Tuesday, July 29, 2014

Efebos del Caravaggio.

  El gemido se ahoga entre el murmullo de un río y unas lejanas voces, creo es el río Coco, arabesco plateado que raudo serpentea entre oliváceas y sarrosas riberas, como corren los ríos caudalosos entre las vaporosas selvas en las pinturas de Armando Morales. Recónditas selvas donde el turquesa-ocre estalla entre el olivo sarroso de una quietud hierática. Las intrincadas y pequeñas pinceladas de sus pinturas, se alternan al efecto del raspado de la cuchilla, que hiere y penetra muchas capas de un tumultuoso pasado. Las voces, quizás aquellas voces de jóvenes soldados chapoteando con sus desnudos de bronce y, las bromas!, las jocosas bromas que mencionan atributos sexuales, que van desde el más dotado cual brioso garañón, hasta el que esconde tímido las "verguenzas" bajo las cristalinas aguas. Allí el machismo ingenuo y cruel alardea y coquetea suscitando celos, envidias en unos, mientras en otros admiración y hasta escondidas y prohibidas atracciones. Pero la camaradería soldadesca del rubio Whitman, en la soledad de hombres sin mujeres, busca el desahogo en los más atrevidos, en esos donde el amor de Lorca repartió coronas de espinas. Entre esos soldados del río Coco recuerdo haber visto chapotear cual niño lúdico a más de algún Caravaggio de temple aguerrido y peligroso, fornido y de rudo entrecejo, al cinto la daga. Daga que él empuñara con la mano virtuosa con la cual su pincel degollaba haciendo saltar del cuello de Holofernes borbotones de púrpura sangre sobre los blancos y platinados lechos de Judith. Era la misma mano concupiscente que igual que procuraba placer a su efebos también podía cortar viriles gargantas". (Párrafos del relato  "Pupilas insomnes).

Otto Aguilar
Berkeley - 7/12/2014

(Pintura "Efebos del Caravaggio" acrylic on paper - 22 x 30 inches - Otto Aguilar)                  

Friday, July 25, 2014

El pulpo travesti.


  Al pasar cerca de la multitud que agitaba banderas y vociferaba consignas, el pulpo travesti cambió en un instante su atuendo y se mezcló e entre la multitud.  Esa habilidad mimètica era innata en este pulpo, pero con los años su destreza había menguado; esta vez su transformación no había sido tan instantánea y completa debido a su mofletudo rostro y a su abultado abdomen.  El maquillaje mal aplicado, lo convertían en un esperpento, en una caricatura mal esbozada. Residuos de maquillaje de anteriores transformaciones se podían ver en algunas partes de su rostro y cuerpo; su nueva piel lucía  como una pared, donde viejos anuncios, afiches comerciales eran semi cubiertos por los nuevos.

  El pulpo travesti, no era consciente de su decrèpita habilidad mimètica.  Sus colegas lo llevaron a un experto estilista y, con modernas tecnologías de maquillaje, tatuaron los nuevos íconos políticos, sobre los viejos tatuajes en la apergaminada piel del pulpo, a quien le habían encajado el apodo Patria.

  Cómodo en su nueva actuación, el pulpo travesti gozaba de popularidad en la Asamblea; viejo y cansado de tantas transformaciones, se sentía seguro sin necesidad de volver a cambiar su apariencia. Su voluminoso cuerpo se ensanchaba cada vez más igual que su feudo.

  Pero como nada es eterno y todo cambia, nuevas banderas se agitaron, nuevas consignas se escucharon y el escenario político volvió a cambiar como de costumbre. Apurado y angustiado, el pulpo intentó cambiar de nuevo su traje, acorde al nuevo cambio político. Perplejo ante el espejo, se percató que el maquillaje permanente de sus última actuación no desaparecía, delatándole así para su desgracia. Su popularidad cayó; pragmáticos le llamaban algunos, arribista le llamaban otros.   Infructuosamente buscó otros escenarios, contactó a viejos colegas, pero todos le cerraron las puertas.

  Viejo y abandonado por todos, el pulpo travesti llamado Patria terminó en un museo; allí se exhibía. Su piel parecía un palimsesto atiborrado, un calidoscopio de tatuajes desordenados; su apergaminada piel era como una pared descascarada, donde viejos  íconos, símbolos y consignas políticas traspuestas unas sobre otras, se confundían con anuncios comerciales de:  Se vende ... Se compra.... Se alquila.

Otto Aguilar
(Dibujo: lápiz, papel)
Berkeley 25/ julio/2014)

Tuesday, July 15, 2014

Rèquiem en un tren noctámbulo.


  "Para que estos holocaustos de seres humanos fuesen 
más horripilantes, se realzaba el espectáculo mediante 
procesiones de cadáveres exhumados y herejes en efigie...
La procesión presentaba una disonancia artísticamente 
aborrecible de tonalidades rojas y amarillas, mientras desfilaba,
al compás de la música de salmos farfullados y alaridos y gemidos..."
                                                  John Addington Symonds

  Pasajeros sonámbulos suben y bajan en cada estación de un tren noctámbulo, se apoltronan en las butacas y fijan sus insomnes pupilas a travès de las ventanas del tren. Esas pupilas a travès de las ventanas del tren, iban atisbando fugaces aquelarres nocturnos en su rutinario recorrido.  Las insomnes pupilas iban buscando destellos de otras pupilas insomnes, que asomaban curiosas desde las ventanitas de los caseríos de pueblos oscuros, por donde el tren pasaba.

  El tren sigue atravesando entre oscuros caseríos de titilantes ventanas; ventanas, desde las cuales otras pupilas insomnes, creen vislumbrar a rutinarios pasajeros sonámbulos a travès de las ventanas de luces mortecinas y temblorosas del tren.

