Friday, February 20, 2015

Espectros de una paradoja.


     
"El que lucha con monstruos debe tener cuidado
de no convertirse èl mismo en monstruo" 
                              Friederich Nietzsche

  Al despertar, sus abotagados ojos divisaron dos espectros sentados a ambos lados de la cama. Horrorizados, se persignaron cubriendo sus rostros rápidamente bajos sus sábanas y, se hundieron en los almohadones del sueño eterno. El espectro sentado en la cama al lado del dictador, era de èl cuando siendo joven guerrillero luchaba contra la pasada dictadura. Igualmente el espectro sentado al lado de la mujer del dictador, era el de ella misma cuando joven guerrillera. Sentados a ambos lados del lecho del dictador y su mujer, sus espectros jóvenes quedaron en vigilia; vigilantes de un pasado de eterno retorno.

Otto Aguilar 
Berkeley 2/20/2015 

(Dibujo: carboncillo sobre papel - 19 x 22")

Wednesday, January 7, 2015

MIGUEL ANGEL ORTEZ.

No porque en las Segovias el clima fuera frío
tuvo este Miguel Angel en las venas horchata.
Muy cierto que de niño, superticioso y pío,
sonaba en las Purísimas su pito de hojalata.

Pero ya crecidito, cuando el funesto trío
permitió que a la patria hollara gente gata,
en nombre de la selva, de la ciudad y del río,
protestó Miguel Angel, la cutacha, la reata!

Murió en Palacaguina peleando mano a mano.
Bajó desde las nubes más de un aereoplano
y tuvo en la cruzada homèricos arranques.

Usaba desde niño pantalones de hombre.
Y aun hecho ya polvo, al recordar su nombre,
se meaban de pánico los yankes.

(Quilalí, Guerra de las Segovias, 1932)
Poema de Manolo Cuadra

Saturday, December 13, 2014

La Patria y sus proxenetas.


   En la tropa lo llamaban Polvasal, èl era uno de esos sobrevivientes de feroces combates, uno de esos que no te dejaban morir a la hora del mortal combate, allí donde se requería tener coraje de acero más que bravuconería. Despuès de morir cada noche y resucitar cada mañana con el batallón 50-10 en las montañas de Jalapa, no tuvo mas botín de guerra, que el terror del combate clavado en su memoria y el silencio eterno del hermano o amigo muerto en la guerra; años despuès, desempleado y abandonado por su mujer, murió alcoholizado en un cuartucho hecho de latas de cinz en un polvoso asentamiento llamado "Milagro de dios", de esos que aparecieron como milagros en la periferia de barrios paupèrrimos de Managua en los años 80's. Entre sus escasas pertenencias, su madre encontró viejas cartas, junto a un diario bastante maltratado y sucio. En una de las páginas su madre encontró este cuento, que hoy yo les traigo, asombrado de las dotes de escritor de aquel Polvasal, que un día me salvara de morir en 1983 bajo las balas de la contrarrevolución en el cerrado combate de Makaralí.

El cuento dice así:

Pues así es!, tal vez no me creerán, pero aquí donde me ven yo conocí a la Patria antes que se prostituyera, antes de que la vendieran al mejor postor. Nos conocimos y fue amor a primera vista, pero en esos días tuve que irme a la montaña con el batallón y al regresar ella era otra y para otros.

Para atraer a su clientela, el chulo de turno engalanaba a la puta Patria de acuerdo al cliente de turno. Así, cuando había que buscar clientes en el pueblo, la vestía de puta pueblerina, con una blusa roja escotada y una minifalda negra tan corta, que al sentarse enseñaba toda aquella mercancía que tenía entre las piernas. Los más machos iban cayendo en sus brazos, embobados en la estela de perfume "siete machos", ese que queda pegado espantosamente en las narices, junto con el potpourri de tufos propios de los recovecos de su cuerpo. 

Otras veces el nuevo chulo, vestía a la puta Patria, con ropas finas de Christian Dior y la ponía a levitar en un exquisito aroma de Channel # 5. Ella siempre tenía que estar ataviada de acuerdo al nivel de su clientela. Este tipo de cliente, muchos de ellos, altos funcionarios de gobierno, la gozaron no en moteles de barrios como los clientes de pueblo, sino en hoteles cinco estrellas y, por supuesto! pagando con la "American Express" asignada para sus gastos de representación.

Hoy la Patria cansada y vieja, de nuevo es revendida por un viejo proxeneta y violador que habiendo caído en desgracia por unos años logró recuperarla, pactando con viejos proxenetas expertos en el arte de prostituir y vender Patrias.

