual desde inicio de la insurrección le provocaba admiración por su coraje en los combates y a la vez suscitaba prohibida atracción, la cual debía disimular con las bromas y las palabrotas propias de la camaradería soldadesca, a lo cual nunca acabó de acostumbrarse. Despuès de derrotada la dictadura somocista, Camilo siguió siendo su responsable de unidad militar, pero la mente de èste cada vez se alejaba más de esos días de euforia por la victoria. Cuando formaba al pelotón por las mañanas para dar inicio a las actividades del día, en el rostro de Camilo se desdibujaba una sarcástica sonrisa; atrás habían quedado los días de aguerrido combatiente, así como atrás había quedado sepultada su compañera y madre de su hijo, la cual había sido impactada por un rocket que las avionetas Push and pull lanzaban en el sector de Las Amèricas.

  La tertulia y borrachera de los jefes de arriba había terminado, mientras abajo en la bodega de licores, Ricardo y Mario seguían hablando de los terribles días de la insurrección final. Ricardo tambèn le contó a Mario sobre Tita, la combatiente que le plantó un beso una noche en el puesto de mando en Monimbó, mientras dormía; al calor del licor èl ahora pensaba que hubiera deseado mejor el beso de Camilo, su jefe, el cual se pegaría un tiro en la sien unas semanas despuès de derrocada la dictadura somocista. Pero aquellos eran días de guerra en los cuales ese tipo de atracciones prohibidas no cabían, pensaba èl, más que en la poesía del rubio Walt Whitman, cuando escribía:

Nosotros, dos muchachos estrechamente unièndonos,
Uno al otro jamás abandonando,...
Armados e intrépidos, comiendo, bebiendo, durmiendo, amando,
Ninguna otra ley que la nuestra obedeciendo,..." *


Otto Aguilar
Berkeley - 24 de Nov. de 2018 

* Versos del poema "Nosotros, dos muchachos estrechamente unièndonos" de Walt Whitman.

Tuesday, September 25, 2018

Mundos de pupilas insomnes.


  

  Tras parpados cerrados, mis pupilas se mueven lentamente en el recinto oscuro de mi ser, escudriñan en las secuencias de escenas hilvanadas sin orden y lógica alguna, actos que aparentan ser mi pasado; allí muchas existencias pululan perdidas en los recovecos y corredores de mi memoria. A lo lejos, las voces y sonidos del mundo exterior llegan con sus rutinarios ecos sordos, dejándome una vaga sensación de pertenecer irremediablemente allá afuera de mí mismo, al mundo de los mortales.
   
  Mis dilatadas pupilas, obsesivas siguen escrutando mi interior y, de súbito se detienen y me veo a mí mismo atrapado en un atardecer rojizo que recorta en lontanaza una hilera de pinos, quizás Jalapa?, quizás los años 80's? quizás el combate y despuès la muerte sembrando entre esos pinos, antorchas de rojo quemado, quemando cadáveres, quemando montañas. Rojo quemado que quemó toda utopía y todavia hoy quema mis sueños; no!, no otra vez!; al girar mis pupilas como huyendo de terrorífica imagen, el movimiento arrastra intermitentes secuencias que se traslapan y la escena se deshilacha cual pintura de rápidos efectos de goteo multicolores de una pintura ebria de Jackson Pollok. De pronto mis pupilas se detienen, al reconocer un rostro que intermitente emerge de ese pictórico goteo rojo, anaranjado, amarillo y blanco sobre el lienzo negro y fatal de la noche. Me detengo y le contemplo compungido, sí, es èl!, aquel efebo seductor eternamente joven!. Su cabellera ensortijada con la cinta que sujetaba sus bucles a su nívea frente, muestra un lado chamuscado por el fuego; sus ojos bien abiertos al vacío, como incrèdulos contemplan el último momento...  un hilo de púrpura sangre brota de la comisura del dibujo fino y sensual de sus labios, que desdibujan una congelada mueca de indolencia; gesto de labios entreabiertos que todavía dejan escapar el último gemido...  gemido doloroso de una santa Teresa de Jesús de Bernini, levitando de amor apasionado y cruel, de amorcillo que clava su flecha...  último gesto de alma liberada, sedienta de eternidad, escapando de la carne que encarcela y tienta.
   