  Esa noche en aquel tren, viajaban dos insomnes efebos. De miradas soslayadas, los dos efebos trataban de disimular ante el resto de pasajeros la condenada atracción de fuego impío que incitaba sus concupiscentes carnes; fuego que quemó carnes pretèritas en hogueras inquisitoriales; carnes de condenados  efebos en hogueras encendidas por Savonarolas color púrpura. Savonarolas que aún reptan en sacros palacios, en esos sacros palacios donde efluvios de semen e incienso como ritos de sectas paganas, se mezclan  afrodisíaca y sagradamente per secula seculorum.

  En el sacro palacio de la Capilla Sixtina hay desnudos renancentistas como aquel pandemónium de cuerpos entrelazados del "Jucio final" pintado por Miguel Angel; en dicho mural el pintor Volterra, llamado el "pinta calzones", mancillando la obra sublime del genial Buonarroti, cubrió con calzones las verguenzas de los condenados; porque para los pornócratas de dichos palacios, penes y pubis pintados provocaba las erecciones bajo sus sotanas impías.

  Los dos efebos, desde las ventanas del tren, divisaban a lo lejos aquelarres alrededor de fogatas que chisporroteaban entre los caseríos; compungidos observaban esos "autos de fè", con olor a carne quemada. Cabizbajos iban entonando un rèquiem increscendo a esos condenados evaporados en hogueras inquisitoriales, mientras el tren noctámbulo seguía arrastrándo a los dos efebos a sus ignotos destinos.

 Del rèquiem de los efebos, con voces de eunucos quejumbrosos, entre pausas del trastabilleo de los vagones sobre los rieles, se escuchaba una interminable lista de nombres, entre la lista estaban: John de Wetree, Giovanni di Giovanni, Jackes Chauson, Claude Petit, Jacopo Bonfadio, Franceco Calcagno, John Atherton, Lisbetha Olsdotter, James Pratt, John Smith, Jerome Duquesnoy, etc, etc, etc... y la lista de condenados en la hoguera mencionados en el rèquiem era interminable, como interminables los "autos de fè" que perdidos en el tiempo fueron ordenados por aquellos pornócratas púrpuras y, ejecutados por los "domini-canes", (los perros de Cristo) que en los palacios sacros levitan aún entre efluvios de semen e incienso.

Otto Aguilar 
Berkeley - 7/15/2014

Imagen: "Auto de fe" - acrílico/papel - 22 x 30"

Wednesday, May 7, 2014

Cuando vos y yo hace mucho tiempo ya no estemos...



  Cuando siglos despuès de nuestro idilio, las atesoradas imágenes del recuerdo, esas nuestras fotos en blanco y negro que cargamos de ciudad en ciudad, esperando algún día el anhelado reencuentro... cuando esas imágenes de congelados abrazos frente al teatro Bolshoi en Moscú, o aquella foto donde estamos al pie de la estatua de Yuri Dolgorukiy, quien montado en su corcel de bronce, nos señalaba con su dedo amenazador y acusativo… cuando esas imágenes de febriles pasiones, se hayan desvanecido bajo el inexorable paso del tiempo… cuando todo vestigio de nuestra prohibida pasión, ya no incomode a la mojigata moral, y sea sólo una nota curiosa y extravagante de colección para raros anticuarios de siglos holográficos por venir, entonces, arpillados seremos en tiendas de antiguedades, cual acartonados personajes muy siglo XX, junto a personajes color sepia muy siglo XIX.
  Seremos relíquia costosa de momificadas pasiones de un mundo raro ya extinguido, palimsestos de antiguas culturas y, quizá así como ahora los antiguos papiros son objeto de estudios por los especialistas, así tambièn lo serán nuestras apasionadas cartas y los desnudos que de tu juvenil cuerpo plasmè, cuando nos aferrábamos desfallecientes en nuestra despedida, enlazados nuestros cuerpos en aquel cuarto de tu pensión de actor en la ciudad de Tula. Relíquias que serán del interès y de la comprensión sólo para esos raros especilaistas de anestesiadas èpocas por venir; èpocas donde las pasiones y los sentimientos, serán mercancías raras que deberán de comprarse cual costísimo opio guardado en bellos camafeos de filigrana rococó, donde labrado en oro tu efigie de Antinoo ruso, bordeado con la frase que hiciste muy tuya: "Bèsame mucho", llevará decorado. Serán pócimas de extinguidas y raras pasiones, las cuales serán adquiridas para su gozo, sólo por la elite que pagará por ellas altas sumas de dinero; así como hoy esa èlite goza y paga por vivir en exquisitos y selectos micromundos.
Cuando vos y yo hace mucho tiempo ya no estemos en èste "ser o no ser".
(Texto y dibujo por Otto Aguilar)

Monday, May 5, 2014

La materia de los sueños.




  Aprisionada en posición fetal y bajo asfixiantes escombros, ella yacía. Bastaron unos segundos despuès del fatídico cataclismo, para que todo su pasado se proyectase en retroceso a la velocidad de la luz.

