Friday, May 6, 2011

CUENTAS NEGRAS DE UN ROSARIO.


  Embozada en su chal negro, la noche se había desgajado sobre la colina, de su pecho, un prendedor de luna-plata se quitó, dejándolo entre las ramas de un árbol de jenízaro entre cuyas raíces me encontraba agazapado. De esa profunda oscurana reaparecieron como la noche anterior, tres lucecitas al otro lado del río, por donde comenzaba la trocha, avanzando hasta perderse entre el caserío .

  La latidera de perros hería el silencio de la noche. Tuti, que posteaba a unos pocos metros de mí, se acercó para susurrarme :
- está chiva esa chochada… y sabès que decía mi abuela?
- que decía tu abuela Tuti?
- puès que los perros ven al diablo en la noche
- no digás pendejadas Tuti, quienes vamos a ver al diablo cuando amanezca seremos nosotros. - Mejor abrí bien los ojos… mirá, ya las luces desaparecieron!.

  En ese momento vinieron a mi memoria las palabras de don Chinto resonando como golpes estentóreos dados dentro de una lata vacía:
- Puej vea amigo, yo le voa contar... vè aquella fila de genízaros, allá por el camino Real, al otro lado del río?...- allá om!, a orillas de caserío, puèj allí mesmito los vi aparecer!, cuando yo ensillaba el caballo para ir a buscar unas pastillas de cuajo a Quilalí... y tantito los víde, que me me les hago como que no, pos me libre diosito de esos desgraciaos!, vella puej amigó!. Eran como treinta rejodidos!...- puej ya le digo, allí mesmito pasaron los chilotes* y a la mañana siguiente estalló la purísima!.*
Una sensación helada me recorrió el espinazo. Chilotes y purísimas se me atragantaron al recordar denuevo a esas horas de la noche, las palabras de don Chinto.

  Eran las horas de la vigilancia nocturna, y entonces igual que todas las noches, ese cielo oscuro, nos tragaba e incitaba a lanzar divagaciones nocturnas, cual fugaces constelaciones, hasta perderlas en el infinito oscuro de la nada. Esas divagaciones eran torturantes nostalgias, por el ser querido que habíamos dejado allá en la lejana ciudad, al cual imaginábamos posiblemente, tambièn contemplando desde la ventana de su dormitorio, a las mismas estrellas y a la misma luna que nosostros contemplábamos en las montañas de Quilalí.

   El frío nos calaba desde los huesos hasta la misma conciencia. Observo el reloj, cuando faltan cinco minutos para las dos de la madrugada. Hora en que, en el diámetro de mi pupila, comenzaban a danzar los fantasmas del aquelarre de las postas, hora en que toda silueta parece cobrar vida. Tras unas matas de plátano, veo sombras movièndose, pienso para calmarme, que es el viento meciendo las hojas. Y es entonces cuando el alma me queda suspendida de un hilo, y el traqueteo en mi mandíbula aumentado por el frio, unido al temblor en mi estómago, eran las señas de aquella terrible lucha entre el deber y el temor.

- Shiiiii, shiiii....

   Sobresaltado, busco apuntando con el fusil el origen de aquel silbido. De un desparpajo de las ramas de un matorral, un pájaro sale volando y le maldigo, por causarme tremendo susto a esas horas!.

   Me entran deseos de orinar y me aproximo a un árbol, saco mi pene y me desahogo, por poquito y me orino en los pantalones!. Termino de orinar, un breve espasmódico movimiento del cuerpo me pone la piel de gallina. Con un sorbo de helado cafè que me quedaba en el pocillo, remojo mi garganta tragando el torazón que me provocaba aquella angustiosa posta.

   Así transcurrían las noches, como cuentas negras de un rosario hilvanadas a los pelos rubios del sol. De ese bendito sol, bendito por las mañanas cuando calentaba nuestros cuerpos de piel verde. Bendito, cuando me invitaba a curiosear la libertad de desnudos soldados, chapoteando en el río Coco cuales jóvenes atenienses de ensortijadas cabelleras y tupidas barbas; de fornidos biceps y fuertes muslos, producto del trajinar en aquellas agrestes montañas segovianas.

   Tuti, uno de los soldados más jóvenes de la tropa, era quien esclavizaba mis ojos a su rostro; procurando bañarme no muy cerca de èl, observaba entre discretas y atrevidas miradas, cada centimetro de aquel joven y enèrgico cuerpo, con el que los dioses del olimpo lo habían soplado divinamente hasta este inmisericorde rincón del mundo.

   Ah!, como disfrutaba al contemplar su grácil y despreocupada juventud. Por su carácter de niño juguetón, le sucedían las cosas más inverosímiles como aquella, cuando despuès de lanzarle un beso a una mucha del pueblo de Quilalí, en el preciso instante en que en el camión descapotado que lo transportaba, pasaba debajo de un alambre tendido de extremo a extremo de la calle, el cual dió con el pobre Tuti al suelo, perdiendo uno de sus dientes delanteros. Esa fuè la causa de la ventanita que quedó en su dentadura, al lanzar ese beso caro que había regalado a la muchacha de Quilalí.

