Thursday, October 31, 2013

Cuentas negras de un rosario.


  Embozada en su chal negro, la noche se había desgajado sobre la colina. De su pecho, un prendedor de luna-plata se quitó, dejándolo entre las ramas de un árbol de jenízaro entre cuyas raíces me encontraba agazapado. De esa profunda oscurana reaparecieron como la noche anterior, tres lucecitas al otro lado del río, por donde comenzaba la trocha, avanzando hasta perderse entre el caserío .

  La latidera de perros hería el silencio de la noche. Tuti, que posteaba a unos pocos metros de mí, se acercó para susurrarme :
- está chiva esa chochada… y sabès que decía mi abuela?
- que decía tu abuela Tuti?
- puès que los perros ven al diablo en la noche
- no digás pendejadas Tuti, quienes vamos a ver al diablo cuando amanezca seremos nosotros. - Mejor abrí bien los ojos… mirá, ya las luces desaparecieron!.

  En ese momento vinieron a mi memoria las palabras de don Chinto resonando como golpes estentóreos dados dentro de una lata vacía:

- Puej vea amigo, yo le voa contar... ve aquella fila de genízaros, allá por el camino Real, al otro lado del río?...- allá om!, a orillas de caserío, puèj allí mesmito los vi aparecer!, cuando yo ensillaba el caballo para ir a buscar unas pastillas de cuajo a Quilalí... y tantito los víde, que me me les hago como que no, pos me libre diosito de esos desgraciaos!, vella puej amigó!. Eran como treinta rejodidos!...- puej ya le digo, allí mesmito pasaron los chilotes* y a la mañana siguiente estalló la purísima!.*

  Una sensación helada me recorrió el espinazo. Chilotes y purísimas se me atragantaron al recordar denuevo a esas horas de la noche, las palabras de don Chinto.

  Eran las horas de la vigilancia nocturna, y entonces igual que todas las noches, ese cielo oscuro, nos tragaba e incitaba a lanzar divagaciones nocturnas, cual fugaces constelaciones, hasta perderlas en el infinito oscuro de la nada. Esas divagaciones eran torturantes nostalgias, por el ser querido que habíamos dejado allá en la lejana ciudad, al cual imaginábamos posiblemente, tambièn contemplando desde la ventana de su dormitorio, a las mismas estrellas y a la misma luna que nosostros contemplábamos en las montañas de Quilalí.

  El frío nos calaba desde los huesos hasta la misma conciencia. Observo el reloj, cuando faltan cinco minutos para las dos de la madrugada. Hora en que, en el diámetro de mi pupila, comenzaban a danzar los fantasmas del aquelarre de las postas, hora en que toda silueta parece cobrar vida. Tras unas matas de plátano, veo sombras movièndose, pienso para calmarme, que es el viento meciendo las hojas. Y es entonces cuando el alma me queda suspendida de un hilo, y el traqueteo en mi mandíbula aumentado por el frio, unido al temblor en mi estómago, eran las señas de aquella terrible lucha entre el deber y el temor.

- Shiiiii, shiiii.... Sobresaltado, busco apuntando con el fusil el origen de aquel silbido. De un desparpajo de las ramas de un matorral, un pájaro sale volando y le maldigo, por causarme tremendo susto a esas horas!.
Me entran deseos de orinar y me aproximo a un árbol, saco mi pene y me desahogo, por poquito y me orino en los pantalones!. Termino de orinar, un breve espasmódico movimiento del cuerpo me pone la piel de gallina. Con un sorbo de helado cafè que me quedaba en el pocillo, remojo mi garganta tragando el torazón que me provocaba aquella angustiosa posta.

  Así transcurrían las noches, como cuentas negras de un rosario hilvanadas a los pelos rubios del sol. De ese bendito sol, bendito por las mañanas cuando calentaba nuestros cuerpos de piel verde olivo. Bendito sol que lúdrico curioseaba en el río Coco, a jóvenes soldados de ensortijadas cabelleras y tupidas barbas; de fornidos biceps y fuertes muslos, producto del trajinar en aquellas agrestes montañas segovianas.

  A Tuti, uno de los soldados más jóvenes de la tropa, por ese su carácter de niño juguetón, le sucedían las cosas más inverosímiles como aquella, cuando despuès de lanzarle un beso a una mucha del pueblo de Quilalí, en el preciso instante en que en el camión descapotado que lo transportaba, pasaba debajo de un alambre tendido de extremo a extremo de la calle, el cual dió con el pobre Tuti al suelo, perdiendo uno de sus dientes. Esa fuè la causa de la ventanita que quedó en su dentadura, al lanzar ese beso caro que había regalado a la muchacha de Quilalí.