  Despuès de contemplar su holográfico pasado, hecho de la materia misma que están hechos los sueños, un chisporroteo de destellos lumínicos y enceguecedores la rodearon. Ella ya no experiementaba el agudo dolor que aguijoneaba su pecho unos segundos antes; entonces pudo contemplar su mismo rostro, surcado por las cicatrices del tiempo, su cabello cano, su frágil y anorèxico cuerpo, cual ángel etèreo que doblegado y sepultado yacía por escombros de lo que fuera su aposento.  Mientras indolente ella contemplaba ese su rostro familiar, que asomó tantas veces con discreta coqueteria juvenil en los espejos, escuchó de pronto unos gritos que le llamaban, intercalados de gemidos, llantos y plegarias que hacían estremecer a cualquier alma. Reconoció a dos de sus nietos, quienes atribulados llamándola la buscaban entre los escombros; ellos eran: el mayor y el otro el nieto artista tímido y ermitaño. Al verlos por última vez, intuyó sus destinos y, la verdad última de sus existencias, incluso supo del secreto que torturaba a su nieto artista.  Todo encajaba ahora en aquel rompecabeza que había sido su vida.  Fuè una visión fugaz y breve como un segundo, lo que dió las respuestas a tantas interrogantes; sólo que ella ya no era ella.

  Mientras se elevaba cada vez más, a la luz del alba, ella iba contenplando desde arriba el montón de escombros del resto de casas vecinas, y de lo que quedaba de su hogar en el barrio Boer de la vieja Managua; luego divisó la catedral, cuarteada y con el reloj del campanario detenido marcando las 12:30 am... y se elevó más y más, contemplando a lo lejos sólo una esfera luminiscente flotando en el oscuro espacio.

  De la oscuridad pasó a una luz intensa, donde otros mundos implosionaban, supernovas aparecían y desaparecían, dejando en su lugar huecos oscuros devoradores de mundos y, destellos de luz que atravesaban milenios llegando a pupilas telescópicas de futuro insospechado en el inconmensurable espacio. Otros seres etèreos pasaban raudos junto a ella, ella que ya no era ella; una música de galaxias distanciándose unas de otras, se escuchaba...  luego vino el eterno silencio.

Otto Aguilar

Thursday, February 13, 2014

Anacoreta insurrecto.

                                   

  Cuando llueve mi memoria suele exudar los recuerdos de aquel húmedo Junio, en la insurrecta  Managua de 1979.  Aquellas barricadas levantadas en avenidas y calles de la capital y del resto del país paralizado, daban la impresión de que Nicaragua se había cortado las venas dispuesta a morir desangrada, antes de seguir soportando tanta injusticia impuesta por la dinastía de los Somozas, prolongada por más de cuatro dècadas.

 En esos días aciagos de insurrección contra la tiranía somocista, mi mente y cuerpo tambièn se insurreccionaban contra los prejuicios que reprimieron en mí durante mucho tiempo, el placer de ser yo mismo.  Curiosamente esas dos insurrecciones estallaron en mí al mismo tiempo, complementando y enriqueciendo la una a la otra a tal grado que me provocaban un estado de euforia total!. Un año antes, en una de las protestas de universitarios de la UNAN que llegó hasta la UCA, había sido bapuleado por uno de los guardias que lograron cercarnos a varios estudiantes que no logramos huir; allí frente al viejo portón de la UCA, nos pusieron a recoger piedras que les habíamos lanzado, fuè en una de esas en que me descuidè tratando de ver por donde podía fugarme, cuando me cayeron los riendazos. Luego fuimos montados en un becat con rumbo desconocido, la llamada de consulta de nuestros captores a algún superior, salvó nuestras vidas.

  Yo, que no había tenido ni una trifulca en mis años escolares, algo muy común a esa edad; yo, que siempre había evitado todo tipo de juego violento, que siempre había detestado la grosería y las crueles bromas de mis compañeros de clase, me había transformado de la noche a la mañana en un insurrecto, dispuesto a la inmolación si fuese necesario.  En esos cruentos días,  me asombraba de mí mismo, igual cuando a veces alguien más adentro de uno mismo, se extraña de la imagen que de nosotros el espejo arroja ante nuestros ojos.

 Las primeras embestidas de la guardia intentando desalojarnos de los barrios orientales, era un desvalanceado duelo a muerte. Las bombas de quinientas libras empezaron inclementemente a caer en los barrios insurrectos, ocasionando la muerte de civiles, a pesar de estar vigilando el cielo donde se veía caer aquel barril mortal.   Las avionetas "Push and pull" sobrevolaban sobre los barrios disparando sorpresivamente sus mortales rockets.  En los primeros días, las tanquetas lograban penetrar algunos barrios a pesar de la resisitencia en las barricadas, permitiendo así el avance de la guardia que venía detrás de ellas; esto produjo unas primeras retiradas de los insurrectos, la guardia realizaba entonces la "operación limpieza" donde algunos jóvenes eran detenidos o ejecutados en el lugar, muchos de ellos señalados en los mismos barrios por "orejas" adeptos a la dictadura.  En los retenes instalados por la guardia, todo ciudadano pasaba la inspección de las manos, los codos y las rodillas, buscando evidencias, señas dejadas por la labor de hacer barricadas o del combate.  Luego que la guardia abandonaba los barrios o fueran repelidos por el contra ataque de los guerrilleros urbanos, las barricadas volvían a surgir incansables y con más insurrectos que se unían cada vez más.

  Los primeros combatientes muertos que ví tirados en la calle provocaron mis lágrimas, pero al contrario de retirarme temeroso de correr el mismo final, encendieron en mí más coraje para combatir aún con ese miedo a ser atrapado por la mortal bala.  Pensaba entonces en lo injusto del momento, mientras en Nicaragua se desataba una guerra a muerte, el resto del mundo seguía en su habitual rutina; mientras en Honduras u otros países aledaños la gente iba a sus trabajos como todos los días, mientras algunos se divertían en bacanales, y quizás muchos haciendo el sexo en sus cómodos y calientes lechos, nosotros enterrábamos a nuestros muertos, nos secábamos las lágrimas y regresábamos al combate.

