Thursday, May 2, 2019

Aún brotan cruces insurrectas.


  Cuando llegaron a Ocotal, ciudad del norte de Nicaragua, bajaron los cadáveres y los pusieron en el suelo de una bodega, quitaron los raídos verdes uniformes llenos de sangre coagulada, con mangueras les lavaron y volvieron a poner uniformes limpios. Luego volvieron a subir al camión IFA los rígidos cadáveres, colocados uno a lado del otro. El penoso recorrido siguió, y al amanecer llegaron a Managua. Se entregaron las notas de defunción a sus familiares, Ricardo no tuvo valor para llevar a la madre de Blas la nota del deceso de su hijo, en el fondo èl se sentía culpable, no sólo de haber sido èl mismo quien llevara aquel aviso de movilización hacía cuatro meses, ese aviso que le robó a su hijo, sino que tambièn se sentía culpable por estar vivo mientras sus compañeros de lucha, incluyendo a Blas el cual era su vecino, yacían ahora muertos.

   En Managua, aquel fue uno de los primeros entierros de doce reservistas del batallón caídos en los primeros meses de 1983. El entierro fue multitudinario en el sector de los barrios orientales.

   Aquellos jóvenes con sus melenas piojosas, con sus botas gastadas, con sus uniformes como epidermis raída cubriendo sus fornidos o flacos cuerpos, aún recorren y suben colinas, y aún se bañan desnudos en medio de bromas, jugarretas y palabrotas en los recovecos de la memoria de Ricardo. En sus cavilaciones tales recuerdos le sumen en la rabia, en la impotencia; esos jóvenes con los cuales juntos habían combatido a los alzados en el norte del país, murieron defendiendo el cambio de un sistema que había terminado igual o peor de corrupto al sistema anterior.

   En su visita al cementerio Periférico de Managua, donde yacen los despojos de aquellos jóvenes inmolados en la guerra de los años 80's, Ricardo también lee epitafios de otros luchadores caídos contra la dictadura Somocista, tales como el de la tumba de Domitila Lugo, y nota que en el cementerio han brotado nuevas cruces, muchas cruces, son las tumbas de jóvenes recientemente asesinados, más de tres décadas después de aquellos jóvenes de su batallón y, tambièn de aquellos que cayeron luchando contra la anterior dictadura, con la diferencia de que estos jóvenes no se enfrentaron con armas ante sus asesinos, sino en protestas en las calles y en tomas de universidades.    Los que ordenaron reprimirlos, asesinarlos o torturarlos y encarcelarlos, fueron algunos de los líderes de esa pasada revolución, hoy corruptos y entronizados en el poder; líderes, los cuales en el pasado hace más de tres décadas, fueron los mismos que enviaron a aquellos jóvenes a la muerte, enfrentando a la contrarrevolución en las brumosas montañas del norte de Nicaragua.

   Más de tres dècadas despuès, aún siguen brotando cruces insurrectas en los cementerios de Nicaragua.

Otto Aguilar
Berkeley – 2 de Feb. de 2019.
Dibujo: tinta, lápiz/papel - Managua 1986

Queridos seres de papel.



"Porque el hombre no es más que una máquina de recordar y de olvidar que camina hacia la muerte."   
Julio Ramón Ribeyro
 


  Amanece y tus párpados como cortinas de un viejo teatro se han abierto perezosamente.  Rayos de sol filtrándose a través de celosías, pintan franjas doradas sobre viejas y altas paredes de tu aposento.  En las paredes cuelgan dos queridos seres de papel, tu abuela y tu hermano muertos en diferentes épocas hace muchos años.  Los dos han muerto a causa de males endémicos de tu país, Nicaragua: la abuela,  igual que otras miles de personas, muerta a causa de un terremoto, y tu hermano, muerto también como otros miles de jóvenes, a causa de las dictaduras y guerras que cíclicamente han asolado a tu país. De vez en cuando las miradas perdidas de esos queridos seres, tropiezan con tu mirada inquisitiva,  cuántas preguntas sin contestar habían!, en esos amaneceres donde probablemente por las noches ellos te visitaron en sueños, dejándote agridulce sensación del cariño que te suscitaban; sentimientos que permanecen guardados en algún recoveco de tus más preciadas memorias.  En esos archivos subyacen sus sonrisas y los momentos compartidos, junto tambièn a tu llanto cuando les contemplabas por última vez, ya serios, rígidos y fríos, con sus párpados cerrados como cortinas corridas después del acto final de sus vidas.  Acumuladas ya dècadas desde sus partidas, ahora les miras ya sin aquel dolor por la ausencia de los primeros años.  Después de tantos años colgados en la pared de tu cuarto, ellos son para vos dos seres habitando sólo en tus memorias archivadas.  Esos seres colgados en la pared, te hacen recordar que igual que ellos, al final vos te convertirás también en otro ser de papel, colgado en alguna pared.