   Aunque yo mostraba mi simpatías hacia èl, dándole a en tender que le apreciaba más allá de la camadería soldadesca, yo trataba de disimular la intensa atracción que el ejercía sobre mí. Había ganado su confianza y esto me hacía feliz.

   Un mes de abril en que nuestro batallón descansaba en la hacienda "La mía", propiedad confiscada a Somoza, Tuti y yo fuimos al pueblo de Jalapa, el cual quedaba no muy largo de donde acampábamos. Al recorrer la calle principal del pueblo, con sus casa de tejas de barro color zapote, que asomaban tímidas tras el camuflage de árboles de mango, matas de plátanos y otras frutas tropicales que inundaban con su aroma en aquel tórrido sol norteño, sentíamos regresar a la civilización; esto debido a que llevábamos cuatro meses internados en las montañas, muriendo y resucitando en cada zangoloteo diario en que reventaba la purisima*.

   Al pasar frente al bar Sandra, los dos decidimos entrar atraidos por la música que escapaba de la estridente roconola. Allí con nuestras raidas, sucias y verdes epidermis, instalados en un par de taburetes, observábamos con cierta envidia el baile sobaqueado de los parroqueanos. Tuti entusiasmado por la música, quiso invitar a bailar a una muchacha, pero una de las meseras le advirtió que desistiera de su intento, por aquello de que andaba con el uniforme militar y podrían pensar que estaba ingiriendo licor. Entoces avergonzado y frustrado se sentó de nuevo dicièndome:
- que vida mas jueputa èsta!, mientras unos nos vergueamos en el monte, otros se la pasan de lo lindo aquí.
- Ni modo Tut!i - ya habrá tiempo para eso despuès- le dije, dándole unas palmadas en la espalda, palmadas que más bien querían ser apasionadas caricias. Y le propuse:
-Oye!, que te parece si nos compramos escondidos una botella de rón plata?
- Ajá- me contesta- y pensás que estos majes nos la van a dejar zampar?
- Bueno, probemos!... con probar no perdemos nada... mirá allá- le dije señalándole el servicio de varones, sugierièndole tal tentador lugar, para tomar clandestinamente la rón plata.

   Y en breve instante estábamos allí con una ron plata en la bolsa del pantalón. El primer trago nos calló como agua bendita!. Y así estuvimos entre la mesa y el servicio de varones y la música que brotaba de la roconola metièndose y salièndosenos hasta por los poros, música que nos ponía a levitar con viejos recuerdos de nuestra despreocupada y lejana vida capitalina. Yo estaba algo mareado, y en una de esas fuimos al servicio juntos, y mientras yo me echaba un trago de rón, èl se dispuso a sacarle agua al "pajarito". Y que pajarito ni que nada!, si estaba dotado el mozo èste, de una hermosa y robusta paloma que sujetaba con su mano izquierda; para que quise más!, la mía se alborotó y quiso salir volando de su jaula. Un cosquilleo me recorría de arriba abajo, las manos me sudaron heladas y la boca se me hizo agua. Todas mis hormonas alborotadas, querían allí mismo desahogar los largos días de celibato forzado. De pronto abren la puerta del servicio, otro parroqueano entra apurado a hacer sus nececidades, dando al traste con mi èxtasis.

   Sin percatarnos, ya la noche de nuevo se había desgajado toda embozada en su chal negro, andando por todo el pueblo. De regreso a nuestra base, una escasa luz de linterna nos va alumbrando el camino; mientras bromeabamos aligerando el paso, no supimos en que momento habían surgido de la oscurana dos hombres que interceptan nuestra marcha, uno de ellos toma bruscamente por el cuello de la camisa a Tuti; llevaban sendas granadas de mano y estaban más ebrios que nosostros, por lo cual sin dejar de apuntarle con el fusil sin el seguro, tratè al inicio de disuadirlos, pero al no obtener repuesta de su parte, como instinto de conservación y no tanto por heroismo, apuntè decidido y les advertí:
- jueputa soltalo o nos vamos todos!
La borrachera se les fue al carajo y entonces desistieron, les dejamos ir , viendo como trastabillaban al caminar, mientras la oscurana de la noche se los tragaba. Tambièn nosotros nos fuimos espantados al carajo.

   A la mañana siguiente, el bendito sol comenzaba a sabijondearnos como de costumbre, y cumpliendo su rutinario destino, había soltado su larga cabellera dorada al viento, cual andrógino coqueto, envolvièndolo todo con sus pelos rubios.