 Tras una fuerte embestida de la guardia, y bajo una noche de fuerte aguacero, los combatientes fuimos desalojados de los barrios orientales, teniendo que movilizarnos al sector de Bello Horizonte, Santa Rosa y Larreynaga.  Esa noche lluviosa en un patio oscuro de una humilde casa del barrio Santa Rosa, el cadáver de una mujer era velado en una mesa; ella había muerto cuando huía de los combates esa tarde, producto de la bala que había sido disparada a sus pies por un combatiente de un retèn, al no contestar ella la contraseña, pues era muda. En medio de la noche lluviosa y oscura, me tocó junto con Guayo, mi hermano mayor, la difícil tarea de ir a reconocer el cadáver de esta mujer, la cual estaba en una mesa cubierta por una sábana. Antes de ir a reconocer quien era aquella mujer, en  mi mente se había clavado la torturante posibilidad de que aquella mujer fuera mi madre, huyendo de los combates.

  Fue en ese desalojo de parte de la guardia somoscista, cuando una escuadra de retensión en la cual iba mi hermano Daniel (qpd), que se logró neutralizar a la tanqueta que había penetrado desde la carretera norte, y había avanzado hasta casi la entrada del mercado hoy Illamado Iván Montenegro.

  En ese sector de Bello Horizonte conocí a otros combatientes con quienes en las noches de posta de la barricadas, nos contábamos sobre nuestras sobre vidas, en aquellos momentos difíciles donde un ideal de justicia social y la muerte como contraparte nos igualaba a todos. Allí conocería a Martha Lucía Corea, Lucy, cuando una noche ella me llevara hasta la barricada donde posteba la nueva contraseña. Vagamente su imagen aflora en mis recuerdos con una moña que domaba su cabellera, y una espigada y delicada figura que contrastaba con la rudeza que añadía el fusil que cargaba, fuè de esos fugaces encuentros que dejan su huella perenne, sin haberle conocido más allá de lo que esos terribles días nos imponía.

  Tambièn conocería en esos días a "Camilo", uno de los corajudos combatientes, de serio rostro monimboseño. Un día tuvimos permiso de regresar a nuestros barrios Las Americas y La Sabana, para ver a nuestras familias y llevar algo de lo que pudieramos compartir de víveres, el bromeando me dijo  - yo lo que llevo son unos condones, pues tengo rato de no ver a mi mujer.  Pero despuès de reunirnos en el punto acordado para dirijirnos al puesto de mando de Bello Horizonte, Camilo iba encerrado en un impenetrable mutismo; esa misma noche despuès de un altercado con otro combatiente producto de haber ingerido ron, supe que a Camilo le sancionarían.  Despuès èl me contaría que a su mujer la habían enterrado algunos días antes de aquella visita en que el solo llevaba condones; un rocket de los push and pull de Somoza la había matado. Despuès se impondría su coraje o su deseo de venganza, o las dos cosas y de nuevo combatiría destacándose entre los demás por su intrepidez; quizás la vida ya no le importaba, pero antes de perderla, cazaría a unos cuantos guardias más. De uno de esos combates el sacaría un balazo, lo cual lo dejaría convalesciente por algunos días.

 Despuès de veintiún días de sangrientos combates contra la guardia somocista en Managua, con mucho cansancio, con muchos heridos y bajas recibíamos la orden una noche, de movilizarnos hacia la ciudad de Masaya ubicada a 25 kilómetros de Managua. El operativo parecía tan descabellado y suicida, pues teníamos que partir a media noche con alrededor de siete mil personas, entre combatientes y civiles comprometidos con la lucha, quienes sufrirían la represión que se desataría si se quedaban despuès de nuestro èxodo. Pero acaso, aquella insurrección no parecía descabellada desde sus inicios, al enfrentar a un ejèrcito armado hasta los dientes?.

 Y así comenzó a congregarse a media noche, aquella silenciosa columna con todos los combatientes de los diferentes barrios de Managua, la columna se engrosaba y alargaba cada vez más, como un sabio reptil que con mucho sigilo empezó a avanzar por veredas entre la insomne silenciosa y oscura ciudad.  Avanzábamos alerta al acecho de la guardia que seguramente nos estaba dando largas, para caernos en el momento menos pensado.

  Mientras cabizbajo caminaba con un sentimiento de derrota, en el inicio de aquel riesgoso repliegue de Managua a Masaya, en mi mente empezaron a proyectarse escenas de los difíciles días vivídos desde el inicio de la insurrección final en Managua. Recordaba a mis vecinos realizando vigilancia nocturna y compartiendo el pocillo de cafè, recordaba a don Nayito nuestro vecino a quien una noche se le olvidó la contraseña y angustiado respondía al posta - soy Nayito, soy Nayito!, recordaba a mis hermanos con quienes habíamos estado juntos en aquellos combates armados sólo con bombas de molotov o de contacto, recordaba a mi padre arrancando adoquines de las calles para con ellos construir las barricadas, recordaba verlo disparando con una pequeña pistola, (la misma con la cual había sacrificado una vaca para la comida comunal) entre varios combatientes, contra la guardia que se dejó venir sobre aquel pueblo atrincherado en la gran barricada levantada en el by pass del mercado hoy llamado Iván Montenegro; recordaba a mi hermano Daniel lanzando las bombas de molotov a la tanqueta que fuè neutralizada en su avance por nuestro barrio; recordaba a los jóvenes muertos que ví al inicio de la insurreción tirados en la calle con los ojos abiertos como inquiriendo al cielo; recordaba aquella mujer muerta en el sector de  Santa Rosa, cuando huía del avance de la guardia en nuestro barrio, la cual me hizo pensar en mi madre, mi madre ante quien me había arrodillado a pesar de mi ateismo, para recibir su bendición al despedirme de la familia en medio de la noche, antes de partir en ese posible èxodo sin retorno. Así partí escondiendo mis lágrimas, atrás quedaba Managua oscura y silenciosa con sus venas abiertas en un lento desangre.

