Friday, April 24, 2020

Tercer día de cuarentena.


  Los desastres naturales, las guerras y pandemias donde todos estamos como en fila en espera de nuestro turno, en espera de correr la misma suerte miles de víctimas, cambian nuestras rutinas, nuestra creencias, nuestra forma de ver el mundo. Familiares de las victimas de esos desastres naturales, pandemias o guerras lloran y algunos logran enterrar a sus muertos, mientras las elites cuentan las ganancias que les genera esos tiempos de crisis.

  A mis 14 años el terremoto de Managua en 1972 marcó mis años de adolescente, a partir de ese desastre que cobró más de 10,000 personas incluyendo a mi abuela, entendí que nada es seguro, sólo la muerte. La seguridad para mí en ese entonces era la casona de la abuela en la Managua vieja, casa donde yo había nacido, casa de altas paredes coronada de tejas de barro donde anidaban palomas castillas, casa de largos corredores de ladrillos rojos, de varios cuartos y con un amplio jardín con diferentes tipos de plantas en el centro y un patio trasero con árboles de guayaba, mamón y plátanos. Aquella casona del barrio Boer la cual era mi refugio desde niño, del hóstil y difícil mundo que empezaba a vivenciar en las escuelas, de pronto en segundos en la oscuridad de la noche se convirtió en escombros que enterraron a la abuela, a la querida abuela que una vez me llevó de la mano a matricularme a la vieja escuela de arte en cursos para niños los Sábados, la abuela la cual me había enseñado a creer en un Dios al cual rezaba (a pesar de ser un ateo nato), al acompañarla cuando iba a misa los Jueves y los Domingos a la iglesia de San Josè; San Josè era el santo, me decía, que te protege de muertes súbitas o inesperadas; cuando murió yo me preguntaba y dónde está San Josè, abuela? Por què te abandonó a pesar de tantos rezos?

A partir de allí, de un día para otro, mi segura vida dio un giro de 360 grados; mi mundo de la noche a la mañana pasó a ser otro: ir a parar a campamentos con carpas de refugiados de la Cruz roja, haciendo filas para obtener alguna ración de granos: frijoles, arroz. Mis padres al verse sin casa, dispusieron repartirnos a la prole de seis hijos, entre diferentes casas de familias en otras ciudades. En esas ciudades había que enfrentar incluso las bromas de otros en las escuelas, los cuales nos llamaban terremoteados. Y la abuela ya no estaba allí a mi lado defendièndome de crueles bromas, ya no estaba conmigo para decirme Dios te escuchará, rezale, ya no tendría su pellizco en mis costillas cuando me iba quedando dormido al lado suyo en alguna banca de la iglesia de San Josè; no, ya la abuela no estaría más a mi lado, a partir de mis 14 años, porque ella, una de las miles de víctimas había sido sepultada en el cementerio general de Managua al día siguiente del gran terremoto que en 1972 destruyó la Managua vieja.Despues del terremoto de Managua, el dictador Somoza sacó provecho de terrenos baldios y de la ayuda humanitaria.

Unos años despuès de ese desastre natural, los miles de muertos que dejó la guerra contra la dictadura somocista en 1979 y los miles que murieron despuès en la guerra de los años 80's incluyendo entre ellos a mi hermano Daniel a sus 24 años, me reafirmaba una vez más que todo es incierto, excepto la muerte; pero a la vez me reafirmaba que mientras estemos vivos aún hay posibilidades de ver lo mejor del ser humano en medio de tanta vulnerabilidad.

Las elites del sandinismo junto con los viejos ricos, sacaron provecho despuès de la guerra de los 80's; la actual dictadura sandinista hechó raíces, abonada con la sangre de esos miles de jóvenes que murieron de ambas grupos confrontados. Pero en medio de los desastres y las guerras surge esa cualidad de la solidaridad, de empatía, y somos más humanos que en la rutina diaria solemos mostrar. En medio de los desatres de la guerra los soldados compartían el pocillo de cafè y un plato de frijoles en balas que allá en algún remoto caserío perdido entre la brumosas montañas de Jalapa, ofrecía una familia campesina en medio de su pobreza, a los jóvenes de aquellas guerras fraticidas, donde voluntarios o no fueron a morir a esas brumosas montañas.

Las crisis tambièn nos saca a flor de piel la compasión, la empatía que en la vida diaria solemos ocultar.

Otto Aguilar - 3/19/2020
Foto de campamento de pordioseros en la salida del freeway de Berkeley a San Francisco, donde se puede leeer en una un cartel que dice - "Adónde nos vamos?" y en la otra irónicamente se ve un anuncio comercial que dice - "Arregle su crèdito, Telf..."
Berkeley – 3/19/2020

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