Saturday, November 24, 2018

Crónicas de utopías recicladas.


Nosotros, dos muchachos estrechamente unièndonos,
Uno al otro jamás abandonando,...
Armados e intrépidos, comiendo, bebiendo, durmiendo, amando,
Ninguna otra ley que la nuestra obedeciendo,..

Walt Whitman

  Despuès de los primeros cuatro años de derrocada la dictadura Somocista en Nicaragua, Ricardo se había apartado del proceso revolucionario. Tras sus estudios inconclusos en la Unión Soviètica, y despuès de su regreso a Nicaragua, llegó a la conclusión que tales revoluciones se mantenían sólo a base de la represión y de propaganda. La efectiva propaganda vendió la idea de una sociedad más justa a un costo elevado en vidas, resultando al final algo peor que el règimen que habían derrocado.  
  Al desaparecer oficialmente el comunismo en Rusia en 1990, (en el mismo año en que el Frente sandinista en Nicaragua perdía el gobierno en elecciones), el acceso parcial a los archivos de la cruel y verdadera memoria de la revolución rusa, mostraba un rècord de más 20 millones de víctimas del estalinismo. Esos disidentes, viejos militantes bolcheviques, poetas, artistas, científicos, campesinos, militares, partisanos, etc, acusados como enemigos del pueblo, fueron hechos prisioneros y ejecutados aún despuès de forzarlos a declararse culpable de falsos delitos de complot o terrorismo contra el gobierno revolucionario y además de ser obligados a disculparse por ello. Los que no fueron fusilados en la temible prisión llamada Lubyanka en Moscú, o en cualquier lugar remoto, de un balazo en la cabeza, fueron deportados a trabajos forzados en inhóspitas y lejanas regiones, donde murieron minados por el cansancio, el hambre y las enfermedades, mientras a sus familiares se les mantenía engañados y esperanzados que al terminar los largos años de condena los verían de nuevo. Enterradas en la fosa común de la historia cruel del comunismo ruso, las víctimas se pudrieron en fosas comunes igual que las miles de víctimas del fascismo, en campamentos de reconcentración como el de Auswichz el cual ostentaba en el portón de entrada el lema “El trabajo os hará libre”.

  Ignorando la cruel historia de la revolución rusa, de la cual el resto de revoluciones seguirían sus pasos, Ricardo, igual que muchos jóvenes se había involucrado en las tareas que el recien proceso revolucionario nicaragüense demandaba. Después del final de la dictadura somocista, el grupo de insurrectos al cual pertenecía, sobrevivientes de esos álgidos días de guerra compartidos en Managua y Masaya, fue ubicado en un edificio de La Loma, viejo edificio de la dictadura de Somoza. La primera noche, Ricardo fue asignado como posta con otro miembro de su unidad, vigilando la entrada de una bodega de vinos y licores en el sótano. Esos vinos y licores fue agua bendita para la elite de oficiales somocistas que permanecían con el dictador en sus últimos días de gobierno, con el cual brindaban después de que èste daba declaraciones ante la Prensa internacional de que no se iría del país, a la vez que llamaba terroristas a las fuerzas insurrectas contra su gobierno. Aislado internacionalmente, con el país paralizado tras la huelga nacional, y derrotado militarmente por la insurrección armada en Julio de 1979, el dictador huyó y el gobierno fue ocupado por una junta de reconstrucción nacional formada de líderes civiles y por comandantes sandinistas.

