Friday, January 5, 2018

Pata biónica y el papalote.




  


  Eran los primeros meses del año 1983, nuestro batallón de reserva 50-10 había sido movilizado desde Diciembre de 1982 a las montañas de Quilali y Wiwili . El batallón estaba conformado por estudiantes de secundaria, universitarios, empleados estatales y trabajadores, antes de que se creara la ley del servicio militar obligatorio; èramos un grupo heterogéneo de combatientes que enfrentarían a los contrarrevolucionarios en las montañas del norte de Nicaragua. Algunos reservistas con experiencia de combate aún rumiaban secuelas sicológicas y físicas de la guerra final contra la dictadura de Somoza, mientras para otros aquella aventura sería bautismo de guerra, coqueteo con la muerte de la que quizás no se saldría vivo. A todos los soldados les embargaba ese espíritu de defender la recién estrenada utopía revolucionaria, la cual devoraría a muchos de ellos.

  En aquellos días, cuando aun no habíamos entrado en combate, el pelotón de exploradores acampábamos en la pista de aterrizaje de Wana, cerca del río Coco, lugar que probablemente había sido testigo de viejos combates, desde tiempos del enfrentamiento de Sandino contra la invasión de los marines. Previo a los días álgidos del combate, habíamos compartido entre los soldados, retazos de nuestras vidas: què quièn nos esperaba de regreso en Managua, què ibamos a hacer al regresar, adónde iríamos a celebrar, què noticias había de la familia o la novia, en la carta recién recibida junto con paquete de pinolillo, rosquillas, etc, etc.., mientras las canciones de Mercedes Sosa, Silvio Rodriguez, las de los Mejía Godoy y demás cantantes participantes en el Festival internacional de la nueva canción, que se realizaba en Managua, sonaba en un radio pequeño, regalo enviado a uno de los reservistas por sus familiares desde California.

  Al otro lado del murmurante río Coco, por las noches empezaron a verse unas lucecitas que despertaban inquietud. Las noches, como cuentas de rosario hilvanadas a pelos del sol, torturaban con sombras de matorrales mecidos por el viento, y con el frío mordiendo hasta los tuétanos la convicción entre el deber y el temor. Arriba la luna flotando en el oscuro cielo era cual talismán al que a veces imaginábamos siendo contemplado a la vez por algún ser querido en las quietas noches de Managua.
Al preludio calmo de la guerra, a ese relativo período de intimar, de conocerse, de acompañarse en la soledad de la posta, de compartir las cartas que llegaban desde Managua, siguió la inevitable secuencia de sangrientos combates donde uno a uno o en grupos los reservistas iban cayendo; a uno de ellos, quizá le llamaban Pata biónica. A diferencia del resto de reservistas con los que iba asignado en aquella misión, a èl no tuve tiempo de conocerle; le ví por primera vez cuando fue agregado a mi escuadra, la cual era parte del pelotón cuya misión era montar emboscada a las "Tareas de fuerza" de la contrarrevolución que ingresaban de Honduras a Nicaragua, a travès del sector fronterizo de Las Pampas.

  A media noche habíamos partido de la UPE* La Unión, después de que recibiéramos la misión de parte de un capitán de montar la emboscada a unos cuantos kms. de dicha UPE; grave error de parte de este jefe el cual era parte de los mandos oficiales que habían llegado de Managua a reforzar nuestras tropas, ante el incremento de los combates de los alzados.
Despuès de un par de horas en que avanzamos en completa oscuridad tocándonos las espaldas unos a otros para no extraviarnos, fuimos emboscados por los contras mientras avanzábamos en la parte baja entre montañas, lo cual les daba ventaja al dispararnos desde lo alto. Es probable de que ellos fueron informados por campesinos que estaban en la UPE. Entre fogonazos enceguecedores y explosiones ensordecedoras aquello era un pandemónium, un infierno en donde no veíamos de donde llegaba la bala que nos liquidaba. Uno de los oficiales jefe de escuadra que me precedía, entrando en pánico disparaba sin control como muchos, lo cual es posible haya impactado a algunos de nuestra misma tropa. Cuando la contra se retiró empezamos a rescatar a los heridos y muertos y, al cargar junto con otro soldado a Nolasco, mis manos sintieron el calor de los borbotones de la sangre que emanaba de sus vísceras junto con sus excrementos.

  Fue al amanecer, cuando preparábamos a los cadáveres que el papalote* llegaría a recoger, cuando le vi tendido en el suelo; lo habían encontrado todavía con el lanza granada Rpg7 que portaba. Cuando amarrábamos su cadáver a un caballo, pude ver que tenía una prótesis de pierna. Luego supe que había estado en la guerrilla, quizás era permanente del ejèrcito; pero como era posible me preguntaba yo, que alguien con prótesis fuera asignado en aquella riesgosa misión?. Nunca supe su nombre, era chele y joven como mi hermano Daniel, también muerto en aquella guerra fraticida cuyos detalles se desvanecen cada vez más con el tiempo. Igual que mi hermano había sido sancionado una vez, quizás el soldado de la prótesis iba sancionado tambièn en aquel nuestro batallón de reservistas voluntarios?. Es posible que en aquellos tiempos habían ya unidades militares de oficiales sancionados?, a pesar de haber sido combatientes que enfrentaron a la guardia somocistas en cruentos combates. No había tiempo ni recursos para en lugar de sanciones atender a estos combatientes históricos aquejados de traumas de guerra?. O quizá el había pedido ser asignado como voluntario, a las tropas que en aquellos tiempos nos enfrentábamos a muerte contra la contrarrevolución, en las montañas?.

  Años despuès supe que el oficial del ejèrcito que nos había enviado a aquella suicida misión se había suicidado. Una cosa son las convicciones, los principios que conlleva a una lucha de justicia social y otra cosa son las heridas físicas y sicológicas que esa lucha deja en los sobrevivientes. El oficial había sobrevivido a la lucha contra la dictadura de Somoza, pero adentro cargaba con el pandemónium de voces, de gritos, de explosiones, de muertes y quizás el perenne deseo de venganza, un infierno que se repetía como un disco rayado en su cerebro, un infierno del cual al final no sobrevivió. Estaba ese oficial y muchos como èl en condiciones de dirigir operaciones como las que ordenó aquella noche?.

  Esas eran las situaciones en que luchábamos en aquellos terribles días, muchas veces bajo órdenes de jefes y líderes cuyas mentes inestables habían sufrido las consecuencias de una cruenta guerra.

Otto Aguilar – 1/5/2018

Foto arriba: Batallón 50-10 Foto de abajo: Tumbas de jóvenes caídos en San Josè de las Mulas en 1983. - Cementerio Perifèrico, Managua - Nicaragua.

1- Papalote = helicóptero
2- UPE - Unidad de producción estatal.