Friday, January 27, 2012

El laberinto de las almas.

"...las tinieblas son lienzos donde viven, 
saltando de mis ojos a millares, seres 
desaparecidos de miradas familiares..." 
Baudelaire
  
  Hay momentos en que de súbito te sacude el misterio de la existencia, invadièndote un èxtasis de ficción palpable, así como palpas la piel que te contiene y apresa. Son fugaces instantes, como habitando sueños, sueños que rebasan más allá de quien les sueñan... sueños donde asombrado, infructuosamente le pides a unos de sus sonámbulos habitantes, te pellizque como prueba táctil e irrefutable de que no habitas en tu sueño, o en sus sueños. En ese sueño hay rostros conocidos, que aguardan en vigilia tu regreso cada noche, despuès de que escapas de lo que crees es tu tu vida, cual trastabillante marioneta paraplèjica.

  Persistente el gusano del tiempo hace mucho que ha horadado en ese laberinto de recovecos, donde en tu niñez asustado del mundo te escondías. De esos antiguos corredores de casas de abuelos, hoy sólo quedan aposentos mohosos y desolados, con secretos murmurantes y sollozos callados. En las descascaradas paredes de esos abandonados aposentos tambièn contemplas nostálgico los garabatos y dibujos de minimalistas casas, árboles y soles de tu titubeante e incipiente inicio de niño artista, que la abuela promovía con halagos y mimos.

  En ese tu vetusto laberinto, un intermitente chisporroteo de luces de bengala estallan en la noche oscura del recuerdo, anunciando tu regreso; inicias a recorrer el laberinto, donde extrañado vas reconociendo los rostros de quienes llegan a tu reencuentro: - Rostros de seres desaparecidos de miradas familiares-, te murmura al oído una alucinada voz, con acento francès de escritor maldito.   Pero a vos como siempre!, por un oído te entraba y por otro te salía, así como ahora, a tu oído le llegaban aun ecos quejumbrosos de tu despedida de más allá; mientras aquí por el otro oído, te salía ese eco metamorfoseado en grito de niño recien parido.

  Perplejo te preguntas si es a tí a quien le dan ese recibimiento, o si eres tú el mismo que pulula en el laberinto de otro, que quizá todavía habita el mundo de trastabillantes marionetas de carne y hueso. Inquiriendo a esos seres desaparecidos de miradas familiares, las perennes preguntas sin respuestas, suscitan en tí sólo silencios... sólo evanescencias... sólo efluvios de lejanos mundos extinguièndose con el crepúsculo.

  Avanzas a tientas en el oscuro laberinto, tropezando a veces con bultos que al inclinarte y palparlos, un escalofrío recorre tu piel, cuando constatas que son pieles abandonadas por almas que se desnudaron ahí mismo amparadas en la oscuridad de ese corredor.

  La súbita silueta de un monje encapuchado y cabizbajo, sosteniendo un libro entre sus manos, ha detenido tus sonámbulos pasos; te emocionas creyendo que es aquel poeta, que ataviado de cartujo se recobra de alguna crisis de su dipsomanía en la isla de Mallorca.  Cauteloso te le acercas y compruebas que no es èl.  Al levantar su cabeza, las dos flamígeras pupilas de su compungido rostro reconocieron en breve instante a travès de las tuyas, destellos de rutinarios y soleados días del mundo del cual venías.  Intuyendo tus inquisiciones, el monje se dirije a vos dicièndote:

- Fueron ocho años encarcelado en las oscuras celdas del castillo de San Angelo!... ocho años recordando como era el mundo allá afuera... cada día y noche extrañando los rayos del sol... días confundièndose en una noche eterna, donde el recuerdo de mi vida pasada era el único aliciente ...  fuè en ese encierro bajo torturas y soledad... abandonado de todos...  fue allí mismo cuando conocí la fortaleza de mi espíritu más que cuando estaba libre y fustigaba toda la sarta de mentiras que aún hoy muchos siguen ingenuamente creyendo... esas mentiras con las que la religión que yo profesaba antes de ser hereje, fue creada, mercadeada y bendecida por los sumos pontífices y sus cardenales... por los siglos de los siglos-. 