  El gemido se ahoga entre el murmullo de un río y unas lejanas voces; creo es el río Coco, arabesco plateado que raudo serpentea entre oliváceas y sarrosas riberas, como corren los ríos caudalosos entre las vaporosas selvas en las pinturas de Armando Morales. Recónditas selvas donde el turquesa-ocre estalla entre el olivo sarroso de una quietud hierática. Las intrincadas y pequeñas pinceladas se alternan al efecto del raspado de la cuchilla que hiere y penetra muchas capas de un tumultuoso pasado. Las voces, quizás aquellas voces de jóvenes soldados chapoteando con sus desnudos de bronce?, y las bromas!, las jocosas bromas que mencionan atributos sexuales, que van desde el más dotado sexualmente cual brioso garañón, hasta el que esconde tímido las "verguenzas" bajo las cristalinas aguas. Allí el machismo ingenuo y cruel alardea y coquetea, suscitando celos, envidias en unos, mientras en otros admiración y hasta escondidas y prohibidas atracciones. Pero la camaradería soldadesca del rubio Whitman, en la soledad de hombres sin mujeres, busca el desahogo en los más atrevidos, en esos donde el amor de Lorca repartió coronas de espinas. Y entre esos soldados del río Coco, recuerdo haber visto chapotear cual niño lúdico a más de algún Caravaggio de temple aguerrido y peligroso; fornido y de rudo entrecejo, al cinto la daga, misma que empuñara con la mano virtuosa con la cual su pincel de pintor degollaba, haciendo saltar del cuello de Holofornes, borbotones de púrpura sangre sobre los blancos platinados lechos de Judith; era la misma mano concupiscente que igual que procuraba placer prohibido, tambièn podía cortar viriles gargantas.
   
  La garganta se me hace un nudo y, ya las lejanas voces del juego de los soldados, ahora suenan a concierto de grillos con pausas de un suave murmullo que se lleva el somnoliento río Coco. Allí estoy de nuevo, atrapado en una fría noche de postas como tantas, noche de luna en centro, noches de oscura soledad donde divagaba y atenazaba el recuerdo nostálgico de mi niñez en la vieja Managua ya extinta. Rutinaria vida de provinciana ciudad que se vuelve tentadora cuando lejos en el tiempo y en el espacio se le añora!... cuando resonaban cual ecos añejos los ensordecedores claxons de buses, que del mercado Boer partían a los departamentos y, las magnetofónicas voces de las baratas anunciando el último producto infaltable en el hogar, así como el reciente fallecimiento de algún vecino el cual posiblemente había dejado a sus deudos más deudas de herencia que otra cosa. Tambièn allí estaba aquel tejado de la casa, en donde como empinados observatorios de niño travieso, escrutaba con mis hemanos el resto de tejados. Desde allí, acostados y embobados contemplábamos ese inmenso ocèano del cielo, donde animales míticos y algodonosos aparecían y desaparecían magicamente en el infinito azul de la nada. En ese mismo cielo, el revoloteo de palomas de castillas, que anidaban en los aleros de esos tejados, se elevaban más alto que las plegarias que como penitencia me imponía el padre Estanislao de la igesia de San Josè, ante mis confesadas concupiscencias, producto del complicado despertar lúdrico y alborotado de mis hormonas. A esas mismas palomas que anidaban en los aleros de nuestros tejados, me encantaba escucharles ese chismorreo mañanero del tucutú-tucutú que de niño pretendía yo imitar y entender como puro chismorreo entre ellas; chismes de secretos de alcobas que lograbran escuchar desde aquellos tejados.
   