  Un mes de abril en que nuestro batallón descansaba en la hacienda "La mía", propiedad confiscada a Somoza, Tuti y yo fuimos al pueblo de Jalapa, el cual quedaba no muy largo de donde acampábamos. Al recorrer la calle principal del pueblo, con sus casa de tejas de barro color zapote, que asomaban tímidas tras el camuflage de árboles de mango, matas de plátanos y otras frutas tropicales que inundaban con su aroma en aquel tórrido sol norteño, sentíamos regresar a la civilización; esto debido a que llevábamos cuatro meses internados en las montañas, muriendo y resucitando en cada zangoloteo diario en que reventaba la purisima*.

 Al pasar frente al bar Sandra, los dos decidimos entrar atraidos por la música que escapaba de la estridente roconola. Allí con nuestras raidas, sucias y verdes epidermis, instalados en un par de taburetes, observábamos con cierta envidia el baile sobaqueado de los parroqueanos. Tuti entusiasmado por la música, quiso invitar a bailar a una muchacha, pero una de las meseras le advirtió que desistiera de su intento, por aquello de que andaba con el uniforme militar y podrían pensar que estaba ingiriendo licor. Entoces avergonzado y frustrado se sentó de nuevo dicièndome:
- que vida mas jueputa èsta!, mientras unos nos vergueamos en el monte, otros se la pasan de lo lindo aquí.
- Ni modo Tut!i - ya habrá tiempo para eso despuès- le dije, dándole unas palmadas en la espalda. Y le propuse:
-Oye!, que te parece si nos compramos escondidos una botella de rón plata?
- Ajá- me contesta- y pensás que estos majes nos la van a dejar zampar?
- Bueno, probemos!... con probar no perdemos nada... mirá allá- le dije señalándole el servicio de varones, sugierièndole tal tentador lugar, para tomar clandestinamente la rón plata.

  Y en breve instante estábamos allí con una ron plata en la bolsa del pantalón. El primer trago nos calló como agua bendita!. Y así estuvimos entre la mesa y el servicio de varones y la música que brotaba de la roconola metièndose y salièndosenos hasta por los poros, música que nos ponía a levitar con viejos recuerdos de nuestra despreocupada añorada y lejana vida capitalina.

  Sin percatarnos, ya la noche de nuevo se había desgajado toda embosada en su chal negro, andando por todo el pueblo. De regreso a nuestra base, una escasa luz de linterna nos va alumbrando el camino; mientras bromeabamos aligerando el paso, no supimos en que momento habían surgido de un recoveco del camino, dos hombres que interceptan nuestra marcha, uno de ellos toma bruscamente por el cuello de la camisa a Tuti; estaban más ebrios que nosostros, por lo cual sin dejar de apuntarles con el fusil sin el seguro, tratè al inicio de disuadirlos, pero al no obtener repuesta de su parte, como instinto de conservación y no tanto por heroismo, les apuntè decidido. La borrachera se les fue al carajo y entonces desistieron, les dejamos ir , viendo como trastabillaban al caminar, mientras la oscurana de la noche se los tragaba. Tambièn nosotros nos fuimos espantados al carajo.

Amaneció con el bendito sol sabijondeándonos como de costumbre, y cumpliendo su rutinario destino, había soltado su larga cabellera dorada al viento, cual andrógino coqueto, envolvièndolo todo con sus pelos rubios.

-Vamos arriba todos!, arriba compas, a formación!. De nuevo suena la orden del día, sórdida en nuestros oídos. La misión de partir es dada, el itinerario a seguir: El Mapa, Palo Alto, la Pita, filo de la Yegua, filo de la Loma, etc, etc., lugares harto conocidos por nuestras gastadas botas. Sólo oirlos mencionar nos provocaba sequedad en la boca, aguijoneando la punzante incertidumbre de salir otra vez vivo de aquellos infiernos segovianos, para contar el cuento. La columna de soldados a lo lejos se fue perdiendo entre los pinos, avanzando alerta y esperando en pausas a veces prolongadas, que el vaqueano y el pelotón de exploración despejaran el camino de posibles emboscadas; todavía aturdido por los acontecimientos de la noche anterior, yo imaginaba lo peor que nos pudo haber pasado a Tuti y a mí, y me sentí culpable por haber arriesgado esa salida nocturna con Tuti. Así seguimos caminando todo el día, hasta que nos cayó la tarde seguida inmediatamente por la noche con su chal negro, obligándonos a acampar en alguna montaña, hasta llegar al punto acordado donde montaríamos la emboscada.