  -Vamos arriba todos!, arriba compas, a formación! - De nuevo suena la orden del día, estentórea, sórdida en nuestros oídos. La misión de partir es dada, el itinerario a seguir: El Mapa, Palo Alto, la Pita, filo de la Yegua, filo de la Loma, etc, etc., lugares harto conocidos por nuestras gastadas botas. Sólo oirlos mencionar nos provocaba sequedad en la boca, y de nuevo en la cabeza aguijoneaba la punzante incertidumbre de salir otra vez vivo de aquellos infiernos segovianos, para contar el cuento. La columna de soldados a lo lejos se fue perdiendo entre los pinos, avanzando alerta y esperando en pausas a veces prolongadas, que el vaqueano y el pelotón de exploración despejaran el camino de posibles emboscadas; todavía aturdido por los acontecimientos de la noche anterior, yo imaginaba lo peor que nos pudo haber pasado a Tuti y a mí, y me sentí culpable por haber arriesgado esa salida nocturna con Tuti. Así seguimos caminando todo el día, hasta que nos cayó la tarde seguida inmediatamente por la noche con su chal negro, obligándonos a acampar en alguna montaña, hasta llegar al punto acordado donde montaríamos la emboscada.

   Al día siguiente, en las primeras horas del amanecer, aquel inconfundible disparo del fúsil galil accionado por los contras, daba inicio al aquelarre del mortal combate frontal. Reaccionar controlando el nervio, y la ubicación del enemigo como blanco de la bala certera, en aquellos primeros segundos de vida o muerte, era primordial!; algunos por la experiencia misma en múltiples combates, lograban tal control, pero aún así el temor a caer en combate siempre iba clavado en la mente de todos por igual. Otros que eran presa del terror, quedaban inmovilizados en ese instante, pegados a la tierrra o deseando enterrarese en sus pozos de tirador. Todo un vèrtigo fugaz y mortal nos envolvía a todos, en un desfalleciente tornado de balas y morteros. Las balas trazaban su mortal itinerario, en búsqueda de las víctimas como ofrendas del día al dios de la guerra. En algunas ocasiones sentí convertirme en una pieza más del frío fúsil soviètico AKM que cargaba, quizás fuè esa incomprensible reacción, como muchas de las que se suscitan en esos terribles momentos, lo que salvó mi pellejo, como aquella en el filo de la loma, cuando cargando la ametralladora que Daniel había usado en la toma misma de dicha loma, la accionè descargando toda la cinta que me quedaba, cuando parapetado tras unos pinos trataba de detener el avance de la contra que de nuevo trataba de tomarse la loma. Una granada explosiva que detonó cerca de mi, me inmovilizó por breves instantes, hiriendo con un charnel mi hombro derecho, en ese preciso instante un contra que ubicó mi posisión me gritó - hijo de puta de esta no saldrás!- y de nuevo el instinto de conservación se disparó en mi mente, como se dispararon todas las balas que todavía me quedaban en el magazine del fusil que tenía terciado en mi espalda.

   Si Polvasal, uno de los soldados más arrojados de la compañía, no hubiera regreasado a rescatarme de la retirada de la loma, ese hubiera sido mi último día, como lo fueron para el resto de soldados que no tuvieron mejor suerte que la mía.

   Previo a dicho combate, en la toma de ese Filo de la loma en Macaralí, "juventud", como le decíamos a Daniel, había caido abatido de un balazo en la frente cuando subía dicha loma. El era el amatralladorista, a quien días antes de su muerte, cuando nos preparábamos para el asalto del Filo de la loma, yo le había pedido me enseñara el manejo de su ametralladora. Entre las piezas que iba mostrándome, me enseñó la carta que su novia le había mandado de Managua, junto con un pañuelo con rosas rojas impresas y la dedicatoria: Te amo!

   Despuès del combate, el fuego provocado por las balas incendiarias ofrecían un espectáculo infernal. Los pinos eran antorchas de fuego plantadas en la montaña. Era tan desolador contemplar aquello!. Cuando recuperábamos los cadáveres de nuestros compañeros, de entre las cenizas del sacate quemado, yo escondía mis lágrimas tragándomelas y mis dientes se apretaban tanto como queriendo quebralos.

   Luego que la contra fuè desalojada de la loma, despuès de que le cayeran los cohetes de las baterías rusas "catiuskas", logramos subir de nuevo para rescatar los cadáveres de Gabriel, de Mauricio, de cascarita, entre otros. Todavía sus ojos estaban abiertos, como inquiriendo al cielo gris. Sus heridas con la piel morada y el cuerpo ya inflamado. El cadáver de "cascarita" estaba irreconocible, pues al quedar herido en la loma, los contras le prendieron fuego, ellos mismos nos lo gritaban esa noche, por la radio desde la loma, junto con improperios como: - piricuacos de mierdaaa! vengan a busca a su compa que se está quemando vivo!- Entonces en un penoso silencio, recogimos sus pesados y rígidos cadáveres, les amarrámos sobre las mulas, y les llevámos hasta a una cima donde luego serían recogidos por los papalotes*, para ser llevados a Managua.

