"...las tinieblas son lienzos donde viven,
saltando de mis ojos a millares, seres
desaparecidos de miradas familiares..."
Baudelaire
Hay momentos que de súbito te sacude el arcano de la existencia, invadièndote un marasmo extasiado de ficción palpable, así como palpas la piel que te contiene y apresa. Son fugaces instantes, como habitando sueños, sueños que rebasan más allá de quien les sueñan; sueños donde asombrado, infructuosamente le pides a unos de sus sonámbulos habitantes, te pellizque como prueba táctil e irrefutable de que no habitas en tu sueño, o en sus sueños. En ese sueño hay rostros conocidos, que aguardan en vigilia por tu regreso cada noche, despuès de que escapas de lo que crees es tu tu vida, cual trastabillante marioneta paraplèjica.
Persistente el gusano del tiempo, hace mucho que ha oradado en ese laberinto de recovecos, donde en tu niñez asustado del mundo te escondías. De esos antiguos corredores de casas de abuelos, hoy sólo quedan aposentos desolados con olor a moho, con secretos murmurantes y sollozos callados. Y en las despintadas paredes de esos abandonados aposentos, tambièn contemplas nostálgico, los garabatos y dibujos de minimalistas casas, árboles y soles de tu titubeante e incipiente inicio de niño artista, que la abuela promovía con halagos y mimos.
En ese tu vetusto laberinto, un intermitente chisporroteo de luces de bengala estallan en la noche oscura del recuerdo, anunciando tu regreso; asombrado inicias tu eterno pulular, donde extrañado vas reconociendo los rostros de quienes llegan a tu reencuentro - rostros de seres desaparecidos de miradas familiares!, te murmura al oído, una alucinada voz con acento francès de escritor maldito; pero a tí como siempre!, por un oído te entraba y por otro te salía, así como ahora a tu oído en sordina, le llegaban aún los gemidos en ecos de tu despedida de más allá, mientras aquí por el otro oído te salía ese eco metamorfoseado en grito de niño recien parido.
Perplejo te preguntas si es a tí a quien le dan ese recibimiento, o si eres tú el mismo que pulula en el laberinto de otro, que quizá todavía habita el mundo de trastabillantes marionetas de carne. Inquiriendo a esos seres desaparecidos de miradas familiares, las perennes preguntas sin respuestas, suscitan en tí sólo silencios, sólo evanescencias, sólo efluvios de lejanos mundos extinguièndose con el crepúsculo.
Y avanzas a tientas en el corredor oscuro del laberinto, a veces tropiezas con bultos que al inclinarte y palparlos, un escalofrío recorre tu piel cuando constatas que son cadáveres o quizá trajes abandonados de almas, que se desnudaron ahí mismo amparadas en la oscuridad de ese corredor; saltas sobre ellos y sigues expectante del encuentro fortuito. En efecto, no pasó mucho tiempo para que apareciera el primero: desdibujándose intermitentemente cual figura rembranesca, hierática emerge del tramado de intensa tinta negra, el rostro de aquel divino cartujo de foto muy siglo XIX en su retiro espiritual de Mallorca. Te le acercas cauteloso y atrevidamente despuès de saludarle, le preguntas si ya sus miedos a la oscuridad no le atormentaban, su mirada torva no se extraña de tu atuendo de època desconocida, y despuès de una pausa haciendo caso omiso de tu impertinencia, empieza lentamente a caminar sin dirigirte la palabra, pasando a tu lado como si no existieses va recitando con vos aguardientosa:
" Silencio de la noche, doloroso silencio
nocturno... Por què el alma tiembla de tal manera?
Oigo el zumbido de mi sangre;
dentro de mi craneo pasa una suave tormenta.
Insomnio! No podrè dormir, y, sin embargo,
soñar. Ser la auto-pieza
de disección espiritual, el auto-Hamlet!
Diluir mi tristeza
en vino de noche
en el maravilloso cristal de las tinieblas...
Y me digo: a que hora vendrá el alba?
Se ha cerrado una puerta...
ha pasado un transeúnte
Ha dado el reloj trece horas... Si será ella!... (1)
Y su voz igual que su cartuja imagen se fuè desvaneciendo, hasta perderse en la trama de la tinta oscura de la eterna noche del corredor; a lo lejos logras escuchar que una puerta se cerró, y de nuevo reinó el silencio que te empujó a seguir avanzando sin saber de donde venías ni adonde ibas.
De pronto te detienes sobresaltado por unos gritos, te acercas más al punto donde crees se originaron, y de nuevo retumbó en tus oídos cual rocambolesco eco, aquellas sentencias fatales:
"Todo lo que es, ya ha sido infinitas veces y se repetirá otras infinitas veces más!" (2)
La voz se escuchaba cada vez más cerca y seguiste escudriñando en medio de aquel oscuro corredor, de nuevo tronó la voz como argumentándole a alguièn más:
"Todo pasa, todo vuelve; la rueda del ser eternamente gira. Todo muere, todo vuelve a florecer: el año del ser fluye, por la eternidad... A cada instante comienza el ser: alrededor de cada aquí, el círculo gira allí. El centro está en todas partes. El sendero de la eternidad es turtuoso. (2)
Unos escasos destellos de luz a travès de unos barrotes de ventana, llamaron tu atención, allí contemplaste a duras penas, a dos siluetas recortadas temblorosamente por la luz de un candil. Las dos siluetas como almas en pena o poseídas de arrebatos místicos, divagaban catatonicamente, repitiendo hasta el cansancio elucubradas tèsis filosóficas.
