Sunday, June 7, 2015

Crónicas desde un pozo de tirador.

    

   "La lucha del hombre contra el poder
es la lucha de la memoria contra el olvido,"
                            Milan Kundera


   Con trazos de tiza blanca, la luna bosqueja inquieta sobre tinta nocturnal, cuerpos semidesnudos, que trenzados unos con otros en el camión IFA van. Insomne, la luna siguiendo el recorrido de aquel camión militar, esboza ojos abiertos a unos, mientras a otros se los cierra; fugaz semblanza de fiero dolor apaciguado, disfumina en algunos de aquellos pálidos rostros. De donde venían y para donde iban, lo sabían sólo los escoltas de aquel camión nocturno que veloz iba en la carretera entre montañas, a esas horas de peligrosas emboscadas. De trecho en trecho, en aquel raudo recorrrido, la luna borraba aquel esbozo abstracto de tiza blanca en la carga del IFA; lo deshacía y rehacía como insegura de haber logrado el estílo expresionista acertado, para aquella su obra maestra al filo de la media noche. Al amanecer, antes de ocultarse la luna acaba su obra, la cual el sol varnizó con dorada laca. Eran 18 cadáveres de soldados, todos jóvenes, algunos con rostros desfigurados y exangües, unos con ojos abiertos de miradas vacías, otros con ojos cerrados. Uno de ellos todavía llevaba sujetando sus mechones negros alrededor de su frente, con un pañuelo rojo y negro; en su pecho se veía una cruel herida que probablemente acabó con su su agonía. Venían de Quilalí e iban para Managua, dijeron los escoltas de aquel camión IFA, con acre olor a muerte, que iba perdièndose cual garabato desdibujado por la luna en una carretera somnolienta.

  Este era uno de tantos sueños que al amanecer se esfumaban, dejando trazos abstractos de tiza blanca en el pizarrón negro de las noches imsomnes de Ricardo. Aquella mañana, èl se despertó muy temprano como de costumbre, tratando de escribir en su diario el sueño de esa madrugada. Como un cirujano con su escalpelo, penetró en muchas capas de dolorosos recuerdos y, se vió como en un holograma en aquel pozo de tirador en la insurreción final de la guerra contra Somoza en Masaya. Al recordar esto, se preguntó si habría sido a esa misma hora, 3 am, la misma hora en que había sucedido aquello que ahora fluía tan claro como si fuese ayer, en su memoria.  Eso que ahora Ricardo  recordaba sucedió en una madrugada lluviosa del mes de Julio de 1979, cuando su jefe Moisès lo encontró dormido en su pozo de  tirador, siendo èl parte de los postas que resguardaban Masaya de las posibles incursiones de los guardias somocistas, que todavía quedaban resistiendo alojados en el fortín del Coyotepe; allí, rendido de cansancio como en espera del tiro de gracia del enemigo, lo encontró su responsabble, aletargado sobre el fusil. El aletargado posta, cargaba un viejo fusil garand que probablemente en otro tiempo había usado algún guardia somocista, que quizás ya había muerto en aquella larga cadena de muertes entre esos guardias defendiendo al dicatador Somoza y entre los combatientes como èl, luchando para derrotar a la dictadura. ¿Pero quièn desearía dormirse en aquel pozo de tirador, a esas peligrosas horas de la noche, como el se había dormido?, con la guardia acechando como lobos,  que bajando del fortín del Coyotepe buscaban ingresar por aquel sector ubicado cerca de los rieles del trèn donde èl cumplía vigilancia nocturna. Allí lo encontró su responsable Moisès, en su pozo tirador como en una lodosa y helada tumba que la lluvia toda la noche había preparado como su previsible última morada. Su jefe lo despertó sacudièndolo y, reprendièndolo duramente le gritó - jueputa!, podrías estar muerto ya!, como jodido te has dormido!. Despuès de breve silencio, recobrándose de su aletargada agonía, Ricardo dijo al iracundo jefe - ideay! si no he dormido varias noches seguidas...   luchè para no dormirme!. Pero, para un jefe militar en aquellos días de guerra, no había explicación alguna para aquella debilidad de sucumbir al sueño. Su jefe sacó una botella de whisky Old parr, le dió a beber un trago, el trago absorbido como una esponja calentó al instante el frío cuerpo de Ricardo; luego le ayudó a ponerse en cuclillas, pero sus piernas no respondían, las veía pero no las sentía, su jefe  le ayudó a flexioanarlas hasta que logró ponerse en pie. Ricardo se sentía humillado, avergonzado en su estima de combatiente. Lo que su jefe nunca sabría, es de aquel magnetismo malèfico que èl ejercía en Ricardo; su jefe ni siquiera podría imaginar que su viril rostro y su cuerpo enfundado en el uniforme verde olivo poseían una tentadora y prohibida atracción, que en aquellos difíciles momentos de la guerra sólo servían para atormentar más, para torturar más a Ricardo, recordándole que en lo más íntimo de su ser habitaba ese otro yo incomprensible para èl mismo, ese su otro yo que èl escondía de las posibles burlas y acoso del resto de combatientes; su otro yo que no quería la guerra, ese su yo que temblaba de miedo, de  horror, de angustia y dolor al recordar a los compañeros de combate que en todo el incio de aquella cruel guerra del junio lluvioso, habían muerto combatiendo. Moises, su jefe, nunca sabría que con su fiero rostro de intransigible jefe miltar, seducía virilmente y a la vez torturaba al muchacho timido y aterrorizado que aquel soldado llevaba escondido muy dentro de sí.