   A la mañana siguiente, se me asigna con mi mi pelotón montar una emboscada en un sitio llamado las Pampas, fronterizo con Honduras, donde agazapados entre las tumbas de un viejo cementerio esperaríamos a los "azulitos"*, que usaban como corredor de entrada para internarse al territorio. La espera se hacía desesperadamente larga. En esos tensos momentos contemplaba, desde mi parapeto tras una vieja tumba, la salvaje belleza de las montañas segovianas, saturada de una sinfonía de verdes, donde un tenue aroma de pino se mexclaba con efluvios de muerte. Aspirè hondamente, conmovièndose hasta la última fibra de mis ser. Entonces pensè en aquellos tensos momentos, que aquellos bucólicos parajes segovianos, que aquellas brumosas montañas ensarradas, flotaban entre algodones asèpticos que cubrían tanta sangre derramada. Pensaba que esos bellos rincones de mi país, habían sido creados no para aquellos terribles escenarios de muerte; sentía en lo más recóndito de mí, que aquella subyugadora belleza de mi tierra, me ofrecía un adagio de despedida, y que sin importar como acabasen mis huesos, esos parajes los recibirían, como ya lo habían hecho con tantos más. Esa sensación, dejaba levitando mi alma en una nostálgica y bucólica despedida- claro! - me decía a mi mismo - ese sentimiento era por la cercanía de la muerte- pues hasta sobre tumbas estábamos esperando al enemigo. Pero la contra nunca apareció en el lugar supuesto, hasta, que al caer la tarde unas detonaciones de fusiles y morterazos, nos indicaban que los azulitos probablemente informados de nuestro plan, habían evadido la emboscada, penetrando por otro sector para enfrentarse con el resto de nuestra tropa que aguardaba en nuetra retaguardia. Inmediatamente recordè a Tuti, su juvenil rostro con las mejillas rosadas por el frio, apareció sonriente, mostrando el hueco de su dentadura, por donde lanzó aquel beso a la muchacha de Quilalí; tambièn recordè la parranda que nos habíamos puesto, y despuès el tremendo susto que nos habíamos llevado con aquellos dos contras.

   Antes de llegar a ese cementerio, me despedí de èl en su champa improvisada por un capote. Hacía tres días que èl tenía diarrea de sangre, y por esto era parte de los soldados que se habían quedado en el puesto de mando. -Bueno Tuti - le dije- yo no sè... pero presiento que la cosa se esta poniendo cada vez mas difícil... a donde me mandan hay muchas probabilidades que tengamos otras bajas- ... los latidos de mi corazón me ponían en verguenza ante èl, al sofocar mi respiración, y me despedí rapidamente antes que mi emoción desbordara por mis ojos. Le entreguè el poco dinero que yo guardaba y partí.

  Esa fue la última vez que nos vimos... siempre mi laboratorio memoril ha insistido en querer borrar estos tristes recuerdos y pensar que la vida seguirá indetenible su curso, a pesar de ellos... pues esto hace años ya que sucedió... a veces pienso, si en realidad esto no fuè producto de mis delirios insomnes, sin embargo su angelical rostro sigue latente como si lo ví ayer...

   De Tuti guardo una página sucia de su improvisado diario, con el dibujo de una mujer desnuda que èl me pidió yo le hiciera y al lado del dibujo con su letra escrito está:
- Soy un vulgar por la soledad que se vive en este momento-... y que joden estos sayules sólo porque no me he bañado.  Y al reverso de esa página escrito está con mi letra:
"Tuti murió el seis de mayo de 1983, cuando la contra que estábamos supuestos a emboscar en el sector fronterizo de Las Pampas había ingresado por otro lugar asestando ese golpe inesperado al puesto de mando, donde entre varios convalescientes se encontraba èl. All morir el acababa de cumplir 16 años.

   Hurgando en mi amnèsica memoria, ahora recuerdo lo que me contaron sus compañeros de combate en ese sorpresivo y fatal ataque ... cuando encontraron su cadáver, parte de su ensortijada cabellera y piernas estaban chamuscadas, en el costado izquierdo de su pecho mostraba una cruel herida, que posiblemente acabó con su agonía y su mirada quieta, fija, inquisitiva al cielo quedó.

   Tuti así partió hacia Managua y yo seguí en aquellos bellos infiernos segovianos, con mis benditos rubios soles, y con mis postas nocturnas de aquelarres y fantasmas. Noches como cuentas negras de un rosario, hilvanadas a los pelos rubios del sol.

*chilotes = así llamados a los contras en sus inicios
*purísima = el combate
*papalotes= helicópteros
*azulitos = los contras






































































Thursday, February 10, 2011

Éxodos e inquisiciones.