Despuès de escucharle, la otra silueta le espetó:
" Yo no. Yo sè que todo es inefable rito
en el que oficia un coro de arcángeles en vuelo,
y que la eternidad vive en sagrado celo,
en el que engendra el hombre y pare lo infinito...
Yo soy el mercader de una divina feria
en que el infinito es círculo sin centro
y el número la forma de lo que es materia (3)
Y repetía, con gestos colèricos de apartar con las manos demonios, que revoloteaban alrededor de su algodonosa testa, e insistía:
- Yo no. Yo sè que todo es inefable rito... inefable rito... inefable rito...
Haciendo una brusca pausa, se apartó de su silueta interlocutora y avanzó haciendo sonar unas cadenas que arrastraba con sus pasos, hasta perderse en el fondo de la oscura celda; y le escuchaste nostálgico decir:
- Tiempo, donde estamos tú y yo, yo que vivo en tí y tú que no existes? (4)
Al reconocer a aquellos seres trágicos en sus eterno repetirse, sus palabras se clavaron en tu mente y al compás de ellas continuaste sin saber adonde. No experimentabas cansancio, pero sí la sensación que aquel corredor no tenía fin, pasabas por ventanas o puertas semi alumbradas por candiles y a lo lejos divisabas más siluetas juntas o separadas, algunas se percataban de tí y se quedaban contemplándote impertèrritas.
En tu periplo sin fín a travès de aquel corredor, efluvios de tu pasado y tu presente fluían juntos en una surte de deja vu; tu futuro coqueteando con tu pasado que pretendía ser tu presente, de súbito el arcano comprendiste en las palabras del poeta cartujo y de aquellas siluetas temblorosamente recortadas en la penumbra por un candil.
Notas:
1- Nocturno - Rubèn Darío
2- Así habló Zaratustra - Nietzsche
3- Yo - Alfonso Cortès
4- La canción del espacio - Alfonso Cortès
(Texto y foto de Otto Aguilar - Berkeley, enero 2012)
saltando de mis ojos a millares, seres
desaparecidos de miradas familiares..."
Baudelaire
Hay momentos que de súbito te sacude el arcano de la existencia, invadièndote un marasmo extasiado de ficción palpable, así como palpas la piel que te contiene y apresa. Son fugaces instantes, como habitando sueños, sueños que rebasan más allá de quien les sueñan; sueños donde asombrado, infructuosamente le pides a unos de sus sonámbulos habitantes, te pellizque como prueba táctil e irrefutable de que no habitas en tu sueño, o en sus sueños. En ese sueño hay rostros conocidos, que aguardan en vigilia por tu regreso cada noche, despuès de que escapas de lo que crees es tu tu vida, cual trastabillante marioneta paraplèjica.
Persistente el gusano del tiempo, hace mucho que ha oradado en ese laberinto de recovecos, donde en tu niñez asustado del mundo te escondías. De esos antiguos corredores de casas de abuelos, hoy sólo quedan aposentos desolados con olor a moho, con secretos murmurantes y sollozos callados. Y en las despintadas paredes de esos abandonados aposentos, tambièn contemplas nostálgico, los garabatos y dibujos de minimalistas casas, árboles y soles de tu titubeante e incipiente inicio de niño artista, que la abuela promovía con halagos y mimos.
En ese tu vetusto laberinto, un intermitente chisporroteo de luces de bengala estallan en la noche oscura del recuerdo, anunciando tu regreso; asombrado inicias tu eterno pulular, donde extrañado vas reconociendo los rostros de quienes llegan a tu reencuentro - rostros de seres desaparecidos de miradas familiares!, te murmura al oído, una alucinada voz con acento francès de escritor maldito; pero a tí como siempre!, por un oído te entraba y por otro te salía, así como ahora a tu oído en sordina, le llegaban aún los gemidos en ecos de tu despedida de más allá, mientras aquí por el otro oído te salía ese eco metamorfoseado en grito de niño recien parido.
Perplejo te preguntas si es a tí a quien le dan ese recibimiento, o si eres tú el mismo que pulula en el laberinto de otro, que quizá todavía habita el mundo de trastabillantes marionetas de carne. Inquiriendo a esos seres desaparecidos de miradas familiares, las perennes preguntas sin respuestas, suscitan en tí sólo silencios, sólo evanescencias, sólo efluvios de lejanos mundos extinguièndose con el crepúsculo.