  A esos tejados de barro color siena tostada lamidos del verde aletargado minuto, al igual que a las viejas y altas paredes de la casa, yo les envidiaba en mi ingenua niñez, esa virtud de ser testigos eternos ante el paso rutinario e inexorable de nuestros días, ante el nacimiento de la prole numerosa y ante las primeras muertes que la vieja casa de la abuela, como fantasmas, luego empezaba a albergar. Muertes trágicas, como la del del abuelo Humberto, asesinado por el pitcher de las grandes ligas del Boer, en la estación del tren de León a Managua.  El fantasma del abuelo, despuès seguiría habitando cual espectro noctámbulo por los corredores de la casa y, en medio de la noche la abuela susurraría a mis oídos: - escuchás los pasos?, son los pasos de tu abuelo!.
   
  Y con un miedo glacial en el estómago, provocado por los pasos que del fantasma del abuelo escuchaba la abuela, espantado salí corriendo para de allí saltar al árbol de Jocote y en un santiamèn, trepar al filo del muro que separaba la casa para caminar cual expertos funambulista. Y mientras camino equilibrando en lo alto del muro, èste se alarga y en otro santiamèn de nuevo caigo en la loma de Macaralí, Jalapa, donde ahora voy arrastrándome en el suelo en medio de las balas del combate con la contrarrevolución, que suenan secas al caer en la tierra, peligrosamente cerca de mí. Una de la balas impacta al soldado que tambièn se arrastra y al cual yo le sigo, provocándole un gran hueco en su pectoral izquierdo. Aterrorizado sintiendo que ya tenemos a los contrarrevolucionarios como fatales funambulistas saltando sobre nosotros, quito su camisa y trato infructuosamente de detener los borbotones de sangre que se escapan de la herida, lo cargo en mis hombros y empiezo a correr, el grita mordido por el dolor, pidièndome le deje mejor allí mismo porque ya no soportaba más, pero le grito que no!, que no se los dejaría ni muerto a los contras. Corrorriendo y cargando al herido sigo, como alma que lleva el diablo y, he allí que otro soldado viene en nuestro auxilio y me ayudan con el herido. El "grito"de Munch que escapa dolorosamente de las entrañas del soldado herido, se extiende en revolutas rojas y moradas en el cielo gris tormentoso de aquella terrible y fría mañana, ese grito que todavía como eco resuena en esas montañas de Macaralí y el viento lo arrastra a travès de los pino,  quizás hasta algún oído de campesino que en las laderas de dicha montaña corta leña en una mañana fría y gris como aquella y, al escuchar el grito sin perturbarse lo achaca a los monos, ignorando que en esa misma colina años atrás, aquellos soldados jóvenes y románticos que fuimos, nos habíamos trenzado en combates mortales contra otros soldados funambulistas que tambièn gritaban de dolor y rabia y morían como nosotros. 
   
  En ese corredor de mis recuerdos, mis pupilas siguen escudriñando, y a veces en la esquina al doblar un recoveco creen reconocer a alguien a quien creían muerto, afanosas le siguen, pero el espectro corre más de prisa por el corredor oscuro y en brinco de saltimbanqui se pierde en el momento en que mi cuerpo se sacude como al caer de lo alto y, mis párpados entonces se abren, en el instante en que mis pupilas insomnes creen reconocer cara a cara, el súbito regreso de mi bagabunda y sonámbula alma.

Otto Aguilar.
Berkeley, May 2013
Imagen: Serie Inquisiciones- Acrílico, collage/papel.

Sunday, September 2, 2018

Carta al poeta Breyten Breytenbach, autor de "Carta a un carnicero desde el extranjero"



dime ahora, carnicero
antes de que esto se convierta en una maldición
antes de que solo puedas suplicar por boca
de tumbas
ante los prisioneros renacidos de Africa...

Tambièn se te atraganta el corazón
cuando agarras los miembros exánimes
con las mismas manos que acariciarán los secretos
de tu mujer?..