 Aquel repliegue del 27 de junio de 1979 era como una gran procesión del santo entierro, donde cargábamos a nuestros cristos sangrantes en improvisadas camillas.  Al inicio de este èxodo de Managua a Masaya, se me encomendó cargar junto con otro combatiente, a Camilo, el mismo Camilo que había perdido a su mujer producto de un rocket; èl iba herido producto de una bala.  En el sector de Bello horizonte y del Dorado, Camilo combatió con arrojo; fuè en una de esos combates donde lo alcanzó una bala.  Luego, despuès de la caída de Somoza, no soportando la dolorosa pèrdida de su compañera y agobiado por una psicosis de guerra, Camilo se suicidó a tempranas horas de un amanecer en el mes de agosto del año 1979, en la esculea militar Oscar Turcios Chavarria. En dicha escuela, ubicada en el club de golf Somoza, Camilo era el jefe de nuestro pelotón; días antes de su sucidio, èl ya mostraba una actitud fuera de lo normal, algunas veces reía despuès de darnos alguna orden.  La noche antes de su muerte, se acercó a la camilla donde estaba yo sentado, puso su revolver en mi sien, a lo cual yo espantado, le repliquè que dejara de bromear de esa forma, descargando el tambor del revólver, èl me mostró que estaba sin bala, al día siguiente la detonación de una bala  de esa misma arma acababa con la tragedia que cargaba.

  El avance de la columna, aquella noche de lluvioso junio, fuè difícil y fatigoso, muchos se regresaron a Managua o extraviaron al quedar rezagados en medio de la oscura noche, cayendo en manos de la guardia somocista.  Despuès de recorrer 25 kilómetros, habíamos llegado al sector de Piedra quemada, ya cerca de nuestro destino a Masaya.  Con las primeras luces del amanecer apareció un avón vomitando rockets, haciendo blanco en el grueso de la columna del repliege.  Las ametralladoras en la vanguradia de la columna, trataron de repelerla, pero el maldito avión desaparecía y aparecía, por donde menos se le esperaba.  Los que no llevaban armas, no tenían más alternativa que tirarse al suelo. Pegado al suelo, queriendo que la tierra me tragase, sólo veía cuando el rocket impactaba muy de cerca, con aquel aterrorizante estruendo, y despuès de que el polvasal y humo desaparecía, veía chamuscados los despojos de los infortunados que habían sido impactados.

  Una lluvia empezó a caer, como llorando el cielo por aquella masacre, fuè así que logramos avanzar hacia nuestro destino.  Entre el grupo que avanzábamos rezagados, iban Luisa Amanda Pineda, la misma campesina que había denunciado a la guardia por la múltiple violación que fuè víctima.  Mientras corríamos aprovechando que la lluvia detenía el actuar mortal del avión, nos topamos con cadáveres; al detenernos  para reconocerlos y buscar como sepultarles, me impactaron dos muchachos, que parecían estar vivos, con sus ojos abiertos inquiriendo al cielo. Enterramos a algunos a la sombra de un árbol, dejando una seña para identificar el lugar.

  En el sector de Piedra quemada, tambièn perdimos a Lucy, a la cual había conocido en las noches lluviosas de las barricadas en Bello Horizonte. Dicen que murió pidiendo un balazo, para apurar la muerte, ya que un charnel la desangraba dolorosamente por la vena femoral.

  Luego de llegar a Masaya y descansar en el Instituto Don Bosco, nuestra unidad fuè ubicada en el sector aledaño al fortín del Coyotepe. Allí realizamos vigilancia, resguardando el posible ingreso de la guardia que había quedado y bajaba del fortín. Tambèn por allí tuvimos un encontronazo con la guardia, donde seis combatientes de Managua quedamos despuès extraviados sin saber por donde los guardias nos acechaban.

  Una noche en que dormía en el cuartel, antes de mi turno de posta, "Tita", que dormía al lado mío, me despertó osadamente con tremendo beso en mis labios; para cualquiera de mis compañeros, con aquel celibato rezagado, aquello hubiese sido un premio de los dioses de la guerra, en cambio yo aterrorizado, me di vuelta simulando profundo sueño. Hubiera mejor, deseado como premio, que el mismo Zeus, convertido en águila me raptase como a Ganímedes, llevándome lejos de la muerte que nos acechaba en aquellos días terribles y húmedos de Junio de 1979.

Otto Aguilar
Berkeley, 2/13/2014

Párrafos de "Hojas suelats de un desdiario" -
Imagen: dibujo en acuarela sobre papel, Moscú 1985

  

Thursday, October 31, 2013

Cuentas negras de un rosario.


Embozada en su chal negro, la noche se había desgajado sobre la colina. De su pecho, un prendedor de luna-plata se quitó, dejándolo entre las ramas de un árbol de jenízaro entre cuyas raíces me encontraba agazapado. De esa profunda oscurana reaparecieron como la noche anterior, tres lucecitas al otro lado del río, por donde comenzaba la trocha, avanzando hasta perderse entre el caserío .

La latidera de perros hería el silencio de la noche. Tuti, que posteaba a unos pocos metros de mí, se acercó para susurrarme :
- está chiva esa chochada... y sabès que decía mi abuela?
- que decía tu abuela Tuti?
- puès que los perros ven al diablo en la noche
- no digás pendejadas Tuti, quienes vamos a ver al diablo cuando amanezca seremos nosotros. - Mejor abrí bien los ojos... Mirá, ya las luces desaparecieron!.