  Todos estos recuerdos de la guerra, al filo de la madrugada, se agolpaban en su memoria, unos tras otros cual antiguo palimsesto, como un caprichoso juego de su desmemoria; aquello era un collage de retazos de su vida ya lejana en el tiempo, que reviviendo cada noche se dibujaban y desdibujaban una y otra vez, como garabatos de crónicas y ficcciones desconectadas unas de otras. Algunas veces estos sueños desaparecían inmediatamente al despertar, dejándole sólo vagas sensaciones, rostros y rastros de desasosiego, de melancolía. Eran espectros del recuerdo, que desaparecían durante el día para volver a emboscarle de nuevo por la noche, sorprendièndole inesperadamente igual tambièn que los recuerdos de aquellas emboscadas de la contrarrevolución de los años 1980's; emboscadas de las que milagrosamente había sobrevivido. Haber sobrevivido a esos combates, a diferencia de los otros soldados menos afortunados, a los cuales muchas veces le tocó recoger sus cadáveres, le dejaba en esos días de guerra, con sentimientos de culpabilidad y de incertidumbre de no saber cuando, donde y cómo la bala enemiga lo alcanzaría tambièn a èl.

  Aquel día, Ricardo quiso saber que había pasado con su jefe Moisès; ¿en realidad había sucedido todo aquello? o ¿era solamente su memoria fallando una y otra vez, mezclando todo como un rompecabezas con muchas piezas perdidas o inventadas? o ¿eran sólo sueños con trozos de dolorosas vivencias que deseaba olvidar?. ¿Que habrá pasado con Moisès, despuès de todos estos años?, se preguntaba. Despuès de la derrota de la dictadura nunca le volvió a ver, en cambio, tenía más claro el recuerdo de aquel su otro jefe de escuadra de combate en la insurreción en Managua, Camilo, al cual había cargado junto con otro combatiente en una camilla improvisada durante el inicio del repliegue táctico de Managua a Masaya.  Camilo había  sido herido en un combate en el sector del Dorado en Managua, siendo parte de la unidad especial. Despuès del triunfo sandinista, una noche estando en la cobacha del centro militar Oscar Turcios, en que se preparaba como oficial del nuevo ejèrcito sandinista, Camilo le había puesto bromeando su revolver calibre 38 en la frente; Ricardo sintío el beso frío de la muerte en su cabeza. A la mañana siguiente, mientras la tropa hacía los ejercicios matutinos, escuchó aquel tiro con el cual Camilo se había quitado la vida. Antes del repliegue a Masaya, Camilo le había contado como su mujer había muerto alcanzada por un rocket lanzado por las avionetas push and pull del ejèrcito de Somoza y, a partir de eso se refugió en un mutismo, que luego se fuè convirtiendo en una risa nerviosa. Una noche en esos días de la insurreción, estando en el sector de Bello Horizonte en Managua, Camilo ingirió ron mientras estaba en el puesto de mando, lo cual le ocasionaría problemas con su responsable. Pero aquel intrèpido Camilo era un soldado con trayectoria de combate, muy necesario en aquellos álgidos momentos de la guerra. Al recuperarse de aquel amargo momento, Camilo regresó a combatir. En unos de los operativos de esa unidad especial de combate, fuè herido. Luego en el repliegue a Masaya, mientras era llevado en camilla, fuè alcanzado por los charneles de los rokets, con los que la aviación bombardeó a la columna de soldados.
    
  Leyendo unos viejos artículos de prensa en la internet, sobre Moisès, Ricardo se dió cuenta que aquel apuesto y duro jefe, el cual le había reprendido fuertemente y a la vez le había revivido con un trago de Oldpar en su pozo de tirador en Masaya, había dado un giro de 360 grados en su vida. Despuès de la pèrdida del gobierno sandinista en las elecciones de 1990, Moisès se había retirado como muchos viejos militantes funcionarios del gobierno, a trabajar en su finca y se había hecho cristiano; su marxismo y su pasada vida militar contra la dictadura, no fuè suficiente para salvarlo de su nuevo fanatismo religioso; o ¿quizás era el mismo fanatismo que subyacía en el anterior?.  Ricardo pensaba que entre Moisès y Camilo, prefería a èste último, al cual recordaba siempre jóven y aguerrido, quien a pesar de sus heridas físicas y sicólogicas, continuó combatiendo hasta que no pudo contra el mismo. Al menos Camilo, pensaba Ricardo, como un noble samurai, prefirió la muerte por su propia mano acosado y perseguido por los espectros de la guerra, habiendo optado por refugiarse en el mutismo de la muerte. En cambio Moisès se había refugiado en la fè de un cristianismo anacrónico, que según èl,  le había salvado milagrosamente de no morir en la guerra y, a la vez le había recompensado con una vida más cómoda propia de las elites, a la cual posiblemente èl ya pertenecía, antes de meterse a la guerra contra la dictadura.  
  Para Ricardo, aquellos retazos de recuerdos, que le emboscaban en sus insomnes noches, traían esa punzante e incómoda conclusión sobre el azaroso destino que cada combatiente siguió despuès del triunfo de la guerra de 1979 contra la dictadura de Somoza: en el caso de Moisès, las favorables circunstancias, la  cercanía a la elite del poder y la cercanía a la vejez misma, traicionaron los principios que le motivaron en su juventud, a luchar por un mundo más justo; esa lucha por el mundo justo que a Camilo, al cual Ricardo cargó herido en camilla durante aquel repliegue de Managua a Masaya, le había costado tanto la vida de su mujer igual que la suya, en aquel lejano pasado, pasado que todavía monta emboscadas en los sueños de Ricardo, como si aún estuviese dormido en su pozo de tirador.

OttoAguilar. (Berkeley. 6 de marzo de 2016)
Foto de William Gentile.