  El monje hablaba pausadamente, como recobrando aire, despuès de haber sido sometido a torturantes interrogatorios.  Y añadió - heme aquí, ahora hablándote de cosas ocurridas hace más de 400 años, como si el tiempo no hubiese transcurrido!;  despuès el monje se quitó su capucha, mostrándote su rostro, era el mismo rostro del "nolano", el del filósofo visionario que al escuchar su condena a morir en la hoguera,  respondió a los del santo oficio: - Temblais más vosotros, al proferir esta sentencia, que yo al recibirla!. (1)

  Mientras atento le escuchabas, su figura tornasol como iluminada por las llamas de una hoguera, se iba desvaneciendo a lo lejos del oscuro corredor y, sin querer perderle le seguiste.  Frustrado por haber perdido de vista al "al monje herètico", seguiste avanzando con la esperanza de encontrarle de nuevo, tenías tantas preguntas para èl sobre esos otros mundos, de los cuales el tanto había proclamado en sus arengas y cátedras en distinguidas universidades europeas antes de caer en desgracia.

  En uno de los recovecos del corredor, una puerta se abrió, curioso te detienes al ver salir de ella a un hombre de barba, de fruncido ceño, vistiendo levita, y avanzas a su encuentro.  Su penetrante mirada, delatan a quien ha visto de todo; sin dejar tiempo a ningún protocolo, alzando el brazo derecho como un experto agitador de insurrecciones callejeras, grita:

- Ni dios ni amo! (2) - al instante lo identificaste por su lema como una contraseña que les permitiese identificarse a ustedes dos, en las barricadas callejeras de la insurreción de la Comuna de París.  - Giordano, el "nolano", - dice, dirigièndote a vos-  con quien te acabas de encontrar, siempre tuvo la razón, siempre pensè como èl sostenía y, por lo cual sus mismos hermanos dominicos lo quemaron vivo, que hay infinitos mundos,  poblados por infinistos seres, iguales o diferentes a nosotros.  Siempre sostuve esto en "La eternidad a travès de los astros".  Igual que èl, tambièn yo fui encarcelado por conspirar contra la monarquía y su eterno aliado en el poder... la iglesia católica!; al mencionar esto, su rostro se tornó más furibundo!, - dicièndote: - esto apesta!. 
 
  De inmediato percibiste el olor nauseabundo a excrementos, que se escapaba de unas estancias con decoración y tapices renacentistas. El rojo púrpura de una cama con sábanas revueltas, indicaban que alguien acababa de levantarse, el cual desde el retrete, mientras dejaba escapar sonoras y fètidas flatulencias, gritaba: - quien anda ahi?.  Te detuviste en el umbral de la puerta, tapando tu nariz de aquel olor acre a excremento, que ni el incienso más fino que había puesto el asistente del sumo pontífice, podía aplacar. Una voz amanerada y chillona de falsete, te invitaba a pasar y esperar en la estancia pontificial,.  Desde el retrete, el pontífice te decía:

- Disculpame hijo, pero los bocatto de cardinale de la cena, no me han caído bien,.. y agregó: - Hijo mío, pero has de saber que lo que dice Jean Genet de mí, es falso. Según palabras que han llegado a mis oídos sordos, el maliciosamente dice: "que sentado tranquilamente sobre este mi orinal, es como me han fecundado los más altos pensamientos, los que luego dejaron un rastro de sangre y de fuego, de hielo y catástrofe en la Cristiandad!, - Crèeme, hijo mío, cuando mis tejidos se aflojan suavemente, implacable pero suavemente, cuando mis vísceras se abren, siento como una angèlica dulzura desciende sobre mí". 