En ese momento vinieron a mi memoria las palabras de don Chinto resonando como golpes estentóreos dados dentro de una lata vacía:

- Puej vea amigo, yo le voa contar... ve aquella fila de genízaros, allá por el camino Real, al otro lado del río?...- allá om!, a orillas de caserío, puèj allí mesmito los vi aparecer!, cuando yo ensillaba el caballo para ir a buscar unas pastillas de cuajo a Quilalí... y tantito los víde, que me me les hago como que no, pos me libre diosito de esos desgraciaos!, vella puej amigó!. Eran como treinta rejodidos!...- puej ya le digo, allí mesmito pasaron los chilotes* y a la mañana siguiente estalló la purísima!. *

Una sensación helada me recorrió el espinazo. Chilotes y purísimas se me atragantaron al recordar denuevo a esas horas de la noche, las palabras de don Chinto.

Eran las horas de la vigilancia nocturna, y entonces igual que todas las noches, ese cielo oscuro, nos tragaba e incitaba a lanzar divagaciones nocturnas, cual fugaces constelaciones, hasta perderlas en el infinito oscuro de la nada. Esas divagaciones eran torturantes nostalgias, por el ser querido que habíamos dejado allá en la lejana ciudad, al cual imaginábamos posiblemente, tambièn contemplando desde la ventana de su dormitorio, a las mismas estrellas y a la misma luna que nosostros contemplábamos en las montañas de Quilalí.

El frío nos calaba desde los huesos hasta la misma conciencia. Observo el reloj, cuando faltan cinco minutos para las dos de la madrugada. Hora en que, en el diámetro de mi pupila, comenzaban a danzar los fantasmas del aquelarre de las postas, hora en que toda silueta parece cobrar vida. Tras unas matas de plátano, veo sombras movièndose, pienso para calmarme, que es el viento meciendo las hojas. Y es entonces cuando el alma me queda suspendida de un hilo, y el traqueteo en mi mandíbula aumentado por el frio, unido al temblor en mi estómago, eran las señas de aquella terrible lucha entre el deber y el temor.

- Shiiiii, shiiii.... Sobresaltado, busco apuntando con el fusil el origen de aquel silbido. De un desparpajo de las ramas de un matorral, un pájaro sale volando y le maldigo, por causarme tremendo susto a esas horas!.
Me entran deseos de orinar y me aproximo a un árbol, saco mi pene y me desahogo, por poquito y me orino en los pantalones!. Termino de orinar, un breve espasmódico movimiento del cuerpo me pone la piel de gallina. Con un sorbo de helado cafè que me quedaba en el pocillo, remojo mi garganta tragando el torazón que me provocaba aquella angustiosa posta.

Así transcurrían las noches, como cuentas negras de un rosario hilvanadas a los pelos rubios del sol. De ese bendito sol, bendito por las mañanas cuando calentaba nuestros cuerpos de piel verde olivo. Bendito sol que lúdrico curioseaba en el río Coco, a jóvenes soldados de ensortijadas cabelleras y tupidas barbas; De fornidos biceps y fuertes muslos, producto del trajinar en aquellas agrestes montañas segovianas.

A Tuti, uno de los soldados más jóvenes de la tropa, por ese su carácter de niño juguetón, le sucedían las cosas más inverosímiles como aquella, cuando despuès de lanzarle un beso a una mucha del pueblo de Quilalí, en el preciso instante en que en el camión descapotado que lo transportaba, pasaba debajo de un alambre tendido de extremo a extremo de la calle, el cual dió con el pobre Tuti al suelo, perdiendo uno de sus dientes. Esa fuè la causa de la ventanita que quedó en su dentadura, al lanzar ese beso caro que había regalado a la muchacha de Quilalí.

Un mes de abril en que nuestro batallón descansaba en la hacienda "La mía", propiedad confiscada a Somoza, Tuti y yo fuimos al pueblo de Jalapa, el cual quedaba no muy largo de donde acampábamos. Al recorrer la calle principal del pueblo, con sus casa de tejas de barro color zapote, que asomaban tímidas tras el camuflage de árboles de mango, matas de plátanos y otras frutas tropicales que inundaban con su aroma en aquel tórrido sol norteño, sentíamos regresar a la civilización; esto debido a que llevábamos cuatro meses internados en las montañas, muriendo y resucitando en cada zangoloteo diario en que reventaba la purisima*.

Al pasar frente al bar Sandra, los dos decidimos entrar atraidos por la música que escapaba de la estridente roconola. Allí con nuestras raidas, sucias y verdes epidermis, instalados en un par de taburetes, observábamos con cierta envidia el baile sobaqueado de los parroqueanos. Tuti entusiasmado por la música, quiso invitar a bailar a una muchacha, pero una de las meseras le advirtió que desistiera de su intento, por aquello de que andaba con el uniforme militar y podrían pensar que estaba ingiriendo licor. Entoces avergonzado y frustrado se sentó de nuevo dicièndome:
- que vida mas jueputa èsta!, mientras unos nos vergueamos en el monte, otros se la pasan de lo lindo aquí.
- Ni modo Tut!i - ya habrá tiempo para eso despuès- le dije, dándole unas palmadas en la espalda. Y le propuse:
-Oye!, que te parece si nos compramos escondidos una botella de rón plata?
- Ajá- me contesta- y pensás que estos majes nos la van a dejar zampar?
- Bueno, probemos!... con probar no perdemos nada... mirá allá- le dije señalándole el servicio de varones, sugierièndole tal tentador lugar, para tomar clandestinamente la rón plata.