"Y saber que estoy aquí de paso, y que debo alegrarme de que así sea, 
que este sitio que es mi tierra, que este paisaje que es mi mundo, 
el único mundo que reconozco como mío, sea precisamente el lugar 
donde no pueda vivir y donde solo pueda venir de visita y como extranjero..." 
                                                                                     Reinaldo Arenas

  -Solo cuentos sos vos!, le espetaba escupièndole las palabras en el rostro, un incrèdulo contertulio a su compañero de mesa. Los dos eran personajes de esas pinturas de la post guerra del pintor alemán Otto Dix, que trasnochaban en aquel arrabal perdido entre oscuras calles, atestado de mustios inmigrantes, ajadas  prostitutas, desdentados y enajenados drogadictos, ebrios y travestidos que resucitaban en su senectud a la Greta Garbo, a la Rita Hayworth, entre otras luminarias de un glamuruso pasado. 

   Aquello era un pandemónium de esperpentos, garabatos del infortunio, fetos de abortadas revoluciones, funambulistas saltando de frontera en frontera, insomnes de pesadillas latinoamericanas, rusas, cubanas, nicaragüenses, africanas y europeas en la decadencia del siglo XX; víctimas de dos sistemas económicos antagónicos: capitalismo y socialismo, en sus mejores tiempos cuando cada uno de ellos y en sus respectivos países, defendían a capa y espada sus ideas políticas enfrentándose a muerte, y ahora se contaban sus cuitas, cada uno autocensurando o inventándole nuevos detalles al cuento de acuerdo al interlocutor de turno.


   A esos arrabales como tumores ribeteando la ciudad, acudían todos aquellos solitarios espectros uniformados por la miseria, a buscar refugio allí donde ya no había ninguna esperanza más que la de encontrar a alguien con el cual revolcarse en una noche de embriaguez, rumiando penas que metamorfoseaban en crueles chistes de explosivas carcajadas. 


   Todas las tardes, cual sonámbulo, Ricardo arrastraba sus pasos a ese bar, sórdido refugio, despuès de escapar del tedioso trabajo diario para pagar su renta, olvidándose de las pinturas de su serie de
"Éxodos" que inconclusas  languidecían levitando en las paredes de su estudio, en espera de su tiempo libre e inspiración.

   En la crisis económica estadounidense que recordaba la gran depresión de los años treinta, el arte era un lujo menos asequible de lo que reciéntemente había sido, y ese lujo ya no se lo podían dar aquellos que habían venido adquiriendo sus pinturas desde hacía quince años cuando èl había emigrado de Nicaragua. En realidad todavía èl no podía quejarse de su suerte,  acostumbrado a vivir solo, y sólo con lo básico, la agudización de la crisis no le llevaba a fatales decisiones. A cambio de borrarse del mapa, se perdía en èl, sumergièndose en sus oscuras zonas, allí donde pululaban aquellos seres convocados por el infortunio. Algunos de ellos le traían recuerdos de aquella Sebastiana nicaragüense, de aquel pavo real coqueto que caminaba por las calles de Managua, todo emperifollado en su papel de mártir gozoso de su metamorfosis. De todos aquellos asiduos al bar , Ricardo aprendería a sobrellevar con estoicismo los malos tiempos y sus limitaciones, aprendería a ahuyentar el dolor con la carcajada, a convertir la rabia en ironía, a travestirse de cinismo ante los novatos y creyentes de nuevos mesianismos, mesianismos que la historia repetía una y otra vez, como trampa para incautos y aprendices. Quizás en la soledad de su estudio, entre fotos de familia lamidas por el tiempo, mudas y perplejas, que le seguían con la vista desde la pared de su estudio donde colgaban, quizás solo entre cartas releídas, manoseadas y olfateadas, como queriendo encontrar el olor que pincha dolorosamente el recuerdo, quizás sólo entre vetustos libros con dedicatorias de sus autores habitantes ya de un más allá inalcanzable, era cuando Ricardo volvía a ser vulnerable, cuando trataba de convocar el recuerdo como bálsamo ante el indiferente olvido. 


   Ricardo repetía una y otra vez, que obligado a emigrar ilegalmente de Nicaragua sólo se había despedido de su hermano y amigos enterrados en el cementerio Perifèrico de Managua. Atrás dejaba una revolución muerta y enterrada, como enterrados estaban su hermano y sus amigos reservistas inmolados por los caciques de penacho rojinegro, en los batallones de la guerra de los años 80's.  Dejaba al pueblo pequeño convertido en infierno grande, donde la elite de los revolucionarios Sandinistas en el poder, eran como aquellos muñecos de paja que el general Sandino había dejado en el cerro del Chipote, como estrategia para engañar al enemigo.


  Sí!, sólo eso era lo que había quedado despuès de que se terminaran todas aquellas guerras. Sólo monigotes habían quedado de los viejos guerrilleros. Los monigotes menos afortunados, ahora por medio de soplos divinos, hambrientos pululaban en polvorientas calles, arremolinándose en rotondas con salmos y oraciones alrededor de imágenes de vírgenes que amanecían milagrosamente bañadas en sangre. Y de los guerrilleros afortunados que habían tomado el poder, sólo quedaba un fuerte consorcio de nuevos ricos aliados con los viejos ricos. 