   En la primera noche de Ricardo en La Loma se celebraba una tertulia de jefes, donde ese mismo licor dejado por los guardias somocistas ahora exaltaba la euforia por la victoria sobre la dictadura, a esos nuevos jefes militares sandinistas, cuyos discursos en las plazas prometían ríos de miel y leche para el pueblo de Nicaragua, como decía la letra de uno de los himnos de ese entonces. Desde abajo en la bodega de licores donde custodiaban los postas, se escuchaban las risas, los brindis, y de vez en cuando las pausas cuando alguien mencionaba el nombre de algún guerrillero caído en esa terrible guerra, cuyo saldo en miles de muertos aún no se calculaba. Entre anárquico y eufórico Ricardo le dijo a Mario, el posta con el cual cuidaba la bodega, de que tanto ellos como los jefes, tenían igual derecho a celebrar. Al instante, vertiendo licor en las cantimploras, allí estaban trago a trago los de abajo, contándose también las peripecias, las zancadas que habían logrado hacerle a la muerte en los combates, con la cual habían coqueteado hacía solamente unos días en Masaya, en las faldas del cerro El Coyotepe, en una misión de atacar una patrulla de guardias que por allí rondaba. Tal misión terminó con seis de los combatientes de los barrios de Managua perdidos, a los cuales se les había asignado la retaguardia. Perdidos y desorientados avanzaron sin saber por dónde se toparían con la guardia. Y en efecto, el encontronazo con los guardias se dió en un campo de beisbol, cerca de la fábrica La Inca; demás esta decir que quedaron vivos una vez más para contar el cuento. Desde ese cerro El Coyotepe, el reducto de guardias somocistas que aún permaneció allí, a pesar de que el dictador Somoza había huido, se despidió la noche anterior de que huyeran ellos también, lanzando al pueblo de Masaya una lluvia de morteros. Fue una larga noche, como todas las noches de la guerra insurreccional donde aquel infierno parecía no tener fin. Cuando el final llegó, al amanecer sonaron las campanas de las iglesias de Masaya anunciando el fin de la guerra, y por el terraplén del Coyotepe bajaron los prisioneros que habían permanecido en el fortín y habían logrado sobrevivir a sus torturadores. Mientras Ricardo contaba esto a Mario con el cual cuidaba la bodega, el viril rostro de sensuales labios, pronunciados pómulos y penetrante mirada de Mario, se metamorfoseó ante Ricardo por efectos del licor, en el rostro de Camilo, su responsable herido en los combates en Managua, el cual desde inicio de la insurrección le provocaba admiración por su coraje en los combates y a la vez suscitaba prohibida atracción, la cual debía disimular con las bromas y las palabrotas propias de la camaradería soldadesca, a lo cual nunca acabó de acostumbrarse. Despuès de derrotada la dictadura somocista, Camilo siguió siendo su responsable de unidad militar, pero la mente de èste cada vez se alejaba más de esos días de euforia por la victoria. Cuando formaba al pelotón por las mañanas para dar inicio a las actividades del día, en el rostro de Camilo se desdibujaba una sarcástica sonrisa; atrás habían quedado los días de aguerrido combatiente, así como atrás había quedado sepultada su compañera y madre de su hijo, la cual había sido impactada por un rocket que las avionetas Push and pull lanzaban en el sector de Las Amèricas.

  La tertulia y borrachera de los jefes de arriba había terminado, mientras abajo en la bodega de licores, Ricardo y Mario seguían hablando de los terribles días de la insurrección final. Ricardo tambèn le contó a Mario sobre Tita, la combatiente que le plantó un beso una noche en el puesto de mando en Monimbó, mientras dormía; al calor del licor èl ahora pensaba que hubiera deseado mejor el beso de Camilo, su jefe, el cual se pegaría un tiro en la sien unas semanas despuès de derrocada la dictadura somocista. Pero aquellos eran días de guerra en los cuales ese tipo de atracciones prohibidas no cabían, pensaba èl, más que en la poesía del rubio Walt Whitman, cuando escribía:

Nosotros, dos muchachos estrechamente unièndonos,
Uno al otro jamás abandonando,...
Armados e intrépidos, comiendo, bebiendo, durmiendo, amando,
Ninguna otra ley que la nuestra obedeciendo,..."*


Otto Aguilar
Berkeley - 24 de Nov. de 2018 

* Versos del poema "Nosotros, dos muchachos estrechamente unièndonos" de Walt Whitman.

Foto collage de víctimas del Stalinismo.