En los corredores del prostíbulo patriótico llamado "Asamblea", viejos proxenetas o clientes que de pobres pasaron a ser ricos diputados, en esta profesión milenaria, dan discursos eufóricos ante el aplauso servil de sus correligionarios. Mientras afuera del prostíbulo, viejos y nuevos clientes, hacen cola empujando y peleándose unos contra otros, en espera de su turno con  la Patria.

Pues así es!, así ha sido siempre!, y aunque no me crean, yo conocí a esa Patria antes de que la prostituyeran y vendieran al mejor postor. 


Otto Aguila - Berkeley, 24 de octubre de 2008
Imagen "La espera" - tiza pastel sobre papel.

Friday, October 31, 2014

Bocetos de tiza blanca sobre tinta nocturnal.




Con trazos de tiza blanca, la luna bosqueja inquieta sobre tinta nocturnal, cuerpos semidesnudos que trenzados unos con otros en el camión IFA van. Esboza ojos abiertos a unos, mientras a otros se los cierra. Fugaz semblanza de fiero dolor apaciguado, disfumina en algunos de aquellos rostros.

  De donde venían y para donde iban, lo sabian sólo los escoltas de aquel camión nocturno, que veloz iba en la carretera entre montañas a esas horas de peligrosas emboscadas. De trecho en trecho, en aquel raudo recorrrido, la luna borraba aquel esbozo abstracto de tiza blanca, lo deshacía y rehacía como insegura de haber logrado el estílo expresionista acertado para aquella su obra maestra al filo de la noche.

  Al amanecer, antes de ocultarse la luna acaba su obra, la cual el sol varnizó con dorada laca. Eran 18 soldados, todos jóvenes, algunos con rostros desfigurados, pálidos y exangues, de ojos abiertos con miradas vacías, otros con ojos cerrados. Uno de ellos todavía llevaba sujetando sus mechones negros alrededor de su frente, con un pañuelo rojo y negro; en su pecho se veía una cruel herida que probablemente acabó con su su agonía. Venían de Quilalí e iban para Managua, dijeron los escoltas de aquel camión IFA, con acre olor a muerte.

(Imagen y texto: Otto Aguilar )


El trampolín del Golden Gate.



  Colgando en la lontananza algodonosa de la bahía de San Francisco, el puente Golden Gate luce cual gigante e inocente pieza de Lego color rojo.

  En pasadas ocasiones le había visitado, y siempre su majestuosa estructura me provocaba sudor en las manos por mi fobia a las alturas; caminar cerca del borde peligroso del puente, me provocaba cierta sensación de vulnerabilidad, quizás la misma que pueda experimentar un novato funambulista al avanzar en su cuerda floja desde una altura peligrosa, donde un leve paso en falso sería una segura muerte.

  El puente constantemente estaba atestado de turistas, pero esa tarde era una rara excepción, no había ni un alma!, excepto la mía que arrastraba todavía mi indolente cuerpo, levitando entre los copos de algodonosa neblina que inundaba la zona peatonal y ascendía hasta borrar las altas torres. Densa era la neblina, cual lienzo blanco donde de vez en cuando una leve grisalla verde ocre, esbozaba retazos de verdes montañas que circundan la bahía; ensarrados riscos y montañas, aparecían y desaparecían allí donde el sol lograba penetrar la algodonosa e impoluta nada envolvente.

  Helada ventisca, leves murmullos en medio de un silencio sepulcral me empujaban cual intruso invadiendo un sueño ajeno. Mientras sigiloso avanzaba, observè de súbito entre la zona peatonal en que caminaba a varias mujeres y hombres de diferentes edades, caminaban algunos cabizbajos, otros serenos contemplando hacia abajo las heladas aguas de la bahía.