   Al unísono, como un coro desafinado, el cuento de cada emigrante en aquella taberna siempre era el mismo, aunque matizado con diferentes detalles, producto del etílico elixir que anegaba las neuronas. 


   Entre los asiduos a aquella taberna, hediondo mingitorio, había una vieja bailarina rusa que había huido de la revolución bolchevique y que en París había envejecido esperando el regreso del zarismo a la Rusia de Lenin. Abandonada a su suerte, ella había de nuevo emigrado hasta donde ahora se encontraba. Ella era Celina, quien de vez en cuando había posado para Ricardo, intentando con dificultad retomar aquellas poses clásicas de bailarina que la hacían remontar a sus mejores tiempos. Aquellos tiempos cuando su elástico y estilizado cuerpo encorsetado vibraba siguiendo el ritmo de las notas del ballet El Lago de los Cisnes. Celina había emigrado a París muy jovencita, con los ballets rusos de Diaguiliev. Muchas veces había estado  en medio de las trifulcas que se armaban por los celos entre èste y su amante preferido, el  primer bailarín Nijinsky.  En muchas ocasiones ella había abogado por Nijinsky ante Diaguiliev, cuando èste le había cerrado todas las puertas a su carrera de bailarín, en cruel venganza por haberlo abandonado por una bailarina. Años despuès acabaría loco el desdichado Nijinsky, uno de los más destacados bailarines del ballet imperial ruso. 


   Esta historia se la había contado Celina a Ricardo, con quebrada voz y con ojos turbios de un azul grisáceo, mientras posaba para èl.  Escuchándola, Ricardo recordaba a ese genial y loco escritor llamado Gogol, cuyo triste final se asemejaba al de Nijinski. La tragedia hermanaba a Nijinsky con el escritor Gogol, para quienes el precio de la genialidad había sido la locura. El atormentado bailarín se habría de refugiar en las faldas de su esposa Romola, tratando de olvidar aquellas pasiones prohibidas y atormentadas que había sentido por el impetuoso empresario de las artes rusas, Serguèi Diaguiliev; mientras tanto Gogol, autor de "Las almas muertas", aquejado de muchos males y de sentimientos pecaminosos, manipulado por un fraile fanático, en sus últimos días se refugiaba  en la religión. Dominado  por el mismo fraile se sometió a múltiples y torturantes penitencias, como aplicarle sanguijuelas a su concupiscente y esquelètico cuerpo al que no había dado quizás la caricia con que el placer del pecado nefando le atormentaba. Gogol moriría arrepintièndose y renegando de la obra por èl escrita, obra que habría de influenciar al mismo Dostoievsky, quien afirmaría que todos los escritores rusos despuès de Gogol, habían surgido de su cuento El Capote.


   Quizás todos los que allí pululaban en aquel mingitorio de inmigrantes trasnochados, habían en realidad escapado de los cuentos de Gogol, pues sólo cuentos eran todos, y en puro cuento de almas muertas como la de Gogol se habían convertido. Puro cuento de esperpentos eran, garabatos garabateando su variopinto pasado, escapándose como sobrevivientes de capitulos inconclusos del cuento de sus vidas.


Otto Aguilar.  - Berkeley - 2/10/2011 

Imagen: Éxodos III. - Pintura acrílica sobre papel - 40 x 40" - Berkeley 2007

Thursday, December 16, 2010

La carne que tienta con sus frescos racimos en el Vaticano.



  Miguel Angel Buonarroti gozaría con el show de acróbatas del vaticano, en los finales de la primera dècada del s. XXI; èl se deleitaría en la contemplación y en los deseos de acariciar sus cuerpos como acariciaba sus esculturas, como palpando "la carne que tienta con sus frescos racimos" y, magistralmente desde su andamio tomaría apuntes de las viriles anatomías y contorsiones, mientras aplica sus últimos toques (y toqueteadas) a los torsos, pectorales y vergas de sus desnudos del juicio final. Tambièn reiría malicioso al ver las caras de estupor de los cardenales y del papa mismo, sabiendo que muchos de ellos se estarían refocilando de gusto y, escondiendo bajo sus sotanas las concuspicentes erecciones y eyaculaciones.

Otto Aguilar
Berkeley, 12/16/2010

Tuesday, June 15, 2010

BU(R)LAS Y CELIBATOS ENSALIVADOS.


Aquellos monaguillos demasiados precoces, cayeron sobre el chavalo del bonete de cabeza de pescado, arrastrándolo hasta debajo de una gran mesa de la sacristía, y en la penumbra, escondidos por el largo mantel, desenfrenaron sus púberes libidos. A Farnesio, el del bonete cabeza de pescado más rigioso, le correspondió el primer turno de entregarse a los otros, y como le encantaba subirse las enaguas púrpuras, ni corto ni perezoso, encantado se las subió. Mientras el otro, León X, con los ojos en blanco y babeándose, se refocilaba en las posaderas de Farnesio, Bonifacio,  atragantándose de vino con boquitas de hostia, esperaba bobalicón y ansioso, apurando al otro para que le cediera su turno en aquel lujurioso sacro juego.

