Thursday, February 10, 2011

Éxodos e inquisiciones.



"Y saber que estoy aquí de paso, y que debo alegrarme de que así sea, 
que este sitio que es mi tierra, que este paisaje que es mi mundo, 
el único mundo que reconozco como mío, sea precisamente el lugar 
donde no pueda vivir y donde solo pueda venir de visita y como extranjero..." 
                                                                                     Reinaldo Arenas

  -Sólo cuentos sos vos!, le espetaba escupièndole las palabras en el rostro, un incrèdulo contertulio a su compañero de mesa. Los dos eran personajes de esas pinturas de la post guerra del pintor alemán Otto Dix, que trasnochaban en aquel arrabal perdido entre oscuras calles, atestado de mustios inmigrantes, ajadas  prostitutas, desdentados y enajenados drogadictos, ebrios y caricaturescos travestidos que resucitaban en su senectud a la Greta Garbo, a la Rita Hayworth, entre otras luminarias de un glamoruso pasado. 

   Aquello era un pandemónium de esperpentos, garabatos del infortunio, fetos de abortadas revoluciones, funambulistas saltando de frontera en frontera, insomnes de pesadillas latinoamericanas, rusas, cubanas, nicaragüenses, africanas y europeas en la decadencia del siglo XX; víctimas de los dos sistemas económicos antagónicos: capitalismo y socialismos, en sus mejores tiempos cuando cada uno de ellos, y en sus respectivos países, defendía a capa y espada sus ideas políticas enfrentándose a muerte, y ahora se contaban sus cuitas, cada uno autocensurando o inventándole nuevos detalles al cuento, de acuerdo al interlocutor de turno.


   A esos arrabales, como tumores ribeteando la ciudad, acudían todos aquellos solitarios espectros uniformados por la miseria, a buscar refugio allí donde ya no había ninguna esperanza más que la de encontrar a alguien con el cual solazarse y revolcarse en una noche de embriaguez, rumiando penas que metamorfoseaban en crueles chistes, de explosivas y vulgares carcajadas. 


   Todas las tardes, cual sonámbulo, Ricardo arrastraba sus pasos a ese sórdido refugio despuès de escapar del tedioso trabajo diario, olvidándose de las pinturas de su serie de
Éxodos que, inconclusas, languidecían colgadas de las paredes de su estudio. 

   En la crisis económica estadounidense, que recordaba la gran depresión de los años treinta, el arte era un lujo menos asequible de lo que reciéntemente había sido, y ese lujo ya no se lo podían dar aquellos que habían venido adquiriendo sus pinturas desde hacía quince años cuando èl había emigrado de Nicaragua. En realidad todavía èl no podía quejarse de su suerte. Acostumbrado a vivir solo, y sólo con lo básico, la agudización de la crisis no le llevaba a fatales decisiones. A cambio de borrarse del mapa, se perdía en èl, sumergièndose en sus oscuras zonas, allí donde pululaban aquellos seres convocados por el infortunio. Algunos de ellos le traían recuerdos de aquella Sebastiana nicaragüense, de aquel pavo real coqueto, que caminaba por las calles de Managua, todo emperifollado en su papel de mártir gozoso de su metamorfosis. De todos ellos, Ricardo aprendería a sobrellevar con estoicismo los malos tiempos y sus limitaciones, aprendería a ahuyentar el dolor con la carcajada, a convertir la rabia en ironía, a travestirse de cinismo ante los novatos y creyentes de nuevos mesianismos, que la historia repetía una y otra vez, como trampa para incautos y aprendices. Quizás en la soledad de su estudio, entre fotos de familia lamidas por el tiempo, mudas y perplejas, que le seguían con la vista desde la pared de su estudio donde colgaban, quizás solo entre cartas releídas, manoseadas y olfateadas, como queriendo encontrar el olor que pincha dolorosamente el recuerdo, quizás sólo entre vetustos libros con dedicatorias de sus autores habitantes ya de un más allá inalcanzable, era cuando Ricardo volvía a ser vulnerable, cuando trataba de convocar el recuerdo como bálsamo ante el indiferente olvido. 