(Carta a un carnicero desde el extranjero   - Breyten  Breytenbach)
     
  Estimado poeta Breyten:


  Abusando de la confianza le escribo despuès de leer su poema titulado "Carta a un carnicero desde el extranjero", dedicado al primer ministro de ese entonces en Sudáfrica. Al leer su poema de inmediato pensè que esa misma carta-poema, bien podría estar dirigida a otro carnicero, al Carnicero del Carmen en Nicaragua. Siendo usted además de poeta y pintor, un activista por los derechos humanos que sufrió siete años de cárcel por ello, me imagino que estará al corriente de la terrible situación de represión del règimen de Daniel Ortega en Nicaragua, presidente al cual llaman El carnicero de El Carmen. La represión al pueblo ha dejado desde hace cuatro meses de protestas cívicas, más de 450 personas asesinadas, miles de heridos, miles de exiliados, centenares de desaparecidos y centenares de presos que están siendo torturados.
En sus memorias cuenta que cada mañana estando en la cárcel, usted escuchaba cantar a los prisioneros que iban a ser ejecutados, dice que aún escucha esas canciones. Usted fue acusado de terrorista, cargo que los dèspotas usan para silenciar y hacer desaparecer a sus críticos y oponentes. Esa es la misma acusación bajo la cual se ha encarcelado, torturado y condenado a centenares de jóvenes universitarios que elevaraon sus voces contra la dictadura de Daniel Ortega y su mujer Rosario Murillo en Nicaragua.

  El règimen de Sudáfrica le censuró al escribir el poema al carnicero primer ministro Balthazar, y se le impuso a usted escribir una disculpa, lo cual tambièn ha sido táctica de los regimenes dictatoriales para humillar y doblegar a sus adversarios. Esa vez usted escribió obligado: “Quería pedir específicamente disculpas al primer ministro por un poema grosero e insultante dirigido a èl. No tenía justificación. Lo siento.” Aún así este poema no le libró de siete años de cárcel, condenado como terrorista. Esta misma táctica es la que han estado aplicando a reos políticos con esa acusación, bajo la dictadura orteguista en Nicaragua. Tambièn a los jóvenes asesinados en las protestas, se les ha tildado de terroristas o simples delincuentes. Muchos de ellos murieron porque se les negó atención mèdica en los hospitales, bajo órdenes del règimen.

  Quizás tambièn usted sabe de que el actual dictador Daniel Ortega fue un luchador en su juventud contra la pasada dictadura de Somoza?, por lo cual estuvo en la cárcel siete años igual que usted. Hoy ese ex-revolucionario es el Carnicero de El Carmen, igual que el carnicero de su poema al carnicero de Sudáfrica.

 Como podrá ver su historia de la Carta al carnicero de Sudáfrica, tiene muchas semejanzas con la historia del Carnicero de El Carmen de Nicaragua; algo que quizá no debería sorprender, ya que todos los dictaduras padecen de las mismas paranoias y aplican las mismas tácticas contra sus críticos.
Algo se me olvidaba! Cuando usted menciona en su poema al carnicero de Sudáfrica. Le dice:

“Tambièn se te atraganta el corazón
cuando agarras los miembros exánimes
con las mismas manos que acariciarán los secretos
de tu mujer?


   Debo decirle de que el Carnicero del Carmen de Nicaragua, con sus manos ensangrentadas no sólo ha acariciado “los secretos de su mujer” (la cual el nombró vice presidenta), sino que ha acariciado siendo líder revolucionario en los años 80's, “secretos púberes”. Uno de esos primeros secretos manoseados fue el de su hijastra cuando ella tenía 11 años, la hija de la actual vice presidenta, la mujer del dictador. Esa niña abusada ahora es una mujer en el exilio, abandonada cuando hizo la denuncia no sólo del apoyo de su propia madre, sino de muchos de los del partido Sandinista.

  Quizás esta carta no llegue a sus manos, por eso la he tirado como un mensaje en una botella al ocèano, quizá alguien la pesque en la “net” y se la lleve.
Con admiración a su arte, escritura y a su labor de denuncia ante la injusticia, me despido.