Despuès de tremendo desenfreno, despuès de que cabalgaron el uno al otro, turnándose hasta la saciedad, los tres quedaron exhaustos, jadeantes, sudados y hechos una solemne cochinada!; el atuendo de Farnesio ya era de color marrón con manchas blancas y cafè, y su mitra cabeza de pescado,todo abollado daba lástima!.

Los tres habían encontrado aquel juego tan delicioso, que le cogieron tal rigio, y juraron que seguirían jugándolo el resto de sus días con la fruición de la pubertad, cuando descubre el árbol del bien y del mal... a pesar de que en el catecismo les habían arengado de que sólo los buenos y castos se iban al cielo; pero Farnesio, León X y Bonifacio, preferían en lugar de irse al aburrido cielo de las abuelas, irse debajo de la mesa enmantelada y en penumbra de la sacristía, a refocilarse en la gloria de sus sacros juegos sexuales, mientras se bebían el vino consagrado con boquitas de ostias.

Ya adultos, habiendo practicado suficiente debajo de la mesa, este trío de vicarios en ciernes, jugarían a diáconos, a cardenales y a "papas" en el palacio de Pedro el pescador. Fue así que Farnesio, despuès de fornicario precoz, optó rigiosamente en su turno de "santísimo papa", por levantarle las enaguas a cuanta fèmina se le pusiese enfrente, en los corredores y alcobas del palacio de Pedro, donde se "paseaba como Pedro en su casa". Celoso de que otros se le fueran arriba en sus rigiosos desahogos, promulgó su edicto del "celibato-salibazo" que ordenaba que ningún varón de su grey, levantaría más enaguas a ninguna fèmina, despuès de èl. El edicto en lugar de refrenar la lujuria de su ganado, promovería las orgías más solapadas y por ello más lujuriosas de aquel sacro palacio, desatándose desde entonces en ese sagrado recinto y sus sucursales, un gusto y un culto por el sexo púber; tanto así, que uno de esos compinches cardenales, al ser eregido papa, inmediatamente nombraría cardenal a su amante de 13 años de edad, que había recogido en la calle.

Otros edictos, junto con otras millonarias y sagradas bu(r)las papales, les fueron inspiradas a estos eminencias, por el espíritu santo, que en forma de paloma blanca bajaba y se posaba en sus calvas testas, y ahí los cagaban, igual que las palomas de las plazas se cagan al posarse en las cabezas de los próceres o hèroes. Y así parece haber sucedido, con todos estos santos vicarios de Cristo: iluminados con la cuita que la paloma del espritu santo les cagaba en sus calvas testas. Esas bulas les fueron inspiradas según Jean Genet, cuando sentados en sus bacinicas de oro, sentían como esa materia caliente les bajaba por sus vísceras, inundando al evacuar con ese fètido acre olor de sus heces, la recámara pontificial, que ni el incienso más fino podía aplacar.

El otro León X, aprendió en sus malabares, a sacarle el real a cualquiera de los que asaban en la hoguera acusados de herejes, a cualquier mentecato que les besaba devotamente el anillo de la mano, o a cualquier beata rica, rica de cama y de jollas; incluso según cuenta uno de sus cardenales, que una vez en medio de tremenda borrachera, con vino consagrado y opíparas viandas de boccato di cardinale, ahogándose a carcajadas en su gula, le confesó que: "buen negocio les había resultado ese cuento del crucificado".

En cuanto a Bonifacio, como fuè tan bueno y tan santo!, como suelen ser los vicarios del palacio sagrado,  para su grey, dicen que el Dante para eternizarlo, le organizó tremenda recepción en el el octavo anillo del "Infierno"; ahí lo zampó patas arriba en un túnel, donde cada uno de esos papas al morir, iban refundiendo al que le antecedía.

Así acabaron todos estos Vicarios de cristo, refundièndose el uno al otro hasta en el mismo infierno del Dante!.

Wednesday, May 19, 2010

Retratos con pupilas insomnes.


"Oh sí, cantábamos todos
otra vez, que movimiento,
que revolución de soles
en el alma! Sonrieron
rostros de muertos amigos
saludándome a lo lejos
borrosos- pero què jóvenes,
que jóvenes sois los muertos!"

Jaime Gil de Biedma


Corría el año de 1986. En el mes de Julio yo realizaría unos retratos de combatientes del batallón Ramón Raudales, con los cuales montaría mi primera exposición, en la pequeña galería "El molejón" ubicada en el mercado Roberto Huembes, en Managua.

Esos días, en las montañas con el batallón, volví a vivir el aquelarre de las postas al filo de la media noche, la tensa espera de la emboscada con el frío mordiendo desde los tuètanos hasta la misma conciencia, conciencia que añoraba la seguridad y comodidad de la capital. Fueron amaneceres de èxtasis, donde un abrasador sol daba brochazos dorados-anaranjados sobre verdes oxidadas montañas, logrando por breves instantes trascender aquellos infiernos segovianos de la guerra, y entonces la vida pretendía lucir bella en todo su esplendor ante nuestras insomnes pupilas.