  Al día siguiente, en las primeras horas del amanecer, aquel inconfundible disparo del fúsil galil accionado por los contras, daba inicio al aquelarre del mortal combate frontal. Reaccionar controlando los nervios, y la ubicación del enemigo como blanco de la bala certera, en aquellos primeros segundos de vida o muerte, era primordial!; algunos por la experiencia en múltiples combates, lograban tal control, pero aún así el temor a caer en combate siempre iba clavado en la mente de todos por igual. Otros que eran presa del terror, quedaban inmovilizados en ese instante, pegados a la tierrra o deseando enterrarse en sus pozos de tirador.
Unn vèrtigo fugaz y mortal nos envolvía a todos, en un desfalleciente tornado de balas y morteros. Las balas trazaban su mortal itinerario, en búsqueda de las víctimas como ofrendas del día al dios de la guerra. En algunas ocasiones sentí convertirme en una pieza más, del frío fúsil soviètico que cargaba; quizás fuè esa incomprensible reacción, como muchas de las que se suscitan en esos terribles momentos, lo que salvó mi pellejo, como aquella en el Filo de la loma, cuando cargando la ametralladora que Daniel había usado en la toma misma de dicha loma, la accionè descargando toda la cinta que me quedaba, cuando parapetado tras unos pinos trataba de detener el avance de la contra que de nuevo trataba de tomarse aquella loma. Una granada explosiva que detonó cerca de mi, me inmovilizó por breves instantes, hiriendo con un charnel mi hombro derecho, en ese preciso instante un contra que ubicó mi posisión me gritó - hijo de puta de esta no saldrás!- y de nuevo el instinto de conservación se disparó en mi mente, como se dispararon todas las balas que todavía me quedaban en el magazine del fusil que tenía terciado en mi espalda.
Si Polvasal, uno de los soldados más avezados de la compañía, no hubiera regreasado a rescatarme de la inevitable retirada de la loma, ese hubiera sido mi último día, como lo fueron para el resto de soldados que no tuvieron mejor suerte que la mía.

Previo a dicho combate, en la toma de ese Filo de la loma en Macaralí, "Juventud", como le decíamos a Daniel, había caido abatido de un balazo en la frente cuando subía dicha loma. El era el amatralladorista, a quien días antes de su muerte, cuando nos preparábamos para el asalto del Filo de la loma, yo le había pedido me enseñara el manejo de su ametralladora. Entre las piezas que iba mostrándome, me enseñó la carta que su novia le había mandado de Managua, junto con un pañuelo con rosas rojas impresas y la dedicatoria: Te amo!

Despuès del combate, el fuego provocado por las balas incendiarias ofrecían un espectaculo infernal. Los pinos eran antorchas de fuego plantadas en la montaña. Era tan desolador contemplar aquello!. Cuando recuperábamos los cadáveres de nuestros compañeros, de entre las cenizas del sacate quemado, yo escondía mis lágrimas tragándomelas y mis dientes se apretaban tanto como queriendo quebralos.

Luego que la contra fuè desalojada de allí, despuès de que le cayeran los cohetes de las baterías rusas "catiuskas", logramos subir de nuevo a la loma para rescatar los cadáveres de Gabriel, de Mauricio, de cascarita, entre otros. Todavía sus ojos estaban abiertos, como inquiriendo al cielo gris. Sus heridas con la piel morada y el cuerpo ya inflamado. El cadáver de "cascarita" estaba irreconocible, pues al quedar herido en la loma, los contras le prendieron fuego, ellos mismos nos lo gritaban esa noche, por la radio desde la loma, junto con improperios como: - piricuacos de mierdaaa! vengan a busca a su compa que se está quemando vivo!- Entonces en un penoso silencio, recogimos sus pesados y rígidos cadáveres, les amarrámos sobre las mulas, y les llevámos hasta a una cima donde luego serían recogidos por los papalotes*, para ser llevados a Managua.