  Apresurado te alejaste con náuseas, a causa de aquel fètido olor pegado a tus fosas nasales; mientras  desdibujándose intermitentemente, cual personaje rembranesco, hierático emerge del tramado de intensa tinta negra de la noche, el rostro de aquel divino cartujo de foto muy siglo XIX, en su retiro espiritual de Mallorca. Te le acercas cauteloso y tímido, despuès de saludarle, le preguntas, si sus miedos a la oscuridad aún le atormentaban. Con mirada torva te observa, pero no se extraña de tu atuendo futurista; despuès de una pausa haciendo caso omiso a tu impertinencia, empieza lentamente a alejarse y, sin dirigirte la palabra pasando a tu lado como si no existieses, se va recitando con voz aguardientosa:

" Silencio de la noche, doloroso silencio
nocturno... Por què el alma tiembla de tal manera?
Oigo el zumbido de mi sangre;
dentro de mi cráneo pasa una suave tormenta.
Insomnio! No podrè dormir, y, sin embargo,
soñar. Ser la auto-pieza
de disección espiritual, el auto-Hamlet!
Diluir mi tristeza
en vino de noche
en el maravilloso cristal de las tinieblas...
Y me digo: a que hora vendrá el alba?
Se ha cerrado una puerta...
ha pasado un transeúnte
Ha dado el reloj trece horas... Si será ella!... (3)
 
  Y su voz, igual que su cartuja imagen se fuè desvaneciendo, hasta perderse en la trama de tinta negra de la eterna noche de tu corredor. A lo lejos logras escuchar que una puerta se cierra, despuès reinó el silencio que te empujó a seguir avanzando, sin saber de donde venías ni adonde ibas.
De pronto te detienes sobresaltado por unos gritos, te acercas más al punto donde crees se originaron; los gritos retumbaron en tus oídos cual rocambolesco eco, aquellas fatales palabras:

-Todo lo que es, ya ha sido infinitas veces y se repetirá otras infinitas veces más!.-
 La voz se escuchaba cada vez más cerca, vos seguiste escudriñando en medio de aquel oscuro corredor... y de nuevo escuchaste:  -Todo pasa, todo vuelve; la rueda del ser eternamente gira. Todo muere, todo vuelve a florecer: el año del ser fluye, por la eternidad... A cada instante comienza el ser: alrededor de cada aquí, el círculo gira allí. El centro está en todas partes. El sendero de la eternidad es turtuoso- . (4)
 
  Unos escasos destellos de luz escapados a travès de barrotes de ventanas, llamaron tu atención; en esa penumbra contemplaste a dos siluetas recortadas temblorosamente por la luz de un candil. Las dos siluetas como almas en pena o poseídas de arrebatos místicos, divagaban catatonicamente, repitiendo hasta el cansancio tèsis filosóficas.  Despuès de escucharle, la otra silueta acompañante, le espetó a su interlocutor:

  Yo no. Yo sè que todo es inefable rito 
en el que oficia un coro de arcángeles en vuelo,
y que la eternidad vive en sagrado celo,
en el que engendra el hombre y pare lo infinito...

Yo soy el mercader de una divina feria

en que el infinito es círculo sin centro
y el número la forma de lo que es materia. (5)
 
  Y repetía, con gestos colèricos como espantando con las manos demonios, que revoloteaban alrededor de su algodonosa testa:

- Yo no. Yo sè que todo es inefable rito... inefable rito... inefable rito... 

  Haciendo una brusca pausa, se apartó de la otra  silueta interlocutora y avanzó haciendo sonar unas cadenas que arrastraba con sus pasos, hasta perderse en el fondo de la oscura celda; y le escuchaste decir:

- Tiempo, donde estamos tú y yo, yo que vivo en tí y tú que no existes? (5)
 
  Al reconocer a aquellos seres trágicos en su eterno repetirse, sus palabras se clavaron en tu mente y, al compás de ellas continuaste tu incierto destino. En tu largo recorido por el oscuro corredor, no experimentabas cansancio, pero sí la sensación que aquel corredor no tenía fin; pasabas por ventanas o puertas semi alumbradas por candiles y a lo lejos divisabas más siluetas juntas o separadas, algunas se percataban de tí y se quedaban contemplándote indiferentes.

  En tu itinerario, a travès de aquel corredor, efluvios de tu pasado y tu presente fluían juntos como  Deja vu. Tu futuro coqueteaba con tu pasado pretendiendo ser tu presente, un presente de siluetas temblorosamente recortadas en la penumbra del laberinto, por un agonizante candil.

Otto Aguilar
Berkeley - Enero, 2012

Notas:
1- Giordano bruno
2- Auguste Blanqui
3- Ruben Darío
4-  Federico Nietzsche 

5-  Alfonso Cortès

 Imagen: San Francisco