Y en breve instante estábamos allí con una ron plata en la bolsa del pantalón. El primer trago nos calló como agua bendita!. Y así estuvimos entre la mesa y el servicio de varones y la música que brotaba de la roconola metièndose y salièndosenos hasta por los poros, música que nos ponía a levitar con viejos recuerdos de nuestra despreocupada añorada y lejana vida capitalina.

Sin percatarnos, ya la noche de nuevo se había desgajado toda embosada en su chal negro, andando por todo el pueblo. De regreso a nuestra base, una escasa luz de linterna nos va alumbrando el camino; mientras bromeabamos aligerando el paso, no supimos en que momento habían surgido de un recoveco del camino, dos hombres que interceptan nuestra marcha, uno de ellos toma bruscamente por el cuello de la camisa a Tuti; estaban más ebrios que nosostros, por lo cual sin dejar de apuntarles con el fusil sin el seguro, tratè al inicio de disuadirlos, pero al no obtener repuesta de su parte, como instinto de conservación y no tanto por heroismo, les apuntè decidido. La borrachera se les fue al y entonces desistieron, les dejamos ir , viendo como trastabillaban al caminar, mientras la oscurana de la noche se los tragaba. Tambièn nosotros nos fuimos espantados al.Amaneció con el bendito sol sabijondeándonos como de costumbre, y cumpliendo su rutinario destino, había soltado su larga cabellera dorada al viento, cual andrógino coqueto, envolvièndolo todo con sus pelos rubios.



-Vamos arriba todos!, arriba compas, a formación!. De nuevo suena la orden del día, sórdida en nuestros oídos. La misión de partir es dada, el itinerario a seguir: El Mapa, Palo Alto, la Pita, filo de la Yegua, filo de la Loma, etc, etc., lugares harto conocidos por nuestras gastadas botas. Sólo oirlos mencionar nos provocaba sequedad en la boca, aguijoneando la punzante incertidumbre de salir otra vez vivo de aquellos infiernos segovianos, para contar el cuento. La columna de soldados a lo lejos se fue perdiendo entre los pinos, avanzando alerta y esperando en pausas a veces prolongadas, que el vaqueano y el pelotón de exploración despejaran el camino de posibles emboscadas; todavía aturdido por los acontecimientos de la noche anterior, yo imaginaba lo peor que nos pudo haber pasado a Tuti y a mí, y me sentí culpable por haber arriesgado esa salida nocturna con Tuti. Así seguimos caminando todo el día, hasta que nos cayó la tarde seguida inmediatamente por la noche con su chal negro, obligándonos a acampar en alguna montaña, hasta llegar al punto acordado donde montaríamos la emboscada.

Al día siguiente, en las primeras horas del amanecer, aquel inconfundible disparo del fúsil galil accionado por los contras, daba inicio al aquelarre del mortal combate frontal. Reaccionar controlando los nervios, y la ubicación del enemigo como blanco de la bala certera, en aquellos primeros segundos de vida o muerte, era primordial!; algunos por la experiencia en múltiples combates, lograban tal control, pero aún así el temor a caer en combate siempre iba clavado en la mente de todos por igual. Otros que eran presa del terror, quedaban inmovilizados en ese instante, pegados a la tierrra o deseando enterrarse en sus pozos de tirador.
Unn vèrtigo fugaz y mortal nos envolvía a todos, en un desfalleciente tornado de balas y morteros. Las balas trazaban su mortal itinerario, en búsqueda de las víctimas como ofrendas del día al dios de la guerra. En algunas ocasiones sentí convertirme en una pieza más, del frío fúsil soviètico que cargaba; quizás fuè esa incomprensible reacción, como muchas de las que se suscitan en esos terribles momentos, lo que salvó mi pellejo, como aquella en el Filo de la loma, cuando cargando la ametralladora que Daniel había usado en la toma misma de dicha loma, la accionè descargando toda la cinta que me quedaba, cuando parapetado tras unos pinos trataba de detener el avance de la contra que de nuevo trataba de tomarse aquella loma. Una granada explosiva que detonó cerca de mi, me inmovilizó por breves instantes, hiriendo con un charnel mi hombro derecho, en ese preciso instante un contra que ubicó mi posisión me gritó - de esta no saldrás!- y de nuevo el instinto de conservación se disparó en mi mente, como se dispararon todas las balas que todavía me quedaban en el magazine del fusil que tenía terciado en mi espalda.
Si Polvasal, uno de los soldados más avezados de la compañía, no hubiera regreasado a rescatarme de la inevitable retirada de la loma, ese hubiera sido mi último día, como lo fueron para el resto de soldados que no tuvieron mejor suerte que la mía.

Previo a dicho combate, en la toma de ese Filo de la loma en Macaralí, "Juventud", como le decíamos a Daniel, había caido abatido de un balazo en la frente cuando subía dicha loma. El era el amatralladorista, a quien días antes de su muerte, cuando nos preparábamos para el asalto del Filo de la loma, yo le había pedido me enseñara el manejo de su ametralladora. Entre las piezas que iba mostrándome, me enseñó la carta que su novia le había mandado de Managua, junto con un pañuelo con rosas rojas impresas y la dedicatoria: Te amo!

Despuès del combate, el fuego provocado por las balas incendiarias ofrecían un espectaculo infernal. Los pinos eran antorchas de fuego plantadas en la montaña. Era tan desolador contemplar aquello!. Cuando recuperábamos los cadáveres de nuestros compañeros, de entre las cenizas del sacate quemado, yo escondía mis lágrimas tragándomelas y mis dientes se apretaban tanto como queriendo quebralos.