Y avanzas a tientas en el corredor oscuro del laberinto, a veces tropiezas con bultos que al inclinarte y palparlos, un escalofrío recorre tu piel cuando constatas que son cadáveres o quizá trajes abandonados de almas, que se desnudaron ahí mismo amparadas en la oscuridad de ese corredor; saltas sobre ellos y sigues expectante del encuentro fortuito. En efecto, no pasó mucho tiempo para que apareciera el primero: desdibujándose intermitentemente cual figura rembranesca, hierática emerge del tramado de intensa tinta negra, el rostro de aquel divino cartujo de foto muy siglo XIX en su retiro espiritual de Mallorca. Te le acercas cauteloso y atrevidamente despuès de saludarle, le preguntas si ya sus miedos a la oscuridad no le atormentaban, su mirada torva no se extraña de tu atuendo de època desconocida, y despuès de una pausa haciendo caso omiso de tu impertinencia, empieza lentamente a caminar sin dirigirte la palabra, pasando a tu lado como si no existieses va recitando con vos aguardientosa:
" Silencio de la noche, doloroso silencio
nocturno... Por què el alma tiembla de tal manera?
Oigo el zumbido de mi sangre;
dentro de mi craneo pasa una suave tormenta.
Insomnio! No podrè dormir, y, sin embargo,
soñar. Ser la auto-pieza
de disección espiritual, el auto-Hamlet!
Diluir mi tristeza
en vino de noche
en el maravilloso cristal de las tinieblas...
Y me digo: a que hora vendrá el alba?
Se ha cerrado una puerta...
ha pasado un transeúnte
Ha dado el reloj trece horas... Si será ella!... (1)
Y su voz igual que su cartuja imagen se fuè desvaneciendo, hasta perderse en la trama de la tinta oscura de la eterna noche del corredor; a lo lejos logras escuchar que una puerta se cerró, y de nuevo reinó el silencio que te empujó a seguir avanzando sin saber de donde venías ni adonde ibas.
De pronto te detienes sobresaltado por unos gritos, te acercas más al punto donde crees se originaron, y de nuevo retumbó en tus oídos cual rocambolesco eco, aquellas sentencias fatales:
"Todo lo que es, ya ha sido infinitas veces y se repetirá otras infinitas veces más!" (2)
La voz se escuchaba cada vez más cerca y seguiste escudriñando en medio de aquel oscuro corredor, de nuevo tronó la voz como argumentándole a alguièn más:
"Todo pasa, todo vuelve; la rueda del ser eternamente gira. Todo muere, todo vuelve a florecer: el año del ser fluye, por la eternidad... A cada instante comienza el ser: alrededor de cada aquí, el círculo gira allí. El centro está en todas partes. El sendero de la eternidad es turtuoso. (2)
Unos escasos destellos de luz a travès de unos barrotes de ventana, llamaron tu atención, allí contemplaste a duras penas, a dos siluetas recortadas temblorosamente por la luz de un candil. Las dos siluetas como almas en pena o poseídas de arrebatos místicos, divagaban catatonicamente, repitiendo hasta el cansancio elucubradas tèsis filosóficas.
Despuès de escucharle, la otra silueta le espetó:
" Yo no. Yo sè que todo es inefable rito
en el que oficia un coro de arcángeles en vuelo,
y que la eternidad vive en sagrado celo,
en el que engendra el hombre y pare lo infinito...
Yo soy el mercader de una divina feria
en que el infinito es círculo sin centro
y el número la forma de lo que es materia (3)
Y repetía, con gestos colèricos de apartar con las manos demonios, que revoloteaban alrededor de su algodonosa testa, e insistía:
- Yo no. Yo sè que todo es inefable rito... inefable rito... inefable rito...
Haciendo una brusca pausa, se apartó de su silueta interlocutora y avanzó haciendo sonar unas cadenas que arrastraba con sus pasos, hasta perderse en el fondo de la oscura celda; y le escuchaste nostálgico decir:
- Tiempo, donde estamos tú y yo, yo que vivo en tí y tú que no existes? (4)
Al reconocer a aquellos seres trágicos en sus eterno repetirse, sus palabras se clavaron en tu mente y al compás de ellas continuaste sin saber adonde. No experimentabas cansancio, pero sí la sensación que aquel corredor no tenía fin, pasabas por ventanas o puertas semi alumbradas por candiles y a lo lejos divisabas más siluetas juntas o separadas, algunas se percataban de tí y se quedaban contemplándote impertèrritas.
En tu periplo sin fín a travès de aquel corredor, efluvios de tu pasado y tu presente fluían juntos en una surte de deja vu; tu futuro coqueteando con tu pasado que pretendía ser tu presente, de súbito el arcano comprendiste en las palabras del poeta cartujo y de aquellas siluetas temblorosamente recortadas en la penumbra por un candil.
Notas:
1- Nocturno - Rubèn Darío
2- Así habló Zaratustra - Nietzsche
3- Yo - Alfonso Cortès
4- La canción del espacio - Alfonso Cortès
(Texto y foto de Otto Aguilar - Berkeley, enero 2012)