   Ricardo repetía una y otra vez, que obligado a emigrar ilegalmente de Nicaragua sólo se había despedido de su hermano y amigos enterrados en el cementerio Perifèrico de Managua. Atrás dejaba una revolución muerta y enterrada, como enterrados estaban su hermano y sus amigos reservistas inmolados por los caciques de penacho rojinegro, en los batallones de la guerra de los años 80's.  Dejaba al pueblo pequeño convertido en infierno grande, donde la elite de los revolucionarios Sandinistas en el poder, eran como aquellos muñecos de paja que el general Sandino había dejado en el cerro del Chipote, para engañar.


  Sí!, sólo eso era lo que había quedado despuès de que se terminaran todas aquellas guerras. Sólo monigotes habían quedado de los viejos guerrilleros. Los monigotes menos afortunados, ahora por medio de soplos divinos, hambrientos pululaban en polvorientas calles, arremolinándose en rotondas con salmos y oraciones alrededor de imágenes de vírgenes que amanecían milagrosamente bañadas en sangre. Y de los guerrilleros afortunados que habían tomado el poder, sólo quedaba un fuerte consorcio de nuevos ricos aliados con los viejos ricos. 

   Al unísono, como un coro desafinado, el cuento de cada emigrante en aquella taberna siempre era el mismo, aunque matizado con diferentes detalles, producto del etílico elixir que anegaba las neuronas. 


   Entre los asiduos a aquella taberna, hediondo mingitorio, había una vieja bailarina rusa que había huido de la revolución bolchevique y que en París había envejecido esperando el regreso del zarismo a la Rusia de Lenin. Abandonada a su suerte, ella había de nuevo emigrado hasta donde ahora se encontraba. Ella era Celina, quien de vez en cuando había posado para Ricardo, intentando con dificultad retomar aquellas poses clásicas de bailarina que la hacían remontar a sus mejores tiempos. Aquellos tiempos cuando su elástico y estilizado cuerpo encorsetado vibraba siguiendo el ritmo de las notas del ballet El Lago de los Cisnes. Celina había emigrado a París muy jovencita, con los ballets rusos de Diaguiliev. Muchas veces había estado  en medio de las trifulcas que se armaban por los celos entre èste y su amante preferido, el  primer bailarín Nijinsky.  En muchas ocasiones ella había abogado por Nijinsky ante Diaguiliev, cuando èste le había cerrado todas las puertas a su carrera de bailarín, en cruel venganza por haberlo abandonado por una bailarina. Años despuès acabaría loco el desdichado Nijinsky, uno de los más destacados bailarines del ballet imperial ruso. 


   Esta historia se la había contado Celina a Ricardo, con quebrada voz y con ojos turbios de un azul grisáceo, mientras posaba para èl.  Escuchándola, Ricardo recordaba a ese genial y loco escritor llamado Gogol, cuyo triste final se asemejaba al de Nijinski. La tragedia hermanaba a Nijinsky con el escritor Gogol, para quienes el precio de la genialidad había sido la locura. El atormentado bailarín se habría de refugiar en las faldas de su esposa Romola, tratando de olvidar aquellas pasiones prohibidas y atormentadas que había sentido por el impetuoso empresario de las artes rusas, Serguèi Diaguiliev; mientras tanto Gogol, autor de "Las almas muertas", aquejado de muchos males y de sentimientos pecaminosos, manipulado por un fraile fanático, en sus últimos días se refugiaba  en la religión. Dominado  por el mismo fraile se sometió a múltiples y torturantes penitencias, como aplicarle sanguijuelas a su concupiscente y esquelètico cuerpo al que no había dado quizás la caricia con que el placer del pecado nefando le atormentaba. Gogol moriría arrepintièndose y renegando de la obra por èl escrita, obra que habría de influenciar al mismo Dostoievsky, quien afirmaría que todos los escritores rusos despuès de Gogol, habían surgido de su cuento El Capote.


   Quizás todos los que allí pululaban en aquel mingitorio de inmigrantes trasnochados, habían en realidad escapado de los cuentos de Gogol, pues sólo cuentos eran todos, y en puro cuento de almas muertas como la de Gogol se habían convertido. Puro cuento de esperpentos eran, garabatos garabateando su variopinto pasado, escapándose como sobrevivientes de capitulos inconclusos del cuento de sus vidas.


Otto Aguilar. 
Berkeley - 2/10/2011 
Imagen: Éxodos e inquisiciones. - Pintura acrílica y collage sobre papel - Berkeley 2007