Luego que la contra fuè desalojada de allí, despuès de que le cayeran los cohetes de las baterías rusas "catiuskas", logramos subir de nuevo a la loma para rescatar los cadáveres de Gabriel, de Mauricio, de cascarita, entre otros. Todavía sus ojos estaban abiertos, como inquiriendo al cielo gris. Sus heridas con la piel morada y el cuerpo ya inflamado. El cadáver de "cascarita" estaba irreconocible, pues al quedar herido en la loma, los contras le prendieron fuego, ellos mismos nos lo gritaban esa noche, por la radio desde la loma, junto con improperios como: - piricuacos de mierdaaa! vengan a buscar a su compa que se está quemando vivo!- Entonces en un penoso silencio, recogimos sus pesados y rígidos cadáveres, les amarrámos sobre las mulas, y les llevámos hasta a una cima donde luego serían recogidos por los papalotes*, para ser llevados a Managua.

A la mañana siguiente se me asigna con mi mi pelotón montar una emboscada, en un sitio fronterizo con Honduras, donde agazapados entre las tumbas de un viejo cementerio esperaríamos a los azules*, lugar que usaban como corredor de entrada, para internarse al territorio. La espera se hacía desesperadamente larga. En esos tensos momentos contemplaba, desde mi parapeto tras una vieja tumba, la salvaje belleza de las montañas segovianas, saturada de una sinfonía de verdes, donde un tenue aroma de pino se mezclaba con efluvios de muerte. Aspirè hondamente, conmovièndose hasta la última FIBRA de mis ser. Entonces pensè en aquellos tensos momentos, que aquellos bucólicos parajes segovianos, que aquellas brumosas montañas ensarradas, flotaban entre algodones asèpticos que cubrían tanta sangre derramada. Pensaba que esos bellos rincones de mi país, habían sido creados no para aquellos terribles escenarios de muerte; sentía en lo más recóndito de mí, que aquella subyugadora belleza de mi tierra, me ofrecía un adagio de despedida, y que sin importar como acabasen mis huesos, esos parajes los recibirían, como ya lo habían hecho con tantos más. Esa sensación, dejaba levitando mi alma en una nostálgica y bucólica despedida- claro! - me decía a mi mismo - ese sentimiento era por la cercanía de la muerte- pues hasta sobre tumbas estábamos esperando al enemigo. Pero la contra nunca apareció en el lugar supuesto, hasta, que al caer la tarde unas detonaciones de fusiles y morterazos, nos indicaban que los azulitos* probablemente informados de nuestro plan, habían evadido la emboscada, penetrando por otro sector para enfrentarse con el resto de nuestra tropa que aguardaba en nuetra retaguardia. Inmediatamente recordè a Tuti, su juvenil rostro con las mejillas rosadas por el frio, apareció sonriente, mostrando el hueco de su dentadura, por donde lanzó aquel beso a la muchacha de Quilalí; Tambièn recordè la parranda que nos habíamos puesto, y despuès el tremendo susto que nos habíamos llevado con aquellos dos contras.

Antes de llegar a ese cementerio, me despedí de èl en su champa improvisada por un capote. Hacía tres días que èl tenía diarrea de sangre, y por esto era parte de los soldados que se habían quedado en el puesto de mando.

-Bueno Tuti - le dije- yo no sè... pero presiento que la cosa está cada vez mas difícil... los latidos de mi corazón me ponían en verguenza ante èl... y me despedí rapidamente antes que mi emoción desbordara por mis ojos. Le entreguè el poco dinero que yo guardaba y partí.

Esa fue la última vez que nos vimos... siempre mi laboratorio memoril ha insistido en querer borrar estos tristes recuerdos y pensar que la vida seguirá indetenible su indolente curso... pues esto sucedió hace muchos años... a veces pienso si en realidad esto no fuè producto de mis delirios insomnes, sin embargo su inocente rostro sigue latente como si lo ví ayer...

De Tuti guardo una página sucia de su improvisado diario, con el dibujo de una mujer desnuda que èl me pidió yo le hiciera y al lado del dibujo con su letra escrito está:- Soy un vulgar por la soledad que se vive en este momento-... y que joden estos sayules sólo porque no me he bañado.
Y al reverso de esa página escrito está con mi letra:
"Tuti murió el seis de mayo de 1983, cuando la contra que estábamos supuestos a emboscar en el sector fronterizo de Las Pampas, había ingresado por otro lugar asestando ese golpe inesperado al puesto de mando, donde entre varios convalescientes se encontraba èl. All morir el acababa de cumplir 16 años.
Hurgando en mi amnèsica memoria, ahora recuerdo lo que me contaron sus compañeros de combate en ese sorpresivo y fatal ataque al puesto de mando en Makaralí ... cuando encontraron el cadáver de Tutí, parte de su ensortijada cabellera y piernas estaban chamuscadas, en el costado izquierdo de su pecho mostraba una cruel herida, que posiblemente acabó con su agonía y su mirada quieta, fija, inquisitiva al cielo quedó.

Tuti así partió hacia Managua y yo seguí en aquellos infiernos segovianos, con mis benditos rubios soles, y con mis postas nocturnas de aquelarres y fantasmas. Noches como cuentas negras de un rosario, hilvanadas a los pelos rubios del sol.

* azules = la contra
*chilotes = así llamados a los contras en sus inicios*purísima = el combate
*papalotes= helicópteros

Otto Águilar

octubre 31, 2013


(Relato de Otto Aguilar - Dibujo: soldado del Batallón Ramón Raudales hecho en 1986)