   
  Los recuerdos que de esos seres guardas son como piezas dispersas de un rompecabeza, donde al querer armarlos te das cuenta de que hacen falta muchas piezas.  Si los recuerdos de los familiares ya desaparecidos se van desvaneciendo en tu memoria, que puede esperarse de los recuerdos sobre los viejos amores?, o peor aún sobre aquellas personas con las que circunstancialmente te tocó actuar y sucumbieron en esas guerras cíclicas y devastadoras de la historia de tu país?. Lo mismo suele pasarnos con los lugares, más aún cuando èstos ya han sido remodelados o ya no existen por haber sido destruidos en desastres como terremotos o guerras. Quedan perennes en la memoria aquellas viejas casas que acumularon historias, momentos de felicidad de niños, de chillidos, carcajadas de la prole numerosa correteando en los largos corredores de casas de abuelos, o jugando al "ser escondido" en los patios bajo la sombra de altos árboles de mamón, guayabo, y otros.  Aquellas viejas casas también guardaban dramas, tragedias, velorios, llantos, quejidos, murmullos, recriminaciones, rezos, letanías de abuelas.  Esas viejas casas de altas paredes de taquezal, encopetadas con tejas de barro en cuyos aleros el gorjeo de palomas despertaba al nuevo día, junto a cláxons de buses anunciando la salida a los pueblos, seguido del pregonar cantarino de una marchanta ofreciendo desde el zaguán de la casa su pesada canasta llena de vegetales y frutas, que sostenía con asombroso equilibrio sobre erguida cabeza de cabello negro y lacio, recogido en un moño y adornado con un ramito de olorosas flores de jazmín. - A ver amor, doñitaaá me va a querer? - gritaba con habilidad de soprano criolla la marchanta - aquí llevo aguacate, piña, zapote,... que vas a querer amor?. También se escuchaban en aquellas mañanas, las estridentes voces magnetofónicas de la barata rodando desde temprano por las calles, anunciando cualquier producto de incipiente consumo de aquellos años de 1970's, en el barrio Boer de la vieja Managua; barrio borrado de un plumazo en unos pocos minutos junto a tu abuela y otras más de diez mil personas, mientras dormían en esa fatídica noche de finales del año de 1972.

   
  Cuando estás de visita en Nicaragua donde lo único permanente son los temblores, los terremotos, las dictaduras y las guerras, como afirma el escritor Fernando Vallejo, sueles acudir a los cementerios donde yacen los restos de tus dos sres queridos. En el cementerio general del viejo centro de Managua yace tu abuela, cuya tumba ya no logras localizar, han enterrado a tanta gente desde los lejanos días de su entierro!, que es ardua e infructuosa tarea encontrar su tumba.  Luego frustrado de no encontrar su tumba, te diriges hacia el sector donde fue el barrio Boer donde naciste, en la casa que al desplomarse enterró viva a tu abuela Margarita, barrio del cual quedan aún las viejas calles.  En el terreno donde estaba la casa encopetada con tejas de barro y, el zaguán donde se asomaba la marchanta pregonando cantarina sus productos en venta, hoy se encuentra una residencia lujosa bordeada de un muro cuyo portón está equipado con cámaras de vigilancia. Nuevos dueños usurpando terrenos abandonados de casas como la de la abuela que colapsaron en el terremoto, construyeron décadas después  nuevas casas albergando nuevas rutinas, ajenas completamente a los goces y dramas vividos en el pasado en esos mismos espacios.

   
  En tu recorrido por ese barrio de tu niñez pasaste por el viejo estadio, frente al cual hoy se encuentra el monumento a Sandino, el héroe nacional antiimperialista montado en su mula; esta escultura está encaramada en el mismo nicho donde antes de 1979 estaba la escultura ecuestre del General Anastasio Somoza, fundador de la primera dinastía de dictadores en Nicaragua. Al ver el cambio de monumento te preguntaste - ¿A quièn encaramarán en ese mismo viejo nicho, después de que cambie el actual gobierno Sandinista?.  A la vez pensabas de que quizás ese monumento del hèroe General Sandino frente al viejo estadio nacional, se salvaría de ser removido, aunque cambiase el actual règimen, ya que èste en la práctica no tenía nada que ver con el general antiimperialista montado en su mula. La nueva dictadura autollamada socialista-cristiana ordenó masacrar a más de quinientas personas, la mayoría jóvenes que protestaban contra el règimen en Abril del presente año, casi un mes antes de que terminara tu visita a esos recovecos de tu pasado. Algunos de estos jóvenes masacrados, ahora reposan en el mismo cementerio Perifèrico en Managua, donde desde hace más de tres dècadas yace bajo desteñida tumba de cristo coto, tu hermano, tambièn muerto a causa de las guerras.

   
  De regreso, caminando por la vieja calle 11 de Julio en rumbo al antiguo cementerio de San Pedro, pasaste de nuevo por la calle 7ma Avenida, la calle de la casa donde naciste, y entonces creiste escuchar los mismso cláxons de buses del viejo barrio Boer, anunciando la salida a los pueblos, a la vez te pareció escuchar la voz cantarina de la marchanta, equilibrando en su cabeza la pesada canasta de vegetales y frutas, pregonando – A ver amoooor que vas a querer?, mientras se alejaba por las viejas calles de tu niñez, sin rumbo alguno.



Otto Aguilar

Berkeley - 20 de Nov. de 2018