Otto Aguilar
P.D. : Quizá reciba esta carta algunos meses despuès de ya desaparecida la dictadura en Nicaragua, pero su carta poema siempre será una denuncia actual a cualquier “Carnicero” en cualquier lugar del planeta.

Imágenes : Breyton a la izquierda y una de sus obras.

Monday, July 30, 2018

Contra la dictadura reciclada.




“dime ahora, carnicero
antes de que esto se convierta en una maldición
antes de que solo puedas suplicar por boca
de tumbas
ante los prisioneros renacidos de Africa...

Tambièn se te atraganta el corazón
cuando agarras los miembros exánimes
con las mismas manos que acariciarán los secretos
de tu mujer?..


Carta a un carnicero desde el extranjero - Breyten Breytenbach.

   
  La protesta de los universitarios de la UNAN que había llegado hasta la UCA terminó con fuerte enfrentamiento, lanzando piedras a la guardia somocista frente al portón de dicha universidad.  Muchos estudiantes lograron huir, pero un grupo de ellos que se quedó rezagado cerca del bar El King fueron capturados y obligados a recoger las piedras.  Los guardias amenazantes con sus fusiles, se habían ubicado a cierta distancia en zig zag a travès de la calle. Mientras Ricardo recogía piedras se detuvo breve a visualizar una posible ruta de huída, en eso estaba cuando uno de los guardias que le vió le dejó ir dos riendazos con alambre para electricidad que crucificó su espalda encorvada; èl se irguió con piedra en mano, lo cual empeoró su situación con otros riendazos que le doblegaron.  Después de un rato de recoger piedras Ricardo fue montado junto con 5 estudiantes más a un becat de la guardia, quizá con rumbo a la Loma de Tiscapa, hoy cárcel El Chipote. Al doblar por el semáforo donde quedaba Sears, actualmente Metrocentro, un guardia de los que les llevaban se comunicó por radio para recibir la orden. Fue en ese momento cuando Ricardo pensó cual sería su destino final, junto con el resto de los estudiantes: terminar ejecutados a la orilla del lago de Managua, cerca del teatro Rubèn Darío. Para su sorpresa, como un milagro queriendo revertir su ateismo, fue liberado junto al resto de estudiantes.  Aquel milagro no le devolvió su fe católica, pero sí lo radicalizó más en la lucha contra la dictadura somocista.  
   
  Más de cuarenta años despuès de aquella protesta, a través de la pantalla de la computadora, atónito contempla repetirse aquel hecho frente a la Universidad Centroamericana, donde estudiantes de las universidades se enfrentaban a pedradas contra los antimotines de otra dictadura reciclada, la dictadura Ortega-murillo. Ricardo reconoce esa misma calle donde recibió aquellos riendazos, donde ahora ve a jóvenes corriendo y cargando a un herido al cual al preguntarle su nombre,  les contestó - Alvaro... Alvaro Conrado. Lo ponen en el suelo para auxiliarlo mientras el adolescente dice - No puedo respirar, me duele. 
   
  Alvaro Conrado, estudiante de secundaria de 15 años, al cual por órdenes del régimen se le negó atención mèdica, fue impactado en la garganta por un francotirador cuando llevaba agua a los estudiantes universitarios que protestaban pacíficamente contra la dictadura orteguista. Alvaro es una de las primeras víctimas mortales de los  más de 450 asesinados en más de tres meses, por la salvaje represión del règimen del Carnicero de El Carmen, en Nicaragua. 

  El carnicero sin inmutarse quizá contemple la misma escena sangrienta tras el computador.  Alvaro Conrado, igual que el resto de jóvenes asesinados bajo sus órdenes, figuran ahora como terroristas o miembros de bandas delincuenciales; tal argumento calma cualquier indicio de arrepentimiento en el dictador.  

  Los "carniceros" como el carnicero de El Carmen no se inmutan por las masacres que ordenan, sólo cuando a ellos les llega su turno y, aterrorizados contemplan su final.

 Otto Aguilar
7/30/2018

Foto de Alvaro Conrado cuando es auxiliado.