Quizás recorrí los mismos caminos, crucè los mismos ríos y parajes que mi hermano Daniel había recorrido con el mismo batallón donde èl combatiera como jefe de operaciones. Partí hacia las montañas algodonosas de Jinotega con el batallón, desde el hospital militar de Apanás donde èl había muerto a la edad de 24 años, hacía una semana.

Aprovechando los momentos de descanso o de postas de los soldados, ponía a un lado mi fusil y sacaba los lápices grafito, las tizas pastel y los papeles que cuidadosamente cargaba en mi mochila, cual reportero de guerra con su cámara fotográfica. El arabesco de línea fluida, las sombras y las luces apresuradas, esbozaban aquellos jóvenes rostros, no marcados todavía como yo, por la decepción en la utopía de aquel proceso revolucionario que se aferraba con dientes y garras. Entre las breves pausas mientras dibujaba, inevitables surgían los temas de conversación que afloraban entre soldados, en aquellos parajes abandonados de cualquier gracia divina:  - que cuantos hermanos eran en su familía... que quizá èl estaba vivo por las oraciones de la madre,  mostrándome a la vez, fotos de la madre o de la novia, que llevaban como amuletos contra las adversidades, o como estímulo para soportar los terribles soles en las cansadas y tensas caminatas, o para soportar las frías postas insomnes, y lo peor, para sobreivir del combate fatal con la contrarrevolución.

Cuando dejè el batallón, no sólo llevaba conmigo esos retratos de combatientes hechos a golpes de camino, entre veredas al acampar, o a la orilla del fogón, al amanecer, esperando el pocillo de cafè negro y apartando con la gorra los sayules. No sólo los retratos de estos jóvenes soldados llevaba, sino tambièn todas aquellas historias que me contaron, historias cargadas de coraje, de rabia, de nostalgia, y de la inevitable incertidumbre de regresar vivo a Managua o en un ataúd, el cual se le pedía a la familia muchas veces no abrir. Tambièn llevaba conmigo de regreso, aquellas anècdotas de mi hermano en los azares del feroz combate, anècdotas que èl no compartiera con la familia, en sus pases libre a Managua, pues la modestia era parte de su carácter.

En Septiembre de ese mismo año, morían en Pantasma víctimas de una emboscada, el jefe del batallón junto con dos de sus guardaespaldas; uno de ellos era un soldado estiliano al cual yo había retratado. Y muy probablemente hubieron otros de esos soldados, que tambièn corrieron la misma suerte y a los cuales esbocè su posible último retrato.

Algo me hace pensar y ser un poco superticioso, ahora en el recuerdo de esa exposición ya lejana, y es que tambièn acuden a mi memoria los dos amigos pintores que me ayudaron a colgar estos retratos a la pared en aquel tramo del Huembes, convertido en pequeña galería: Oscar Rodriguez y Boanerges Cerrato, quienes al final brindaron conmigo con unas jícaras de helado tiste; amigos que tambièn hace ya algunos años han partido en ese viaje sin retorno.

Desempolvando estos recuerdos, reflexiono en lo frágil de nuestras vidas, y lo pasajero y fútil de nuestras utopías, que van devorando tantos fulgores!.







Otto Aguilar
 Berkeley -  5/19/10, 11:50 AM

Thursday, May 13, 2010

Atando cabos de funambulista.



Atando cabos de funambulista,
entre grito de niño recien parido
y estertor de hombre que muere,
lapso de hilvanado hastío
con pausas de breves crescendos que,
deshacen nudos y suscitan pregunta fatal
de ojos en blanco mirando hacia adentro,
tras la erizada piel hollada por sonámbulos,
como la tierra hollada por humanos.

Atando cabos
cuando giramos con el planeta,
como funambulistas temerosos de caer
de la cuerda floja levitando en espacios,
donde el ayer siempre habita
y el deja vu nos aguarda con sus repetidas poses,
hace nudo en la garganta y enturbia los vítreos ojos,
que reflejan aparente vida
cual espejo arrojando nuestra mutante imagen.

Atando cabos de funambulista,
entre paranoicas palabras,
cual bandadas de golondrinas al caer la tarde,
sobre texturas sarrosas de estridentes soles que,
han iluminado y quemado
milenarias y sonámbulas civilizaciones,
arrumbando sus majestuosos palacios.

Atando cabos
de equilibrista en la cuerda floja de mi vida,
hilvano los escasos crescendos al eterno hastío,
destilando en embudos de papel,
mis otros yo pululantes desconocidos,
entre mi grito de niño recien parido
y mi estertor de hombre que muere.

Atando cabos de funambulista...

Otto Aguilar
Imagen: Vacíos - Tiza pastel/papel - 22 x 17"