Friday, October 31, 2014

Bocetos de tiza blanca sobre tinta nocturnal.




Con trazos de tiza blanca, la luna bosqueja inquieta sobre tinta nocturnal, cuerpos semidesnudos que trenzados unos con otros en el camión IFA van. Esboza ojos abiertos a unos, mientras a otros se los cierra. Fugaz semblanza de fiero dolor apaciguado, disfumina en algunos de aquellos rostros.

  De donde venían y para donde iban, lo sabian sólo los escoltas de aquel camión nocturno, que veloz iba en la carretera entre montañas a esas horas de peligrosas emboscadas. De trecho en trecho, en aquel raudo recorrrido, la luna borraba aquel esbozo abstracto de tiza blanca, lo deshacía y rehacía como insegura de haber logrado el estílo expresionista acertado para aquella su obra maestra al filo de la noche.

  Al amanecer, antes de ocultarse la luna acaba su obra, la cual el sol varnizó con dorada laca. Eran 18 soldados, todos jóvenes, algunos con rostros desfigurados, pálidos y exangues, de ojos abiertos con miradas vacías, otros con ojos cerrados. Uno de ellos todavía llevaba sujetando sus mechones negros alrededor de su frente, con un pañuelo rojo y negro; en su pecho se veía una cruel herida que probablemente acabó con su su agonía. Venían de Quilalí e iban para Managua, dijeron los escoltas de aquel camión IFA, con acre olor a muerte.

(Imagen y texto: Otto Aguilar )


El trampolín del Golden Gate.



  Colgando en la lontananza algodonosa de la bahía de San Francisco, el puente Golden Gate luce cual gigante e inocente pieza de Lego color rojo.

  En pasadas ocasiones le había visitado, y siempre su majestuosa estructura me provocaba sudor en las manos por mi fobia a las alturas; caminar cerca del borde peligroso del puente, me provocaba cierta sensación de vulnerabilidad, quizás la misma que pueda experimentar un novato funambulista al avanzar en su cuerda floja desde una altura peligrosa, donde un leve paso en falso sería una segura muerte.

  El puente constantemente estaba atestado de turistas, pero esa tarde era una rara excepción, no había ni un alma!, excepto la mía que arrastraba todavía mi indolente cuerpo, levitando entre los copos de algodonosa neblina que inundaba la zona peatonal y ascendía hasta borrar las altas torres. Densa era la neblina, cual lienzo blanco donde de vez en cuando una leve grisalla verde ocre, esbozaba retazos de verdes montañas que circundan la bahía; ensarrados riscos y montañas, aparecían y desaparecían allí donde el sol lograba penetrar la algodonosa e impoluta nada envolvente.

  Helada ventisca, leves murmullos en medio de un silencio sepulcral me empujaban cual intruso invadiendo un sueño ajeno. Mientras sigiloso avanzaba, observè de súbito entre la zona peatonal en que caminaba a varias mujeres y hombres de diferentes edades, caminaban algunos cabizbajos, otros serenos contemplando hacia abajo las heladas aguas de la bahía.

  Los abocetados peatones aparecían y desaparecían, envueltos en asèpticos copos de algodonosa neblina. Por breve instante, los espectros de estos imprevistos visitantes, se delineaban con mayores detalles a medida que se acercaban hacia mí. Uno de ellos, cuya lánguida mirada de ojos azules, reflejaban el aqua del agua de la bahía, llamó mi atención por la belleza de su jóven y pálido rostro; su estilizada figura cual estatuilla de mármol, inmutable pasó junto a mí en sentido contrario. Un vago presentimiento se prendó de mí, la belleza viril de aquel efebo me hizo volver la mirada en su búsqueda, antes que la nada envolvente se lo tragara. Lo único que logrè alcanzar ver fuè el ágil y preciso momento en que el salto mortal de aquel efebo, iniciaba su fatal descenso de la gigante pieza de color rojo del Golden Gate, a travès de los bordes abismales del puente; en un santiamèn el salto como de un trampolín, cinco segundos de largo camino hacia abajo, repetido innumerables veces en aquel puente, se repitió ante mis impávidos ojos. Corrí hacia el lugar donde èl había saltado para buscar rastro del clavado mortal, hurguè hacia abajo en el vacío, pero incrèdulo notè que no había ninguna seña del suicida, sólo las heladas y quietas aguas de la bahía. Girè mi rostro, y con mis desorbitados ojos busquè al resto de imprevistos peatones en el puente, pero estos ya no estaban; aligerè el paso huyendo aterrorizado, y mientras corría, en mis oídos sonaba estentórea la palabra: SALTA, SALTA, SAAALTA, SAAALTA.... tambièn sentí en el palpitar de mi cerebro pasos acelerados, eran el eco de sus pasos recorriendo los oscuros recovecos y pasillos de mi bóveda craneal. Espantado escapè corriendo, mientras me alejaba y mi abocetada existencia era devorada por la densa neblina, las voces en mis oidos se fueron perdiendo con el murmullo del viento y de las quietas aguas de aquella bahía.

Foto y texto: Otto Aguilar