  A la mañana siguiente se me asigna con mi mi pelotón montar una emboscada, en un sitio fronterizo con Honduras, donde agazapados entre las tumbas de un viejo cementerio esperaríamos a los azules*, lugar que usaban como corredor de entrada, para internarse al territorio. La espera se hacía desesperadamente larga. En esos tensos momentos contemplaba, desde mi parapeto tras una vieja tumba, la salvaje belleza de las montañas segovianas, saturada de una sinfonía de verdes, donde un tenue aroma de pino se mezclaba con efluvios de muerte. Aspirè hondamente, conmovièndose hasta la última FIBRA de mis ser. Entonces pensè en aquellos tensos momentos, que aquellos bucólicos parajes segovianos, que aquellas brumosas montañas ensarradas, flotaban entre algodones asèpticos que cubrían tanta sangre derramada. Pensaba que esos bellos rincones de mi país, habían sido creados no para aquellos terribles escenarios de muerte; sentía en lo más recóndito de mí, que aquella subyugadora belleza de mi tierra, me ofrecía un adagio de despedida, y que sin importar como acabasen mis huesos, esos parajes los recibirían, como ya lo habían hecho con tantos más. Esa sensación, dejaba levitando mi alma en una nostálgica y bucólica despedida- claro! - me decía a mi mismo - ese sentimiento era por la cercanía de la muerte- pues hasta sobre tumbas estábamos esperando al enemigo. Pero la contra nunca apareció en el lugar supuesto, hasta, que al caer la tarde unas detonaciones de fusiles y morterazos, nos indicaban que los azulitos* probablemente informados de nuestro plan, habían evadido la emboscada, penetrando por otro sector para enfrentarse con el resto de nuestra tropa que aguardaba en nuetra retaguardia. Inmediatamente recordè a Tuti, su juvenil rostro con las mejillas rosadas por el frio, apareció sonriente, mostrando el hueco de su dentadura, por donde lanzó aquel beso a la muchacha de Quilalí; tambièn recordè la parranda que nos habíamos puesto, y despuès el tremendo susto que nos habíamos llevado con aquellos dos contras.

Antes de llegar a ese cementerio, me despedí de èl en su champa improvisada por un capote. Hacía tres días que èl tenía diarrea de sangre, y por esto era parte de los soldados que se habían quedado en el puesto de mando.

-Bueno Tuti - le dije- yo no sè... pero presiento que la cosa está cada vez mas difícil... los latidos de mi corazón me ponían en verguenza ante èl... y me despedí rapidamente antes que mi emoción desbordara por mis ojos. Le entreguè el poco dinero que yo guardaba y partí.

Esa fue la última vez que nos vimos... siempre mi laboratorio memoril ha insistido en querer borrar estos tristes recuerdos y pensar que la vida seguirá indetenible su indolente curso... pues esto sucedió hace muchos años... a veces pienso si en realidad esto no fuè producto de mis delirios insomnes, sin embargo su inocente rostro sigue latente como si lo ví ayer...

De Tuti guardo una página sucia de su improvisado diario, con el dibujo de una mujer desnuda que èl me pidió yo le hiciera y al lado del dibujo con su letra escrito está:- Soy un vulgar por la soledad que se vive en este momento-... y que joden estos sayules sólo porque no me he bañado.
Y al reverso de esa página escrito está con mi letra:
"Tuti murió el seis de mayo de 1983, cuando la contra que estábamos supuestos a emboscar en el sector fronterizo de Las Pampas, había ingresado por otro lugar asestando ese golpe inesperado al puesto de mando, donde entre varios convalescientes se encontraba èl. All morir el acababa de cumplir 16 años.
Hurgando en mi amnèsica memoria, ahora recuerdo lo que me contaron sus compañeros de combate en ese sorpresivo y fatal ataque al puesto de mando en Makaralí ... cuando encontraron el cadáver de Tutí, parte de su ensortijada cabellera y piernas estaban chamuscadas, en el costado izquierdo de su pecho mostraba una cruel herida, que posiblemente acabó con su agonía y su mirada quieta, fija, inquisitiva al cielo quedó.

Tuti así partió hacia Managua y yo seguí en aquellos infiernos segovianos, con mis benditos rubios soles, y con mis postas nocturnas de aquelarres y fantasmas. Noches como cuentas negras de un rosario, hilvanadas a los pelos rubios del sol.

* azules = la contra
*chilotes = así llamados a los contras en sus inicios
*purísima = el combate
*papalotes= helicópteros

(Relato de Otto Aguilar - Dibujo: soldado del Batallón Ramón Raudales hecho en 1986)