  Los abocetados peatones aparecían y desaparecían, envueltos en asèpticos copos de algodonosa neblina. Por breve instante, los espectros de estos imprevistos visitantes, se delineaban con mayores detalles a medida que se acercaban hacia mí. Uno de ellos, cuya lánguida mirada de ojos azules, reflejaban el aqua del agua de la bahía, llamó mi atención por la belleza de su jóven y pálido rostro; su estilizada figura cual estatuilla de mármol, inmutable pasó junto a mí en sentido contrario. Un vago presentimiento se prendó de mí, la belleza viril de aquel efebo me hizo volver la mirada en su búsqueda, antes que la nada envolvente se lo tragara. Lo único que logrè alcanzar ver fuè el ágil y preciso momento en que el salto mortal de aquel efebo, iniciaba su fatal descenso de la gigante pieza de color rojo del Golden Gate, a travès de los bordes abismales del puente; en un santiamèn el salto como de un trampolín, cinco segundos de largo camino hacia abajo, repetido innumerables veces en aquel puente, se repitió ante mis impávidos ojos. Corrí hacia el lugar donde èl había saltado para buscar rastro del clavado mortal, hurguè hacia abajo en el vacío, pero incrèdulo notè que no había ninguna seña del suicida, sólo las heladas y quietas aguas de la bahía. Girè mi rostro, y con mis desorbitados ojos busquè al resto de imprevistos peatones en el puente, pero estos ya no estaban; aligerè el paso huyendo aterrorizado, y mientras corría, en mis oídos sonaba estentórea la palabra: SALTA, SALTA, SAAALTA, SAAALTA.... tambièn sentí en el palpitar de mi cerebro pasos acelerados, eran el eco de sus pasos recorriendo los oscuros recovecos y pasillos de mi bóveda craneal. Espantado escapè corriendo, mientras me alejaba y mi abocetada existencia era devorada por la densa neblina, las voces en mis oidos se fueron perdiendo con el murmullo del viento y de las quietas aguas de aquella bahía.

Foto y texto: Otto Aguilar

Saturday, August 16, 2014

Volverè, pero no en vida.


.

"Volverè, pero no en vida,
que todo se despelleja
y el frío la cal aqueja
de los huesos. Que atrevida 
la osamenta que convida
a su manera a danzar!
No la puedo contrariar:
la vida es un sueño fuerte
de una muerte hasta otra muerte,
y me apresto a despertar"

Severo Sarduy

  En el brumoso pueblito de San Ramón los animales domèsticos poseían esa torturante habilidad de presentir el peligro, ese instinto de conservación que los ponía en ventaja en relación a los humanos, avisándoles de fatales cataclismos.  Sin embargo ese instinto no les salvaba de la muerte a manos de los humanos, sus dueños depredadores.  Por eso los cerdos sabían sin lugar a dudas que cada vez que moría un humano habitante del pueblo, tambièn unos de ellos debía despedirse del resto de sobrevivientes cerdos del chiquero.

  Aquella gèlida noche el muerto de turno yacía bien muerto envuelto en su mortaja, con un pañuelo rojo de lazo cursi para mantenerle la boca cerrada. Había muerto en la tarde,  así lo anunció en la víspera el canto lúgubre de los gallos del caserío de abajo; así lo diagnosticó el curandero del pueblo al examinar el pulso y las pupilas dilatadas del occiso y, así lo pregonó la voz chillona, gargajienta de los megáfonos de la barata, camioneta que recorría destartalada anunciando todo tipo de noticias, ya sea de los vivos o de los muertos, por las callecitas polvosas del brumoso frío pueblo de San Ramón.

 Según la costumbre: "el muerto al hoyo y el vivo al bollo", se sacrificó al cerdo de turno.  El pobre cerdo a pesar de sus desesperados gruñidos, como protestando de que por què a èl y no a otro?, a pesar de sus pataletas luchando por su vida intentando infructuosamente escaparse de la muerte, fue sacrificado y convertido en fritos, chicharrones, morangas y nacatamales.  Duró más tiempo el sacrificio y la preparación del cerdo, que lo que duró en ser engullido a travès de los voluminosos abdómenes de los compungidos concurrentes a la vela; pasando así la grasosa carne del puerco a ser parte de las ya grasosas tripas de los llorosos depredadores humanos asistentes de la vela.

  Hartos de fritos, morongas, nacatamales y de guaro, los desvelados de la vela reían y lloraban de acuerdo a la ingesta del etílico elixir; elixir, el cual los volvía más bipolares o dramáticos que las mujeres, las cuales ocupadas iban y venían unas en distribuir las viandas y el guaro, y otras a la par de las plañideras elevaban oraciones rogando al altísimo por el alma del recien muerto.

  Por la mañana se llevaron en hombros el ataúd a la iglesia; bamboleándose iban los cargadores por efectos de la resaca como si fuesen promesantes cargando al santo patrono del pueblo. El tañido de las campanas al recibir al finado y su comitiva, espantaron a las palomas cagonas del campanario, quienes revoloteando en círculos luego regresaron perezosas al mismo lugar con gorjeos de protestas.  El ataúd de madera rústica fuè depositado en dos taburetes frente al altar mayor de la iglesia, donde coronas de flores de papel con lirios y flores de muerto se colocaron amontonadas junto al ataúd.

  El curita salió por un extremo del altar, los asistentes que desvelados y cansados se habían sentado, se pusieron de pie.  Extendiendo sus brazos el cura empezó su responso: -Queridos hermanos!, estamos aquí reunidos para dar nuestro postrer adiós a Otto, cuya alma ya se habrá reunido en el cielo con nuestro padre todo poderoso en el gozo de la vida eterna, con los  ángeles, arcángeles, querubines, serafines y demás santos de nuestra cristiandad! - suspiros, sollozos y sacudideras de narices mocosas interrumpieron de pronto al curita, el cual carraspeando continuó: - Otto fuè un alma de dios, en esta misma iglesia fuè bautizado... todavía recuerdo sus chillidos cuando sintió el agua helada remojarle su mollera - risas de los presentes interrumpen al curita, el cual siguió con su responso - tambièn en esta iglesia Otto recibió su primera comunión y ahora... - el padre detiene de súbito sus palabras cuando atónito igual  que todos los presentes, observa como el ataúd se ha movido tambaleándose peligrosamente en los taburetes... - madre santísima!- gritaban unos, - las tres divinas personas!,  exclamaban otros-  y entre gritos de espanto la muchedumbre corría, escapando como alma que lleva el diablo de aquella iglesita.  Entre aquel pandemónium de gritos de las mujeres, se escuchaban las exclamaciones de los ebrios - a la puta! - no jodás! - algunos de los cuales por el tremendo susto, se les aflojaron las tripas despidiendo flatulencias que apestaban a mierda de puerco.

  Mientras todos buscaban por donde salir, escapando hasta por las ventanas, Otto, libre de su mortaja, libre del pañuelo que sostenía su boca cerrada y afuera de su ataúd, de pie junto a su madre y con fruncido ceño, le reclamaba el incumplimiento de su último deseo: no llevar su cadáver a ninguna iglesia, ni traerle a ningún cura a administrarle santos óleos. La madre con rostro emocionado del cual no se sabía si era de alegría, de asombro o de espanto, le decía - Hijo, yo pensè que no te darías cuenta, pues pensaba que estabas bien muerto!.

  En medio de la iglesia vacía, con sillas patas arriba y flores tiradas por todos lados, la madre abrazaba a Otto, mientras los santos desde sus nichos con miradas perdidas en el vacío, parecían decir - yo no fuí!... en el aire flotaba un potpourrí de olores de flores de muerto y de lirios con olor de incienso y de apestosas flatulencias con olor a puerco.

(Otto Aguilar - Berkeley, 16 de julio de 2014)
Imagen: digital collage - Otto


Tuesday, July 29, 2014

Efebos del Caravaggio.

  El gemido se ahoga entre el murmullo de un río y unas lejanas voces, creo es el río Coco, arabesco plateado que raudo serpentea entre oliváceas y sarrosas riberas, como corren los ríos caudalosos entre las vaporosas selvas en las pinturas de Armando Morales. Recónditas selvas donde el turquesa-ocre estalla entre el olivo sarroso de una quietud hierática. Las intrincadas y pequeñas pinceladas de sus pinturas, se alternan al efecto del raspado de la cuchilla, que hiere y penetra muchas capas de un tumultuoso pasado. Las voces, quizás aquellas voces de jóvenes soldados chapoteando con sus desnudos de bronce y, las bromas!, las jocosas bromas que mencionan atributos sexuales, que van desde el más dotado cual brioso garañón, hasta el que esconde tímido las "verguenzas" bajo las cristalinas aguas. Allí el machismo ingenuo y cruel alardea y coquetea suscitando celos, envidias en unos, mientras en otros admiración y hasta escondidas y prohibidas atracciones. Pero la camaradería soldadesca del rubio Whitman, en la soledad de hombres sin mujeres, busca el desahogo en los más atrevidos, en esos donde el amor de Lorca repartió coronas de espinas. Entre esos soldados del río Coco recuerdo haber visto chapotear cual niño lúdico a más de algún Caravaggio de temple aguerrido y peligroso, fornido y de rudo entrecejo, al cinto la daga. Daga que él empuñara con la mano virtuosa con la cual su pincel degollaba haciendo saltar del cuello de Holofernes borbotones de púrpura sangre sobre los blancos y platinados lechos de Judith. Era la misma mano concupiscente que igual que procuraba placer a su efebos también podía cortar viriles gargantas". (Párrafos del relato  "Pupilas insomnes).

Otto Aguilar
Berkeley - 7/12/2014

(Pintura "Efebos del Caravaggio" acrylic on paper - 22 x 30 inches - Otto Aguilar)